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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

España y Contraespaña

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 26 de julio de 2009, 04:43 h (CET)
Cinco horas de espera en un aeropuerto atestado de gente dan para mucho, la observación de los demás y de sus actitudes enseñan mucho sobre la vida. Mientras espero el vuelo que me traiga de vuelta a mi casa desfilan ante mí todas las Españas posibles. Uno aprende mucho de lo que ve y de lo que tendría que haber visto y no ha visto.

Frente a mí tengo a una pareja que entiendo son parte integrante y satisfecha de la España actual. Son jóvenes y su educación, su aspecto y sus actitudes son manifiestamente mejorables, como las grandes fincas de marquesotes y duquesonas. Se sientan con el culo en el borde del ancho sillón, bien tumbados hacia atrás, con las rodillas bien abiertas y los pies separados. Hablan y mascan chicle, vocean y gesticulan con absoluta indiferencia hacia los demás.

Visten de esa manera especial que denota que “pasan” y que son “pogres”, pantalones anchos y sin forma, casi de aspecto de cazador descuidado, de colores indefinidos por indefinibles. Su camiseta conserva manchas de algunos días, por la parte de atrás de la cintura enseñan sin ningún cuidado las respectivas ropas interiores; los tirantes del sujetador de ella y sus axilas se exhiben impúdica y repetidamente. Sus peinados, el de ella absolutamente abandonado, el de él inexistente, demuestran su atildado abandono, su cuidada afectación en el aspecto; nada es casual, buscan con ello manifestar su estatus “contra”. Contra el sistema, contra los conservadores, contra el capitalismo, contra la sociedad. Contra todo, que pa eso están ellos. No sé si son la España o la contraespaña, no sé si son un retrato fiel de la sociedad que nos acongoja o un esperpento valleinclanesco, el hipercrítico negativo de esa misma fotografía.

No mucho tiempo después el paisaje de la sala de espera cambia, esta pareja de novios en permanente excitación sexual es sustituida por la otra España, igualmente orgullosa de sí misma y satisfecha de haberse conocido. Son dos chavalillas, pongamos que entre dieciséis y dieciocho años, que por nada del mundo intentarían disimular sus orígenes sociales; todo en ellas indica la máxima atención a su aspecto, el cabello exquisitamente limpio, largo y liso; sus camisas luminosas y coloridas sugieren unas trasparencias bajo las que se esconden atractivos tops a juego. Hablan alocadamente, ríen con fuerza de la menor tontería y manifiestan su alegría de vivir de la manera más ruidosa y estridente.

Ya en el avión se sientan detrás de mí; su conversación se vuelve estúpida y molesta; pasa de “lo neurótica de los nervios que se pone mi madre” a “el mogollón que se montó el otro día en casa de Andrés, “saes como e digo”?” A la persona que va conmigo en la fila anterior a la suya le dicen que puede echar hacia atrás la butaca, “que detrás no hay nadie”, lo que me tomo como una indicación de que yo no lo haga, porque detrás si hay alguien. Por cataplines al cabo de un rato lo hago.

Trato de olvidarme y de dormir, para entretenerme me planteo cuántas Españas existen. Una posible respuesta la encuentro cuando esta mañana he salido a comprar el pan. De la Escuela Castilla (un establecimiento de la Junta para la formación y la ocupación del ocio y del tiempo libre) sale un grupo de personas a las que debo ceder el paso en el primer semáforo; son unos quince o veinte jóvenes y niños. Al menos cuatro de ellos van en silla de ruedas, otros cuantos son visiblemente discapacitados mentales. Todos ellos van escoltados y protegidos por cuatro o cinco vigorosos jóvenes que les ayudan a cruzar calles y aceras y se disponen a acompañarlos permanentemente.

Termino sin saber si hay dos Españas, si la del aeropuerto es sólo una, o si España es múltiple y variada como somos cada uno de sus habitantes, ni cuál de todas ellas nos va a herir el corazón. Si tenemos corazón.

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