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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Europa como esperanza

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 27 de julio de 2009, 05:54 h (CET)
Uno acaba siempre volviendo a Europa. No sé si meto la realidad en el verso o el verso en la realidad de una esperanza. En cualquier caso, la ilusión es lo último que se pierde en las mutaciones y meditaciones; puesto que es el mejor estimulante para permanecer lúcido. Vigilantes permanecen los europeos por la conmoción de la crisis, que lejos de caer en el desespero, sueñan con una Europa incentivada por el pleno empleo o el empleo pleno (digno). Soñar es además gratis. He aquí los datos últimos: el 72 % considera que la UE tiene un impacto positivo en la creación de nuevas oportunidades de trabajo y la lucha contra el desempleo, y un tercio conoce la existencia del Fondo Social Europeo, que es el principal instrumento de la UE para invertir en los trabajadores y mantenerles en sus puestos de trabajo. No seré yo quien tronche esta expectativa a la que me sumo y en la que también tengo puesta mi confianza. Querer es poder. Sólo hace falta rociar los ánimos de ética y que vuelva lo armónico a cotizar salud en el reloj de la vida. La mentalidad del cambio se construye, como también se reconstruye, priorizando y ordenando economía con justicia social, viviendo la pluralidad de la tolerancia, compartiendo historias de luz y partiendo las rejas que nos rajan el corazón.

A Europa uno acaba volviendo siempre, aunque se utilice un lenguaje de sangre. “La guerra ha comenzado”, dice un titular deportivo. Hay que desinventar esta ofensiva lingüística y poner los pies en el lenguaje preciso, en la voz clara del poeta, o si quieren en la voz roja del obrero, pero jamás en la voz atrincherada y competitiva de los repelentes trepas. Precisamente, la gran riqueza de la UE son las lenguas, el multilingüismo para reemocionarnos y reilusionarnos. Aquí todas las puertas se abren. Es signo de buena salud. Nunca el ser humano se da tanto como cuando se dan esperanzas en todas las germanías, en todas las expresiones, jergas y hablas. Necesitamos entendernos con nuestra propia esperanza, enraizarnos con ella, para que espigue el diálogo de la razón. De fuertes razones, brotan fuertes acciones. La acción europeísta en el mundo es fundamental, siempre lo ha sido, ahora lo tiene que ser en la lucha contra la pobreza en el mundo y en el compromiso en favor de la paz, contra el cambio climático y el tráfico de personas y armas. Lo suyo es cerrar fuegos y abrir esperanzas, como puede ser la de integrar el desarrollo sostenible en muchas de sus políticas o reintegrar el desarrollo cultural de la diversidad como enriquecimiento para el mundo.

Quizás haya que volver a redefinir los Estados y a definir cómo ser europeos en un mundo al que le cuesta desarmarse. Lo prioritario es liberarnos de las armas nucleares, que son una verdadera amenaza para toda la humanidad. En una guerra nuclear no habría ningún ganador, sería la catástrofe final. Si Europa quiere seguir liderando la esperanza, la UE tiene que pasar a ser un actor activo y hacerse más visible a la hora de poner orden y paz, alzando sin titubeos una sola voz en la escena internacional; sobre todo a la hora de defender los valores democráticos, no debe jugar a medias tintas o imponer tintes sectarios. Está bien que la UE sea primera potencia comercial y primer donante de auxilio a los países en vías de desarrollo, pero la seguridad de las gentes también es importante, el comercio y la ayuda no lo son todo. En un mundo cada vez más interconectado la esperanza pacificadora debe universalizarse. Está visto que el más horrendo de los sentimientos es aquel sumido en la desesperanza. Es posible la paz en el mundo, ha de serlo.

La ciudadanía europeísta también tiene mucho que decir y que aportar. Denunciar allá donde no exista un comercio libre y justo, como puede ser la venta de mercancías por debajo del precio de coste, la violación de los derechos, la falsedad en contratos... Exigir que se reduzca el coste humano y económico a lo mínimo en los conflictos. Lo mejor sería que no los hubiese, pero los que empiecen a despuntar debemos reivindicar que se resuelvan por la vía diplomática. Hablando debe entenderse la gente. Nos interesa a todos que así sea. Requerir, asimismo, dotar a los pobres de medios que les permitan salir adelante por sus propias fuerzas. Es cierto que a lo largo de los años la UE ha financiado miles de proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo. Por algo Europa es la esperanza. Pero hay que ir más allá de la mera ayuda humanitaria y establecer mecanismos de controles y evaluación. Y, al fin, conviene que instemos los ciudadanos a una política de vecindad coherente. Igual que no se puede apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación, tampoco se pueden aplicar políticas partidistas, en beneficio de algunos países, obviando el gran Estado globalizador de los Estados europeos.

Refrendemos, pues, Europa como esperanza, dispuesta a reavivar otra esperanza; el sueño del hombre despierto, que dijo Aristóteles. La Europa unida tiene la llave. Su ciudadanía, la misión y los medios más que suficientes para evolucionar (y revolucionar) el mundo y hacer florecer la justicia y la mano tendida en las relaciones humanas. La esperanza comprensiva es ya una gran comprensión, un buen amanecer para sentirse con ganas de ascender al árbol de los sueños. Que de los sueños a la vida sólo hay un paso.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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