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Etiquetas:   Botella al mar   -   Sección:  

La fatalidad y el azar

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
miércoles, 22 de julio de 2009, 05:28 h (CET)
La vida está marcada por pequeños detalles que pueden provocar que ésta cambie de forma radical y, a veces, hasta dramática. Aplicado también al deporte, podríamos decir que la fatalidad está agazapada a la vuelta de la esquina, y en ocasiones le basta un fugaz instante para aparecer, brutal y despiadada como es. Vaya por delante algo obvio: no es en absoluto comparable perder un torneo a perder la vida, por supuesto. Pero si algo ha quedado claro, una vez más, es que la gloria y el fracaso, así como la vida y la muerte, están a menudo separadas por distancias inapreciables, aunque del todo definitivas. Tom Watson perdió el Open Británico de golf por un golpe que le llevó al desempate y a la derrota. Y también por un golpe, pero de mala suerte, perdió la vida Henry Surtees en el GP de Fórmula 2 disputado en el circuito de Brands Hatch, así como el copiloto Flavio Guglielmini en el Rally de Bulgaria.

El italiano falleció al chocar su coche contra un árbol tras salirse en una curva, en parte quizá también por el mal estado de la calzada. Sin embargo, el suizo Brian Lavio, a quien llevaba justo al lado, tuvo mejor suerte y se recupera en un hospital de sus heridas. El todo o la nada en apenas un instante, y en un mismo lugar. Un triste suceso, que en el caso de las autoridades búlgaras tiene además un doble motivo de preocupación, puesto que a la muerte de un participante se añade el hecho de que se trate de un rally que aspiraba a entrar en el calendario del Mundial del próximo año. Ningún organizador de una prueba de este tipo está a salvo de que sucedan desgracias así, es evidente, pero no es menos cierto que un accidente mortal no parece la mejor tarjeta de presentación. Y será ahora cuando llegue el momento de afanarse en extremar las medidas de seguridad, pero seguramente con la vista puesta más en no perder el tren del Campeonato del Mundo, con todas las consecuencias económicas que ello conlleva, que en otra cosa.

Por desgracia, no terminó ahí el aciago día para el automovilismo. También en Europa, y ese mismo domingo, un piloto británico de 18 años veía truncada su carrera y su propia vida, en este caso en la Fórmula 2, una categoría que la propia Federación Internacional del Automóvil califica como de “low-cost”, aunque todos se apresuren ahora a asegurar que se cumple cada una de las normas de seguridad. Esto es algo que damos por supuesto, o que más bien queremos dar por supuesto. Porque, de no ser así, entraríamos ya en otros terrenos en los que ni siquiera queremos pensar: aunque, a decir verdad, tampoco nos sorprenderían. Desde el momento en que el dinero lo dirige todo, nada puede extrañarnos, a ningún nivel. Pero en este caso hablamos de otra cosa, puesto que no se intuyen fallos en la seguridad como desencadenantes de este otro mortal desenlace.

La muerte de Henry Surtees en el circuito inglés de Brands Hatch no fue sino producto de un cúmulo de fatales casualidades difícilmente igualables. Se disputaba la segunda carrera del fin de semana y, tras haber ocupado el tercer lugar del cajón la víspera, el joven piloto afrontaba una nueva prueba en ese camino con el que quería seguir los pasos de su padre, el mítico John Surtees, el único que ha sido campeón del mundo sobre dos y cuatro ruedas. Sin embargo, esa insignificante distancia que a veces separa el todo de la nada truncó su carrera y segó su vida. Una rueda desprendida de un bólido accidentado pocos segundos antes rebotaba en el césped, luego en el asfalto, y la fatalidad hacía que después golpeara de lleno en la cabeza de Henry, en el preciso y desgraciado momento en el que pasaba por ahí. Unos pocos centímetros de diferencia separaban la vida de la muerte, nada menos, y a él le tocó perder. Al azar le gusta jugar así.

Otras veces, sin embargo, afortunadamente se conforma con variar sin mayores consecuencias el curso de los previsibles acontecimientos. El perfecto ejemplo lo tuvimos en el campo escocés de Turnberry, que llevaba cerrado desde noviembre para que todo estuviera perfectamente preparado para la gran cita y que ha sido el inmejorable escenario donde se ha disputado por cuarta vez el torneo de golf con más solera: el Open Británico. En esta 138ª edición, desde que comenzara en 1860 (sólo dejó de disputarse once años, por las dos guerras mundiales), el tiempo ha retrocedido 32 años y hemos visto a un renacido Tom Watson en otro duelo como el que protagonizara en ese mismo campo en 1977 ante Jack Nicklaus, a quien batió por un solo golpe. Conocido como “Duelo al sol”, significó el épico enfrentamiento que supuso el segundo Open Británico para Watson, de los cinco que tiene, aparte del Open USA y los dos Masters de Augusta que también forman parte de su gran palmarés. En esta ocasión todo parecía apuntar al sexto, y ello a sus casi 60 años, con lo que además habría igualado el récord de títulos del inglés Harry Vardon. Pero no fue así.

Después de tres días de lecciones magistrales, a Watson le separaban apenas dos metros de la gloria. Pero al veterano maestro le tembló el pulso en el momento más inadecuado y no embocó en el hoyo 18, el definitivo. El también estadounidense Stewart Cink, 23 años más joven que él, aceptó el regalo y le venció en el posterior desempate. Ni el abrumador apoyo de los allí congregados pudo hacer nada ya por el viejo Tom: en esta ocasión, y a pesar de conocérselo de memoria, Turnberry no le fue favorable. Por dos metros, nada más. “Estoy absolutamente decepcionado. Vine para ganar, era un sueño, y el sueño ha estado a punto de hacerse realidad, de ser una gran historia, pero se me ha escapado. Tenía que haber cogido el hierro 9 y no el 8, pero temí quedarme corto. Después pateé porque pensaba que podría dejarla cerca, pero no fue así”. Esbozó una sonrisa, y se marchó con su jersey a rombos. La procesión, por supuesto, iba por dentro. Será quizá el año que viene, quién sabe: muy probablemente, ni siquiera el propio azar.

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