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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La crisis silenciosa de la educación

E. J. Dionne
E. J. Dionne
jueves, 23 de julio de 2009, 04:49 h (CET)
Es la crisis silenciosa de la educación, la crisis de la que no hablamos mucho porque su existencia mina la historia de nuestro país que nos gusta contar.

Los problemas a los que nos enfrentamos desde el parvulario a la educación preuniversitaria reciben atención regular, si bien insuficiente. Pero pocas veces afrontamos los malos resultados que obtenemos en lo referente a educar a los nuestros después del Instituto. Esa crisis silenciosa de la educación socava nuestra afirmación de que ninguna nación se acerca a nosotros en la garantía de que cualquiera puede trabajar duro, recibir una gran educación y prosperar.

La juez Sonia Sotomayor honró este artículo nacional de fe en un encantador tributo a su madre en su vista de confirmación. "Nos enseñó que la clave del éxito en América es una buena educación," decía Sotomayor. "Y ella sentó el ejemplo, estudiando junto a mi hermano y a mí en nuestra cocina para poder ser una enfermera homologada."

Contando esta historia de prosperidad social intergeneracional, Sotomayor describía cómo se supone que debe funcionar nuestro sistema educativo -- y, puede que inadvertidamente, señalaba la forma en que está fallando a tantos hoy.

La Universidad y la Facultad de Derecho llevaron a Sotomayor hasta donde se encontraba esta semana, y en tiempos se nos daba relativamente bien abrir puertas educativas a personas de orígenes modestos como el suyo.

En 1976, el año en que Sotomayor se licenció por Princeton, la Becas Federales Pell para estudiantes de recursos modestos cubrían el 72 por ciento de la factura media de una carrera de cuatro años en una institución pública. Una educación excelente (no necesariamente en Princeton) estaba, en principio, al alcance de la mayor parte de los estadounidenses. Pero hacia el año 2003, las becas Pell cubrían solamente el 38 por ciento de la factura de asistir a una universidad pública.

La aspiración de su madre de mejorar su propia suerte y la de su familia a través de más educación también era clásica, y también nos estamos quedando rezagados en lo que respecta a las oportunidades de ese ramo.

Estados Unidos ocupa hoy el décimo puesto en el porcentaje de personas de 25 a 34 años que logran graduarse. Estamos por detrás de Canadá, Japón, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Bélgica, Irlanda, Noruega, Dinamarca y Francia.

La información que acabo de ofrecer está sacada de un importante artículo firmado por Andrew Delbanco, un profesor de la Universidad de Columbia, publicado esta primavera en el New York Review of Books. Delbanco concluye que "una gran cantidad de jóvenes motivados y con talento se ven excluidos de la Universidad por el único motivo de su incapacidad para pagar, y no hemos confrontado con seriedad el problema."

Para ilustrar su idea, Delbanco cita los llamativos hallazgos de Donald E. Heller, director del Centro para el Estudio de la Educación Superior de la Universidad Penn State, que dicen que "las notas de los universitarios de los niveles socioeconómicos más elevados con resultados (BEG ITAL)peores(END ITAL) están al mismo nivel de los estudiantes más pobres con los resultados (BEG ITAL)mejores(END ITAL)." Añado la cursiva para subrayar las heridas de clase bastante evidentes.

Leer el artículo de Delbanco y escuchar el relato personal de Sotomayor es entender el motivo de que el Presidente Obama fuera el martes a Michigan para anunciar un plan que destina 12.000 millones de dólares en 10 años a reforzar nuestros centros universitarios y "ayudar a 5 millones de estadounidenses más a obtener títulos y homologaciones durante la próxima década."

Fue agradable escuchar a un presidente diciendo que los centros universitarios públicos son "un activo mal valorado de nuestro país... tratados igual que el bastardo del sistema de la educación superior." También fue aceptable que pusiera el acento en cuánto de la prosperidad social sigue dependiendo de la educación, puesto que "se proyecta que los empleos que piden por lo menos una homologación en el sector crecerán el doble que los empleos que no piden experiencia universitaria."

Pero su propuesta debería ser entendida como un primer paso. Es una entrada de 1.200 millones de dólares al año para solucionar un problema enorme. Los centros públicos están en crisis por estar siendo inundados de estudiantes que no se pueden permitir títulos de cuatro años, y también por trabajadores sin empleo que buscan formación para desempeñar nuevos trabajos.

Además, muchos estadounidenses encontrarán empleos estables y bien remunerados no a través de un título universitario sino recibiendo formación después del Instituto para desempeñar lo que los economistas Harry Holzer y Robert Lerman llaman "empleo de formación intermedia."

En un informe realizado para The Workforce Alliance, Holzer y Lerman afirman que las ofertas de empleo de formación intermedia y sin experiencia se verán desbordadas los próximos años por las ofertas de formación intermedia en sanidad, construcción, instalación, reparación y muchos otros terrenos. Un solo año de educación tras el Instituto, especialmente en programas vinculados directamente a las necesidades del empresario que contrata, hace maravillas a la hora de ayudar a los aspirantes a ascender socialmente.

Obama va por el camino adecuado. Pero necesitaremos hacer mucho más de lo que propone si queremos que la historia de Sonia Sotomayor y su madre defina una aspiración realista para la próxima generación estadounidense.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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