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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El fruto podrido de generaciones sin referentes morales ni éticos

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 26 de julio de 2009, 04:43 h (CET)
Es cuestión de opiniones. Hay personas a las que les gusta tomarse las bebidas frías y otras que, en cambio, prefieren achicharrarse la lengua cuando se las beben y, es que, en cuestión de gustos, no debe haber disputas. Otra cosa muy distinta es hablar de cosas más serias, de opinar sobre temas candentes por su incidencia en la opinión pública y por la alarma social que despiertan entre la ciudadanía. No cabe duda que, la proliferación de actos delictivos llevados a cabo por adolescentes, casi niños en muchos casos, no es una cuestión para tomársela a broma, para dejar que se repita cada vez con mayor frecuencia y que, por si fuera poco, se tienda a considerarla como “cosas de chicos”, cuando las consecuencias que se derivan de ellos pueden dejar huella indeleble, física y psíquica, en los sujetos pasivos de tales desmanes. No obstante, no parece que para determinados políticos esta sea una cuestión importante, al menos, para que se tomen decisiones drásticas para evitar su proliferación y, lo que es igualmente significativo, el efecto que pueda causar entre la juventud comprobar que, en virtud de una normativa anticuada y poco de acorde con la realidad social del momento, ciertos delitos, especialmente reprobables por lo que de prepotencia, agresión e indefensión de las víctimas significan, no obstante, por una mera cuestión de la edad del delincuente, puedan quedar impunes.

No debiera extrañarnos que algunos personajes de la progresía política, como la inefable Leire Pajín, aprendiz de todo y maestra de nada, lancen su cuarto a espadas para emitir su opinión para lo que, evidentemente, está incapacitada por su falta de preparación jurídica y por ser evidente que, todo lo que pueda aportar de constructivo a este problema, es nulo. Que la repetición, durante años, de violaciones de menores a cargo de grupos de adolescentes, resulte que no ha calado lo suficiente en el Gobierno y en las estancias políticas, para que reaccionen y tomen cartas para evitar que, tales delitos, continúen proliferando, poniendo los medios para que, quienes incurren en ellos, cualquiera que fuere su edad, sean castigados debidamente y se les impida que puedan continuar delinquiendo, aunque para ello se deben modificar ciertas leyes obsoletas, como la Ley del Menor; es algo que, sin duda, debe ser prioritario para cualquier persona medianamente razonable. Tales hechos, perpetrados por jóvenes inmaduros pero no por ello menos peligrosos; que, al parecer, no distinguen lo que es correcto de lo punible socialmente, les debería hacer reflexionar sobre las causas que han contribuido a que se produzcan tales situaciones y determinar, de paso, la parte de responsabilidad que les corresponde a las autoridades, especialmente a este gobierno de izquierdas que ocupa el poder; por estar cruzados de brazos ante una evidencia que cada día se hace más palpable, al ir aumentando a medida que transcurren los días.

Suena a chiste que la señora Leire Pajín, a estas alturas, después de que desde todas las esferas sociales se vengan denunciando las carencias de la Ley del Menor y vista la imparable práctica, llevada a cabo por bandas juveniles, de reclutar a menores de edad penal, para utilizarlos de cabeza de turco cuando cometen tropelías, valiéndose de ellos para esquivar las responsabilidades que afectarían a los mayores de edad que delinquen; nos salga con la pretensión de aleccionarnos repitiendo, a modo de vulgar ave prensora, los tópicos y excusas de sus “maestros” en la táctica del despiste y el escaqueo; cuando nos habla de que “ no es conveniente” estar abriendo “permanentemente” el debate sobre la legislación de la violencia infantil ni estar “dejándose llevar por casos que son muy dolorosos”; es decir, que volvemos a aquello de que no se puede actuar “ en caliente” y que hay que esperar a que la situación se calme para tomar decisiones. Lo que se le ha olvidado a esta señora es que ya llevamos años presenciando como se va extendiendo esta lacra de la violencia juvenil y, cada vez, son más los casos que nos la van recordando sin que “en frío”, como parece querer que se trate este tema la secretaria de Organización del PSOE ni en caliente ni en templado, el Gobierno ni sus representantes en el Parlamento de la nación, hayan tomado medida alguna efectiva, (las que se tomaron han resultado ser inútiles para detener la delincuencia juvenil), que sirviera para erradicar, de una vez ,esta deriva criminal que no sabemos si es consecuencia de la degradación de la familia, de las culturas importadas a través de la inmigración (bandas organizadas de jóvenes delincuentes) o de las nuevas filosofías impartidas por los socialistas y los progresistas de nuevo cuño, por las que se instaura un relativismo individual en virtud del cual cada individuo puede establecer su propia valoración sobre lo que es legítimo y lo que no lo es.

Lo que no pueden hacer las autoridades es que, por ser un tema incómodo; por tener que enfrentarse a la disyuntiva de tratarse de jóvenes aparentemente inmaduros que cometen actos propios de mayores; no se atrevan a implantar castigos severos, que aparten a tales infractores de la sociedad el tiempo necesario para que se readapten a las normas y que, aquellos que por su particular conducta, por su empecinamiento en sus errores o por resultar claro que no son recuperables para vivir en sociedad; se los interne en centros desde los cuales no puedan constituir un peligro para el resto de la sociedad.
No se puede consentir, por sentimientos de supuesto apoyo a menores descarriados, el salvajismo de grupos en las aulas; no es posible que se admita sin más el ataque a estudiantes sólo por el placer sádico de matones que pretenden imponer su ley para demostrar su dominio sobre los demás, ni tampoco se puede tolerar un día más que niñas adolescentes se vean obligadas a pagar el tributo de su virginidad para satisfacer a grupos de chulos que, influenciados por este ambiente de libertinaje que impera en nuestra nación, se ven capaces de someterlas, violarlas y, si se tercia, asesinarlas para demostrarse a sí mismos que son capaces de cualquier cosa.

Resulta muy cómodo, y así parece entenderlo la señora Pajín y sus compañeros del PSOE, eludir cualquier responsabilidad y esquivar aquellos temas que les resultan incómodos, máxime, cuando es evidente que tales hechos criminales han proliferado exponencialmente desde que ellos ocuparon el poder y se implicaron, con todas sus fuerzas, en desacreditar a la familia, potenciar los supuestos “derechos” de libertad de los menores, promulgaron leyes para impedir que los padres corrigieran las defectos de sus hijos y, en un paso más en su política de intentar separar a los hijos de la potestad de los padres, promulgaron la ley de EpC en la que se cuestiona el derecho de los padres para orientar a sus hijos en una moral determinada y en unas creencias adecuadas a su forma de sentir. Por otra parte, se da la circunstancia de que los progenitores, aún en el caso de agresiones de los hijos y actos similares, se ven obligados a mantenerlos y de darles cobijo en su casa cosa que contrasta abiertamente con las libertades que se les dan a sus descendientes. Un método simple para crear monstruos de corta edad, capaces de sentirse los dueños del mundo, rebeldes a someterse a la disciplina de los maestros en las aulas y propicios a entregarse a todos los vicios, desde las drogas, a la vagancia, el sexo y la violencia. Sólo rebobinando el hilo de la historia, recuperando la autoridad de los padres, reestableciendo principios como la moral, la ética y la disciplina se podría recuperar, si ya no es tarde para ello, a esta juventud rebelde que, teniéndolo todo, pudiendo formarse y acceder a carreras universitarias (ventajas de las que carecieron muchos de sus padres), por culpa de una doctrina errónea, emanada del gobierno socialista, se han convertido en un grave problema para la sociedad.

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