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Los monos de la roca

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
domingo, 26 de julio de 2009, 07:52 h (CET)
Cuando se emprende un camino, lo lógico es tener una idea de adónde se quiere llegar, cuál es el destino. Excepto en España, naturalmente. No; no es una cuestión de desorientación, sino de manera de ser. No sé si tanto los españoles en general, pero nuestros políticos, desde luego, tienen este atavismo tan encastrado en las hélices de su ADN que es imposible que puedan obrar de otra manera. Desde que el mundo es mundo y España existe —también cuando era colonia romana o fenicia, e incluso en el tempus protohistóricos anteriores—, siempre se ha gobernado contra alguien o contra algunos. Ni más, ni menos. Y así nos va, claro.

Uno podría pensar que los políticos de cada partido tienen diferentes modos de entender la sociedad o la vida, pero se equivocaría. La manera de ser de nuestros gobernantes está en las dos Españas, que es donde tiene cada cual su granero de votos, su rebaño. Parecerá que estamos en paz, que cada partido pretende conducir a España a un destino; pero es una simple alucinación, un sofisma propio de quienes creen que los pájaros maman: ningún partido tiene claro nada, excepto que debe hacer la puñeta al otro a como dé lugar, aunque para ello beneficie a nuestros enemigos comunes. Antes muertos que sencillos, o que conniviendo con el verdadero adversario. Sucedió con romanos y cartagineses, con cristianos y moriscos, con carcundas y liberales, con republicanos y fascistas, y sucederá con lo que sea, siquiera sea por la cuestión más nimia. Los unos pedirían quedarse tuertos, si a los otros les dejaran ciegos. Éste es el verdadero talante de España y los españoles.

Moratinos no ha ido a la roca a entrevistarse con Caruana o la santa madre del Misterio, ni siquiera ha ido a engrasar trescientos años de seco aislamiento, sino a meter los dedos en los ojos (o donde sea) a la otra España, ciscándose en una actitud común que ya duraba demasiado. La guerra hay que llevarla a todos los frentes, crear caldo de cultivo de cara a las próximas elecciones y al ardiente otoño que nos espera, desviando las fuerzas adversarias a una infausta verborrea de indignación que sofoque su furor lejos de donde podría hacer daño. La guerra es la guerra, y el viaje el Ministro no ha sido más que un golpe bajo más, como tantos y tantos. Los que aplauden hasta la ignición de las manos, naturalmente, son los británicos, esas criaturas abyectas que se gozan de tener una colonia en plena Europa (y mejor que mejor en España), en pasarse por el arco del triunfo las resoluciones de la ONU sin que la OTAN los bombardee y que alientan no sólo la división europea, sino especialmente la española.

Se apareció el genio cabroncete al español, el gibraltareño y el inglés allá en la roca, y por liberarle les ofreció un solo deseo a cada uno. Como era de esperarse, el español pidió que un terremoto hundiera la roca para terminar de una vez con el contencioso de Gibraltar; el gibraltareño, por su parte, pidió la guerra civil española para que les dejaran en paz; y el inglés, un té con leche.

Moratinos ha hecho bien en ir a la roca. Donde ha fallado, a mi entender, es en que en sus reuniones no han participado los monos. No sólo las conversaciones hubieran sido más fructíferas, sino que hubiéramos podido aprender un montón de ellos.

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