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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Las cosas del Estado

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 24 de julio de 2009, 04:35 h (CET)
El Estado, bien visto, es como un tipo cachondo, de esos que siempre están de broma tomándote el pelo. Es..., su naturaleza, digamos, algo que no puede evitar. Pone cara de trascendente, guarda compostura grave, como si se creyera lo que dice o lo que hace, pero se le nota que por dentro se está partiendo la caja de risa, porque te está tomando el pelo.

Eso es lo que pasa con sus funcionarios, que, según dicen por ahí, los contrata por ocho horas para que trabajen cuatro, y ni eso. No me digan que no es para llorar de risa. Cuando mi primera esposa trabajaba en el hospital de La Alcaldesa, de San Lorenzo de El Escorial, les dieron aviso un día de que iba para allá un Inspector de Trabajo, avisaron a todos los ausentes y... ¡no había ni sillas para todos! Así es la Administración y sus salas vecinas, que se vaya a la hora que se vaya sobran funcionarios por todas partes..., y eso que sólo van la mitad o menos. Estar un par de horas en una cola de cualquier organismo público esperando que te atienda una becaria o una suplente de ésas de pinpón, y ver al tiempo cómo se hacen corrillos de funcionarios veteranos hablando de fútbol, de cine o de asuntos personales en plan tertulia, es algo que a uno le pone la sangre en plan magmático, pero es que España es así, y el gobierno no sólo lo ve tan ricamente, sino que consiente que cada quien que pueda vaya colocando en ese termitero a sus criaturas. Por eso son ya cinco millones de funcionarios, cuatro de cada diez trabajadores en activo en España, y sigue creciendo el número sin colmo ni tasa. Bueno, lo de trabajadores es nada más que un título de postín para que lo usen los sindicatos verticales, UGT y CCOO y todos esos, ya saben, que también son unos cachondos. Se pueden imaginar que después de lo dicho, trabajadores, lo que se dice trabajadores, pues como que no. Pero en este Estado las cosas son así, entre amiguetes, cosa de risa.

El Estado es como para no parar de reír con él. Yo lo quiero un montón, porque me río muchísimo con sus ocurrencias. Por ejemplo, con la cosa ésa de ahorrar agua. Ya desde hace meses se ha montado una campaña de ahorro de agua que es para despiporrarse, porque pide a la señá María que ahorre centilitros o decilitros de agua que hay poca..., para que luego de los de las grandes urbanizaciones la gasten a hectómetros cúbicos como si tal cosa. Me imagino la risa tonta que le debe de entrar al Estado cuando está solo y no le ve la seña María cerrando el grifo para no gastar mientras el ricachón Felipón la desperdicia a mares... o llena su piscina.

Y con lo de las multas, ¿qué?... Pues lo mismo. Manda cada mañana a sus agentes a cazar pardillos para hacer caja y vivir a cuerpo de rey, cada uno teniendo que cubrir una cuota de no sé cuántos, y eso siempre que los multados no sean funcionarios, policías, amiguetes, tronquetes o peces gordos. Es decir, de esos seis de cada diez que tienen un empleo eventual y unos eurillos de salario. Da lo mismo que las multas sean por la cosa del tráfico, de la basura, de las ordenanzas de téqueme-usté-los-nueve o lo que sea, y sin importar siquiera que a un empleado de los mencionados una multa por una mínima infracción sea el salario de un mes y la misma no represente para el Felipón de antes más que decimales de risa.

¡Ah, el Estado, qué humor tiene! Negro, eso sí, pero humor al fin y al cabo. Y ahora, en otro invento suyo muy al uso, va y se reúne con los sindicatos verticales ésos de los funcionarios que no funcionan, con los Felipones de los empresarios y quieren hacer nuevas ordenanzas laborales para los seis de cada diez que en este país sostienen al Estado. ¿Es o no es un cachondo?... Además de tiroliros, que pongan la cama. Los sindicatos verticales, los funcionarios y los Felipones, aunque figuran gestos graves y poses de circunstancias en las fotos, por dentro se ríen un montón con las ocurrencias del Estado y se ponen a dos carrillos, pero quien más se ríe es el mismo Estado, que es que se parte la caja en mil pedazos. Yo también me río, pero menos: a mí sólo se me saltan las lágrimas..., y a veces no tengo muy por cierto que sea de risa.

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