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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

¿Por qué no nos obedecen los elementos?

Maite Valderrama
Vida Universal
viernes, 31 de julio de 2009, 02:49 h (CET)
Nuestra península sufre las consecuencias del cambio climático, el aumento de la temperatura, los incendios y el calor, lo que nos recuerda especialmente en los meses del verano, cuan sensible es el equilibrio natural, y la repercusión de las actuaciones humanas en nuestro entorno.

El estrés, la vida ajetreada en las ciudades lejos del contacto con la naturaleza, las dificultades y conflictos con los que nos confrontamos a diario, parecen habernos transportado lejos de nuestra verdadera existencia. La naturaleza, los animales, los elementos son entonces explotados sin sentimiento alguno. Insensiblemente comemos la carne de animales que han vivido su corta vida en establos crueles, echamos pesticidas, herbicidas, fungicidas y semillas manipuladas a los campos para que nuestros bolsillos saquen el mayor beneficio posible, vaciamos los mares de peces con una pesca cruel, brutal y cada vez más sofisticada, cazamos en los campos los animales que en realidad necesitan nuestra ayuda, porque ellos también sufren sed, calor y las consecuencias de tanto desequilibrio ambiental, llenamos la atmósfera de antenas de comunicación que emiten ondas que afectan a la vida, etc. Y todos contribuimos a ello, porque nos dejamos llevar por el tren de nuestra sociedad en gran parte orientada al consumo e influenciada por los medios de comunicación. Casi pareciera que el hombre haya dejado de existir como ser individual capaz de pensar por sí mismo.

¿No es la consecuencia lógica del egoísmo el apartarse de Dios y la insensibilidad de nuestro corazón para con nuestro entorno? ¿Quién es entonces el causante de lo que nos afecta? ¡Cuánto desearíamos poder controlar los elementos, por ejemplo el fuego, la lluvia, el viento!, ¿pero, es eso imposible?

Jesús de Nazaret caminó sobre las aguas, condujo los vientos y convivía con los animales salvajes. Tal vez recordar un pasaje de Su vida, en base al libro Esta es Mi Palabra, nos ayude y muestre una perspectiva diferente, que cada uno puede aplicar, pues sólo así encontraremos una solución veraz y duradera.

“Y Jesús llegó junto a un árbol, bajo el que perma­neció varios días. Y llegaron también María Mag­dalena y otras mujeres, y Le servían con sus bienes, y enseñaba diariamente a todos los que iban a Él. Y los pájaros se agrupaban en torno a Él y Le sa­lu­daban con sus cantos, y otros animales se acercaban a Sus pies, y Él los alimentaba, y comían de Sus manos. Y cuando partió, bendijo a las mujeres que Le ha­bían dado testimonio de su amor, y volviéndose ha­cia la higuera también la bendijo, diciendo: “Me has co­bi­ja­do y dado sombra frente al calor sofocante, y ade­más Me has dado alimento. “Bendita seas, crece y fructifica y que todos los que se te aproximen encuentren reposo, sombra y ali­mento, y que los pájaros del aire encuentren su alegría en tus ramas”. Y he aquí que el árbol creció y fructificó sobre­ma­nera, y sus ramas se extendieron poderosamente hacia arriba y hacia abajo, de modo que no se hallaba ningún árbol parecido de tal tamaño y belleza, ni nin­guno de tal abundancia y de tal calidad de los frutos.

Así pues, quien deja fluir a través de sí la bendición, la fuerza de Dios, es manantial de fuerza para hombres, anima­les, plantas y piedras. Cuando Dios puede traspasar a un hombre, éste es bendición para todos y todo. Aquel a quien Dios traspa­sa, ama desinteresadamente a los hombres, los anima­les, las plantas y las piedras. Quien incluye en su vida a los hom­bres y los reinos de la naturaleza, está en co­muni­cación con la vida del Universo. La vida, en su multi­pli­cidad, se lo agradecerá regalándose en pleni­tud, y obse­quia­rá a todos los que vayan al manantial de la vida. Quien respeta la vida, también conoce el Hogar eter­­no. Ya en la Tierra está viviendo en medio del paraíso de Dios, pues le sirven los reinos de la naturaleza, y los ele­mentos le obedecen. (Cap. 34, 1-6).

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