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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El balance de California y el nuestro

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 3 de agosto de 2009, 06:56 h (CET)
La catástrofe presupuestaria del estado de California alberga una lección para América, pero es una lección que probablemente ignoraremos. Es fácil atribuir el prolongado estancamiento presupuestario del estado, resuelto temporalmente ahora con alrededor de 26.000 millones de dólares en recortes del gasto y trucos contables, a la profunda recesión y la peculiar política de California. Hasta cierto punto, es cierto. Representando una octava parte de la economía norteamericana, California se ha visto más castigada que la mayoría de los estados. El desempleo, en el 11,6 por ciento hoy (media nacional: 9,5 por ciento), podría superar el 13 por ciento durante el ejercicio 2010, según afirma el economista de Moody's Economy.com Eduardo Martínez. Mientras tanto, el requisito de que cualquier subida de los impuestos cuente con el apoyo de las dos terceras partes de los legisladores de la Asamblea Legislativa fomenta la parálisis. Los Demócratas prefieren subidas de impuestos a recortes del gasto, y los Republicanos pueden bloquear las subidas.

Todo esto dio lugar al drama reciente: recaudación en caída libre y situación resultante de enorme déficit presupuestario del estado; interminables negociaciones entre el Gobernador Arnold Schwarzenegger y los líderes legislativos; el estancamiento que condujo al estado a emitir deuda (pagarés en realidad) para pagar las facturas; y acuerdo en las últimas en torno a un presupuesto del ejercicio 2009-10. Pero también hay una noticia más importante de consecuencias nacionales. California ha llegado a un punto de inflexión. Su gobierno hizo más promesas de las que su economía puede financiar. Durante años, los jefes del estado superaron la contradicción de forma soterrada mediante préstamos y cambios modestos. Abrumando esta ocultación interesada, la recesión provocó el inevitable ajuste de cuentas.

Esta es la lección para la nación. Hay una colisión entre la demanda elevada y creciente de servicios públicos y la capacidad que tiene la economía de producir la renta y los ingresos fiscales para financiar esa demanda. Esa es la situación de California, donde los inmigrantes pobres y sus hijos han acentuado la urgencia de más servicios públicos. También es el caso de la nación, donde una población cada vez más envejecida eleva el gasto de la Seguridad Social y Medicare. California está liderando la transformación de la política en una forma de tortura colectiva: pagar más (impuestos más altos), recibir menos (servicios inferiores).

No se lleve a error: El recorte de los gastos y la subida de los impuestos que el gobierno del estado decretó para cubrir su déficit presupuestario no son cosméticos. En febrero, la Asamblea Legislativa acordó subir un centavo el impuesto estatal de propiedades, elevando el total - incluyendo los impuestos de propiedad locales - hasta 9 centavos o más. Los tipos fiscales máximos sobre la renta, que ya se contaban entre los más altos del país, fueron elevados. También las tasas de registro de los vehículos motorizados. Los recortes del gasto aprobados en febrero y julio son profundos. Juntos, los recortes alcanzan casi el 30 por ciento de la recaudación general y afectarán a las escuelas, las cárceles, la educación superior y los programas sociales.

El estamento progresista del estado está de luto. "Invertir 40 años de progreso" es la forma en que lo expresaba en un blog Jean Ross, del California Budget Project, un grupo de defensa política y argumentación progresista. Algunas prestaciones sociales se van a ver reducidas a la mitad. El cociente estudiantes-profesores de California, un tercio por encima de la media nacional en la actualidad más o menos, probablemente suba aún más. La Universidad de California perdió el 20 por ciento de su aportación pública. Va a subir la matrícula y las cuotas de los estudiantes un 9,3 por ciento, a imponer reducciones salariales de entre un 4 y un 10 por ciento a más de 100.000 empleados, y retrasar la contratación de docentes.

El paralelismo con la nación salta a la vista. El déficit del presupuesto federal - que refleja la necesidad de gastar y no gravar - precede a la recesión y, a medida que los "baby boomers" se jubilen, sobrevivirá a cualquier recuperación. Sorprendentemente, la administración Obama agravaría las perspectivas a largo plazo mediante la ampliación de la cobertura médica federal. Hay mucha idea sentimental de cómo salir del paso.

California ha sido pionera de este tipo de engaño. La premisa era que una economía dinámica iba a financiar la expansión del gobierno. Pero el comportamiento económico relativo de la de California se ha deteriorado de verdad. En la década de los 80, la economía del estado creció a un ritmo muy superior a la economía nacional; el crecimiento anual alcanzó de media el 5,1 por ciento en contraste con el 3,1 por ciento. Durante la presente década, la diferencia es menor - 2,9 por ciento frente al 2,3 por ciento - y gran parte de la ventaja del estado refleja el insostenible auge inmobiliario, del que California fue el epicentro.

Sobre el papel, el estado puede resolver sus problemas presupuestarios subiendo más los impuestos. Pero en la práctica, eso podría volverse en contra al debilitar la economía y la base impositiva. California obtiene resultados malos en los baremos de puntuación del clima empresarial. En una encuesta de la CNBC, ocupó el puesto 32 en general, pero el último en "coste de operación" y el 49 en "receptividad empresarial". El sector de las tecnologías de la información (Intel, Google, Hewlett Packard) y el de la biotecnología siguen siendo fuertes, pero algunas industrias tradicionales están teniendo problemas graves. El elevado coste, así como las desgravaciones fiscales ofrecidas por otros estados, han hecho que los estudios cinematográficos trasladen la producción desde el sur de California. En el año 1996, las grandes producciones implicaron 14.500 jornadas de producción en la zona de Los Ángeles, dice FilmL.A.; en 2008, la cifra fue de la mitad.

Así que California se debate entre una economía precaria y un firme deseo popular de gobierno. La desgarradora experiencia del estado sugiere que, como nación, debemos empezar a limitar futuros compromisos de gobierno para evitar un destino similar. Pero la experiencia de California sugiere también que vamos a seguir negando la situación, presos de ensoñaciones, hasta que se produzca el fatídico ajuste de cuentas en algún futuro inimaginable.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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