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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Todo pasa

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 29 de julio de 2009, 05:39 h (CET)
Cuando el sabio sufí le regaló al emir aquella sencilla cajita que aparentemente contenía la solución a sus enormes quebrantos, éste quedó profundamente conturbado. ¿Qué podía haber en ella que remediara sus frecuentes ataques de depresión profunda o de exultación extrema?... Abrió el emir con curiosidad la caja, y vio que contenía un simple anillo de metal. “Ponéoslo, señor, y cuando os sintáis profundamente triste o excesivamente contento, sacadlo de vuestro dedo y leed lo que dice en su interior”, le recomendó el sabio. El emir, intrigado porque aquel objeto insignificante y su leyenda pudieran ser un remedio al enorme mal que le afligía desde su infancia, que ninguno de los afamados doctores que le trataban habían sabido atajar, se acercó el anillo a los ojos, y leyó la inscripción: “Todo pasa”, rezaba.

Todo pasa, efectivamente, y no solo el Hombre: todo. Pasan los mortales como invitados transitorios de la vida, pasan las especies por soberbias o poderosas que sean, pasan los imperios y sus altivas ciudades, pasan las montañas y su orgullo telúrico, pasan los mundos y aún las galaxias: todo pasa. Tanto más los momentos malos, por malos que sean, y los buenos, por más que la dicha nos embargue. La vida es mutación, cambio, metamorfosis, evolución, movimiento. Nada vivo está quieto, nada permanece para siempre, sino Dios. Betelgeuse, la alfa-Orión del hombro izquierdo de la Constelación de Orión, se muere. Tiene unas cuarenta veces la masa del sol, pero más de cuarenta millones de veces su tamaño: ¡cuarenta millones de veces! A su lado, nuestro sol, no es más que un diminuto cuerpo cósmico, la punta de un alfiler junto a un planeta como la Tierra, y, sin embargo, Betelgeuse y toda su imponente mole expirará un día de estos, tal vez tan pronto que podremos verlo con nuestros propios ojos y contemplar cómo se forma una soberbia nebulosa en nuestro espacio interestelar inmediato, apenas a algo más cuatrocientos años luz. Una estrella, tal vez como la de Belén, fulgurará en lo más alto, acaso anunciando con su muerte nueva vida.

Todo pasa, en fin, pero con los escombros de lo que pasó, la vida erige nuevas formas de vida con todo lo ello conlleva, con sus momentos de esplendor y sus momentos ordinarios, con sus exultaciones y sus tristezas, y con una infinita variedad de posibilidades para que otras criaturas, en un tiempo sin significado, puedan latir, elegir, expresarse, ser. Pero todo lo que sea, como nosotros mismos, no será para siempre, sino apenas durante un parpadeo de la eternidad. Nada de lo que hagamos, por importante que parezca, nada de lo que pensemos, por trascendente que se nos antoje, nada de lo que colijamos o nada de lo que construyamos, ni siquiera nada de lo que amemos, por más que la intensidad de nuestro amor mueva montañas, será para siempre. Todos nuestros actos, todas nuestras fes, dineros, propiedades, pensamientos o emociones nacerán con una fecha de caducidad casi inmediata, al menos en un tiempo cósmico. Hemos nacido para morir, progresamos para detenernos, amamos para odiar, somos para no-ser.

Sin embargo, así como la muerte de una estrella es el motor que da vida a otras estrellas, la muerte engendra vida, y esto nos da la certeza de que volveremos a ser. Nada creado puede ser descreado. No hace falta profundizar en el estado cuántico de la verdad para conocerla, cuando la verdad misma se asoma por todas partes a nuestro alrededor: todo pasa, todos pasamos, y no queda memoria de lo que fuimos más allá de un parpadeo de la eternidad; pero todo vuelve, todo regresa, todo es ocho, infinito, lemniscata. No cuentan las opíparas comilonas pasadas cuando se tiene hambre, ni el gozo sexual pasado cuando el deseo nos embarga. Todo pasa. La gloria de vida, está en la vida misma; los demás, lo demás, sólo son compañeros transitorios de nuestra andadura. Pasaremos, pasarán, y volveremos. ¿A qué correr para no ir a ningún lado, a qué afanarnos por acaparar lo que no nos hará mejores, a qué pugnar con otros por una verdad tan menor como absurda o a que querer ser polvo de una página perecedera?... Como las estrellas, naceremos de nuevo de los polvos que nos formaron: si buenos, seremos mejores; si malos, pues eso.

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