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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El mayor espectáculo del mundo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 1 de agosto de 2009, 10:37 h (CET)
La naturaleza de los políticos es integrarse plenamente en la ombligarquía, esa clase social que es capaz de vivir a todo tren mirándose el ombligo, gastando en lo estentóreo y hasta dilapidando el erario en lo ridículo, sin importarles lo más mínimo que media España esté languideciendo entre la necesidad apremiante y el hambre. Ellos van a lo suyo, a vivir del cuento, a pegarse la gran vida. Del país les interesa el pueblo sólo en las elecciones, cuando cada cuatro años ponen carita de buenos chicos para captar votos de ingenuos que no aprenden ni a palos, a fin de asegurarse un seguir viviendo como mamíferos de las ubres del Estado.

Así es la cosa, ni más menos, no hay más que estar atentos a cualquier telediario para constatar que la crisis, a ellos, ni fu ni fa. Podrían gastar menos, por ejemplo, restringiendo el pase de modelos que suponen sus comparecencias públicas, lo onerosamente risible e insultante de su tren de vida o hacer algo concreto y práctico por el país y los ciudadanos; pero parece que eso escapa a su naturaleza, sin duda causa y motivo de que el país funcione mejor cuando están de vacaciones que cuando ocupan sus despachos..., supongo que esto último para darse pote o para liar lo que está más que meridianamente claro.

En Argentina suelen decir de sus políticos que para que el país funcione basta con que los políticos no roben, pero, aunque van rotando toda clase de personajes por la Casa Rosada, siguen en las mismas, constatando dolorosamente, cada vez que revisan las cuentas de los honestos ex mandatarios, que éstas se han inflado durante su estadía en el poder como por arte de magia. Lo mismo que en España, vaya, con la única diferencia de que aquí se usan testaferros y nunca se revisan las cuentas de los mandatarios o ex mandatarios. También aquí nos bastaría con que se estén quietos.

No lo estarán, sin embargo, y, por ello mismo, les sugiero un par de ideas para que al menos contribuyan a paliar su derroche y su impagable existencia: que promocionen mediante medidas concretas el que los trabajadores procedan de la misma población donde se encuentra la empresa y no de municipios distintos, y que la iluminación nocturna se reduzca a un décimo de la actual, que ya sobraría con eso. Con estas dos simples medidas no sólo se ahorraría el erario los miles de millones que tira a la basura absurdamente, sino que se resolverían dos enormes problemas tanto ecológicos como sociales: ni los trabajadores perderían un tiempo precioso en inútiles desplazamientos, ni parecería el planeta por las noches, vista desde el aire, una bolita de navidad. El centro y la periferia de las ciudades se vería libre de este tráfico inhumano que derrocha combustibles fósiles y provoca el calentamiento global, y por las noches podríamos contemplar el mayor espectáculo del mundo: el universo y sus maravillas.

Naturalmente, esto del mayor espectáculo del mundo, siempre con su permiso: ellos sí que son todo un espectáculo.

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