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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

La huerta de Valencia en peligro

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 26 de julio de 2009, 04:40 h (CET)
Valencia es una ciudad que durante años estuvo rodeada de huerta, feraces campos en los que se cultivaban toda clase de hortalizas, patatas e incluso trigo en los ya lejanos años cincuenta del pasado siglo y que daban a la capital del País Valenciano un tono verde al tiempo que servían de pulmón para la urbe que a pasos agigantados iba creciendo devorando a su paso muchos de aquellos campos de cultivo.

Cuando llega el verano siempre recuerdo mis estíos infantiles corriendo, junto con mis amigos, por entre aquellos campos, unas veces persiguiendo libélulas o mariposas de un bello color amarillo, otras cogiendo ranas en las acequias cercanas o bañándonos en las mismas, las excursiones al Clot de Vera donde abundaban las denominadas “cañas indias” mucho más fuertes que las normales. Ya adolescente las visitas nocturnas a los campos de melones para comer, con la vista puesta en la aparición del vigilante rural y su escopeta cargada con postas de sal, una sandía a la luz de la Luna, o los besos robados a una chica de incipientes pechos con la verde complicidad de las altas matas del maíz. Eran años felices donde nuestra única preocupación era divertirnos y llorar por los amores perdidos con las primeras lluvias de setiembre.

Todo aquel mundo de mi infancia y adolescencia ha ido despareciendo ocultado por el cemento del urbanismo desbocado. Mi casa en Benimaclet, un barrio de Valencia todavía entonces con sabor a pueblo, daba a la huerta, delante y detrás tan sólo había campos que inundábamos con nuestros juegos y correrías. Desde su fachada se divisaban las tapias del cementerio y su negra puerta coronada con una cruz, también negra, y alguna noche de verano nos atrevíamos algunos a llegar hasta allí para tocar a la puerta, nadie respondía a nuestra llamada pero volvíamos corriendo y asustados hasta la puerta de casa donde nuestros padres y otros vecinos cenaban placidamente sentados bajo el brillo de las estrellas.

La expansión de la ciudad comenzó a dar sus hachazos sobre el que había sido mi mundo. El primero, que yo recuerde, fue la construcción de la Universidad Politécnica que se llevó por delante varias hectáreas de aquella huerta, luego se fueron construyendo edificios donde durante siglos se habían sembrado patatas, tomates o cacahuetes. Los agricultores, su vida siempre ha sido dura, sucumbieron a la llamada del dinero y vendieron sus terrenos a los promotores inmobiliarios y un urbanismo irresponsable y sin control fue un nuevo jinete del Apocalipsis para la huerta de Valencia.

En 1988 el Ayuntamiento de Valencia, dirigido entonces por los socialistas, aprobó un nuevo Plan General de Ordenación Urbana en el que se dio una nueva dentellada a lo que iba quedando de huerta. Pero no hay que culpar de ello tan sólo a los políticos, en aquellos días yo estaba como asesor en uno de los grupos municipales, fuimos los únicos que no votamos a favor este nuevo ordenamiento urbano y en las semanas anteriores a su aprobación menudeaban en nuestro despacho las visitas de agricultores a los que se iba a expropiar terrenos, no venían a defender sus tierras de labor, tan sólo querían más dinero por sus terrenos. Y es que poderoso caballero es Don Dinero.

Durante los largos años de mandato “popular” la huerta ha continuado desertizándose mientras la ciudad se expandía, los terrenos de Pinedo han desaparecido con la ampliación del puerto y donde antes había hortalizas ahora hay multitud de contenedores, y diversos PERI (Plan de Reforma Interior) han ido modificando aquel urbanismo que en 1988 se estableció para la ciudad. Ahora, desde el año 2004, se viene preparando un nuevo Plan General de Ordenación Urbana en el que se recalificarán 500 hectáreas de huerta para construir viviendas. En estos momento en Valencia hay más de 65.000 viviendas vacías y existe terreno en suelo ya urbano para construir otras 22.800 y 20.400 viviendas más en suelo urbanizable. Por tanto se podría obviar por parte de las autoridades municipales este nuevo hachazo a la huerta de Valencia al tiempo que se establecen en la misma rutas verdes para pasear por ellas y, también, para que los escolares conozcan aquello que un día fue el pulmón de la ciudad. Pero dudo mucho que Rita Barbera y sus concejales estén por la labor. Los olores de la huerta casan poco con el lujo de los bolsos de Louis Britton y los aromas franceses.

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