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Etiquetas:   Literatura   -   Sección:   Libros

Oswaldo Reynoso, escritor

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
jueves, 23 de julio de 2009, 04:45 h (CET)
La reciente publicación en Argentina de la novela EN OCTUBRE NO HAY MILAGROS, por cuenta de la editorial El Andariego, es más que un buen motivo para dedicar algunas líneas al escritor peruano más influyente de las últimas décadas, Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931).

Precisamente esta novela, editada en Lima, en 1965, es el primer libro que leí del autor. Corrían los fines de los noventa, tenía diecisiete años y mi voracidad por leerlo todo estaba en su punto de máxima ebullición… He leído muchísimo, pero la sensación canábica que me deparó esta novela, todavía se mantiene en mi memoria, en testimonio de franca resistencia.

No es para menos, dichas páginas eran la representación descarnada de una ciudad que no había cambiado en nada; la podredumbre y la inmoralidad, ausentes personajes que no lo degradan todo a su paso, confundiendo a los protagonistas en caída libre en los pozos más hondos de la peor de las corrupciones: la del alma.

Me encontré, entonces, con un escritor poderoso. Y no dudé en devorar cuanto libro suyo haya publicado. LOS INOCENTES, EL ESCARABAJO Y EL HOMBRE y su obra mayor LOS EUNUCOS INMORTALES. Tiempo después, a inicios de este nuevo siglo, sus joyas breves: EN BUSCA DE ALADINO y EL GOCE DE LA PIEL. Y tres años atrás, en el Hostal El Corregidor de la ciudad de Cusco, en una mañana de cielo tapiado de naranja, LAS TRES ESTACIONES.

No existe joven narrador peruano que no haya bebido de la influencia directa o indirecta de Reynoso. La mayoría de sus libros fueron publicados en los sesenta, y más allá de las traiciones del tiempo su narrativa mantiene frescura, vida y respiro caliente, sacándole la lengua a las modas literarias, apoyándose esta vigencia en el trabajo de orfebrería del escritor con el lenguaje, lo que le ha catalogado, quién lo dudará, como el mayor estilista peruano de la segunda mitad del siglo XX.

Lector compulsivo, narrador pausado, patente deudor de Martín Adán y Marcel Proust. Intelectual consecuente. Maestro de generaciones. En síntesis, lo que podría resumir su importancia para las letras peruanas: el escritor más leído después de don Mario Vargas Llosa.

No pocas veces Reynoso ha declarado que solo escribe para el Perú. No le interesa el mentiroso reconocimiento, por el que muchos bregan durante toda una vida, sacando provecho de las relaciones, el amiguismo, la mala leche, sin tener, qué novedad, una obra literaria digna de la más mínima atención.

El mayor reconocimiento Reynoso ya lo tiene en vida, he sido testigo de ello, como cuando gente que no conoce ni en pelea de perros se le acerca para darle las gracias por todo lo que sus libros significan, por su tenacidad para con la literatura y la cultura del país.

Polémico a ultranza. Puedo estar de acuerdo o no con sus ideas. Sin embargo, lo que nadie podrá negar, como indiqué líneas arriba, es su consecuencia, entre lo que dice y lo que hace, detalle tan difícil de cumplir para algunos alharaquientos de izquierda (por cierto: no soy de derecha, tampoco de izquierda (obviamente), abrigo el anarquismo, aunque este es también una rama de la izquierda).

Cada vez estoy más seguro de que, tarde o temprano, Reynoso se convertirá en personaje de ficción. Tal y como sucede en la novela LA VISITA AL MAESTRO, de Philip Roth. En ella el norteamericano rinde tributo a su ídolo Bernard Malamud, transfigurado en E. I. Lonoff, escritor entrado en años que asienta la vocación del novel plumífero Nathan Zuckerman, personaje con el que Roth ha sostenido con creces nueve novelas.

¿Cuántas vocaciones se han visto afianzadas con la pasión y obra de Reynoso? Obviamente se trata de una pregunta retórica, pero no hay que dejar de formularla.

En el algún mes del año 2000 lo visité en su casa, la primera y única vez. No fui con un manuscrito anillado dentro de la mochila, sino con todos sus libros para que me los firmara. Era una mañana lluviosa de sábado…

Cuando llegué un joven, e inédito, narrador salía de su puerta, acaba de terminar su sesión de escritura con el maestro… Me presenté… Caminamos a través de un sendero flanqueado por plantas. Llegamos a su casa-habitación-estudio. Sobre el escritorio una máquina de escribir Olivetti, de color verde, de acero, que refulgía sin desentonar con los innumerables motivos chinos de la estancia. Comenzamos a hablar de sus libros. Lógicamente, tenía un desbordado interés en saber su opinión sobre LOS EUNUCOS INMORTALES, en lo concerniente al evidente respiro socialista de la novela, a lo que él me dijo, con sonora contundencia que “el hombre sin ideología es una bestia”.

En aquel instante no tuve idea del alcance de la frase, la cual pude aprehender muchos años después. Reynoso es un confeso marxista, y si bien es cierto que esta ideología atraviesa toda su obra, no debemos dejar de señalar que esta no es lo primordial en su literatura, imponiéndose en ella la hechicera elasticidad de la palabra, la plasticidad del verbo.

No me fui de su casa con la sensación de haber afianzado mi vocación de escritor, como lo he venido escuchando y leyendo, de muchos que lo han visitado. Mas sí con la certeza de que sea cual sea el camino ideológico que elija, debería honrarlo con mi consecuencia. Y claro, con irrefrenables ganas de llegar cuanto antes a casa y comerme el mundo escribiendo.

No he tenido la oportunidad de escuchar personalmente (pero sí he leído sobre ello, como el gran artículo sobre su persona en Radar de Libros de Argentina) qué es lo siente al ser publicado fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, algo me dice que el asunto no le sorprende, que lo toma como algo normal, como producto del peso de su obra tan alabada y atacada por igual, la cual se ha impuesto a los sentimientos menores y caprichos de los Hooligans de la literatura peruana.

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