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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘El testamento ológrafo’ de Honorato Boscá: un canto al amor como herramienta indispensable para la supervivencia

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 3 de agosto de 2009, 08:58 h (CET)
No hace ni diez minutos que he terminado la lectura de ‘El testamento ológrafo’, la última novela del malogrado escritor valenciano Honorato Boscá Berga, cuando me siento a escribir esta reseña. Digo malogrado porque, desgraciadamente, Boscá abandonó este mundo repentinamente el pasado mes de marzo.

He leído este libro aguijoneado por la mala conciencia de quien, en una ocasión, pudo hacer algo y no lo hizo. Y es que tuve la oportunidad de entrevistar a mi paisano mientras disfrutaba de la promoción de la novela, publicada por la editorial Pre-Textos. Sin embargo, no pude compartir unos minutos de su vida entonces viva. No recuerdo bien los motivos. Tal vez acumulación de trabajo, de entrevistas, agobio, cansancio ... No puedo precisarlo. Mi memoria ya empieza a necesitar el auxilio de su sosias de papel, comúnmente denominada agenda. Pero mi frustración por no haber podido hablar con Honorato Boscá, aumentó cuando un voz conocida, la de Gisela Rennes, cuyas opiniones literarias son importantes para mí, me habló de este escritor. Sus palabras acrecentaron mi interés por él y por su novela y mi voluntad de leerla, anteponiéndola a otras de la larga lista de lecturas que llevo escrita en mi memoria, la etérea, no la de papel.

El caso es que ‘El testamento ológrafo’ fue ganándome para su causa desde el silencio de los expositores de las librerías. En la portada una mujer en blanco, negro y gris, que apunta con rifle de perdigones a un punto indeterminado ante la mirada, no sé si atenta o no, de un niño pequeño, probablemente su hijo. Esta imagen me obligó en más de una ocasión a coger el libro, hojearlo y rastrear la sinopsis. En la solapa trasera reza que "es una novela de intriga, que atrapa al lector y en la que el suspense se entrega a una romántica historia de amor entre un cirujano y la viuda de su mejor amigo, excombatiente cada uno en un bando, a la que se imbrica la suerte del último guerrillero del maquis". Ahora que ya he consumido sus cuatrocientas cuarenta y tantas páginas y una fotografía, una sola, puedo decir sin temor a equivocarme que ese resumen se queda muy corto.

‘El testamento ológrafo’ es un libro sobre la Guerra Civil española y sus secuelas, la llamada posguerra, quizá tan guerra o más que la propia contienda. Probablemente, junto con los relatos que componen ‘Los girasoles ciegos’ de Alberto Méndez, otro escritor también fallecido al poco de ver publicada su obra, es lo mejor que he leído últimamente sobre este tema ya tan sobado. Es ficción, ya lo sé, pero sé también que es un espejo de la realidad que vivieron irremediablemente muchos españoles en la mitad del siglo pasado. Hace tiempo, escribí en este mismo diario que ‘Los girasoles ciegos’ eran la belleza de la tristeza, una tristeza sin límites ni esperanza. ‘El testamento ológrafo’ es un libro de intriga y triste. No hay humor en sus páginas aunque lo rastreemos con lupa, pero es una novela que alumbra la esperanza que ‘Los girasoles ...’ niegan.

La historia es sencilla. Ya la conocen por la cita textual de la solapa: en las tierras del turolense pueblo de Alfambra, un viudo y una viuda, Miguel y Carmen, que se amaron anónima y tácitamente quince años antes, tratan de rehacer sus vidas, de reconstruirlas, de recuperar la oportunidad perdida. El argumento es en sí interesante, pero lo que engancha del discurso de Boscá es el habla costumbrista, del terruño - alguien dice que inventado -, que despliega en cada una de sus líneas, de sus páginas, de sus capítulos. Un lenguaje sencillo, absolutamente carente de sobrecargas inútiles, efectivo, del pueblo, aunque sus protagonistas pertenezcan a una clase social más bien acomodada. ‘El testamento ológrafo’ es una demostración de que en la Guerra Civil todos sufrieron: vencedores y vencidos, vivos y muertos. Las guerras, y eso quizá no sea una opinión "políticamente correcta" en los tiempos que corren, no las gana nadie, las pierden todos, aunque unos salgan mejor librados que otros. Pero no piensen que la novela se circunscribe a los dos protagonistas, Miguel y Carmen, porque los que verdaderamente la enriquecen y le dan color y vida son los personajes secundarios. Y ahí destacan poderosos, con voz propia, un guerrillero, un maquis apodado el Rubio, y un brigada de la guardia civil, Rafael Borrego, un remedo de Louis Renault, al que hemos visto tantas veces en una inolvidable película, dirigida por Michael Curtiz y titulada ‘Casablanca.

No sé qué tiene de verídica esta novela, ni los hechos que en ella se narran. Hay un trasfondo histórico innegable y nada más. Pero no me importa y creo que tampoco les importará este detalle a quienes decidan hincarle el diente al libro. Aquí la posguerra no es sino el marco que ayuda a comprender y enriquecer el texto, metiendo a sus protagonistas en situación. ‘El testamento ológrafo’ es un canto al amor, al amor de padres, de hijos, de pareja en circunstancias adversas y complicadas, al amor como herramienta indispensable para la supervivencia.

Boscá, en su escritura, opta por lo más difícil: distanciarse de los sentimientos de los de uno y otro bandos. Sí, ya sé que había una legalidad constituida, la republicana, que fue derrocada por un alzamiento militar irrespetuoso con las urnas y la voluntad popular. Pero ambos esgrimieron motivos, legítimos e ilegítimos, para actuar como lo hicieron, aunque unos, los vencedores, borraran de su diccionario la palabra magnanimidad y ejercieran una brutal represión durante mucho tiempo, practicando una crueldad ciega, terrible e inhumana. Desde este punto de vista, ‘El testamento ológrafo’ contiene argumentos de uno y otro bando, discusiones sin solución, pero también esconde personajes dotados de una cualidad humana sobresaliente. Las personas de bien, de uno u otro colores y con lo ambiguo que pueda resultar el término cromático, saben entenderse si hay predisposición para ello. Y en esta novela la hay. Como también hay tropelías y desmanes de los vencedores y réplicas defensivas de los derrotados. Lo cortés no quita lo valiente.

He leído por alguna parte que a ‘El testamento ológrafo’ le sobran páginas. Desde que vi la película ‘Amadeus’, en la que los turiferarios musicales del emperador le dicen a Mozart que su partitura tiene demasiadas notas y él responde que no, que están las justas, aprendí que sólo el autor sabe la medida exacta de sus obras. Los demás podremos opinar de su calidad, pero no de su extensión.

No se extrañen si cuando lean el libro, mis improbables, se les escapa alguna lágrima. Es la consecuencia lógica y humana de haber termiado ‘El testamento ológrafo’. A veces toca reír y a veces estar tristes. Pero esperanzados. Y esto último es lo que ocurre en esta obra. Una novela bella, cruel, tierna, triste, amarga, humana ... y con esperanza.

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‘El testamento ológrafo’ de Honorato Boscá; Editorial Pre-Textos, 2008. 448 páginas, 23 euros.

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