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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La política exterior de plazos de Obama

Jim Hoagland
Jim Hoagland
miércoles, 22 de julio de 2009, 05:21 h (CET)
El incremento del presidente Obama en Afganistán dispone del plazo de un año para demostrar que elevar el número de efectivos estadounidenses y la ayuda puede cambiar la tendencia allí. No se trata de un compromiso indefinido de efectivos estadounidenses y dinero.

Irán tiene que responder a la oferta de diálogo de Obama antes del 24 de septiembre, fecha en que el Grupo de las 20 economías más importantes se reúne en Pittsburgh. Si Teherán no acepta, Estados Unidos pedirá a Rusia, China y otras naciones clave que acudan a Naciones Unidas e impongan sanciones más estrictas a Irán.

Esa cumbre es también el momento en que Obama evaluará los progresos hacia nuevas negociaciones de paz en Oriente Medio entre el Primer Ministro israelí Binyamin Netanyahu, la Autoridad Palestina y los estados árabes. Pueden negociar entre sí, o con un disgustado Presidente estadounidense.

Así es como interpreto las declaraciones públicas y privadas realizadas por altos funcionarios estadounidenses -- incluyendo al presidente -- durante las últimas semanas ante líderes extranjeros y la opinión pública estadounidense. Lo que surge es una imagen clara de la creación de una política exterior al estilo Obama.

Si los conflictos se pueden detener fijando plazos y llegando a determinaciones tajantemente, este presidente podría asegurarse el Premio Nobel de la paz en los próximos años.

Los críticos dirán que en realidad estoy describiendo un proceso destinado a ir aplazando paulatinamente las decisiones difíciles. Este es el motivo de mi discrepancia: A lo largo de sus casi seis meses en la presidencia, Obama ha fijado un conjunto de plazos estratégicamente concebidos para abordar los desafíos más acuciantes a los que se enfrenta, convirtiendo las cumbres internacionales y demás reuniones de líderes en trampolines políticos que impulsen sus ideas y a él a la próxima prueba.

Como es de esperar, este enfoque depende acusadamente de su mayor éxito, la sorprendente campaña electoral de 2008. Si hay un riesgo, no es el que Obama sea alguien que vaya aplazando las cosas. Es que hace acopio de demasiados momentos decisivos y no se deja espacio para trabajar con sucesos inesperados.

La administración no ha fijado públicamente un calendario para evaluar los compromisos estadounidenses en Afganistán. Eso animaría a los Talibanes y a Al Qaeda a pasar desapercibidos y esperar a que las tropas occidentales se vayan.

Pero los mandos estadounidenses, que deben identificar y respetar la delgada frontera que separa un ejército curtido en la lucha de un ejército agotado por la lucha, indican que entienden que tienen 12 meses desde las elecciones nacionales afganas del 20 de agosto para demostrar a Obama y a la opinión pública estadounidense que pueden desempeñar esta labor. Después de eso, un esfuerzo estadounidense vacilante se convertiría en un tema importante de las elecciones de 2010 al Congreso.

Tal polémica política está estallando ya en otros países miembros de la OTAN en los que la opinión pública ha llegado a la conclusión de que mantener unidades de combate en Afganistán es inútil. Ningún militar quiere librar guerras bajo tales condiciones.

"No podemos seguir reforzando el fracaso," decía de manera cortante el General Bantz J. Craddock, el mando saliente de la OTAN, durante una reunión mantenida por el Consejo Atlántico en Washington hace poco. "Hay un buen número de cosas que como alianza nunca deberíamos volver a hacer en este tipo de lucha."

Aliados como Canadá y los Países Bajos, que han absorbido bajas desproporcionadamente elevadas, ahora miden mentalmente sus compromisos afganos en meses, no años. Y un acusado incremento en el número de muertos británicos en combate este mes en la provincia de Helmand ha detonado un debate sorprendentemente divisorio en Londres acerca de la capacidad de Gran Bretaña de mantener el rumbo.

En este contexto, el plazo de Obama de un año esperando acontecimientos con el incremento es una medida sensata. Irán, sin embargo, no le va a dejar esperar tanto tiempo.

El próximo trampolín diplomático de Obama es la cumbre del G-20 de la que será anfitrión y espera utilizar para forjar nuevos enfoques multilaterales en Irán y la paz en Oriente Medio, así como la recuperación económica global. El presidente volvió de Europa este mes con lo que un alto funcionario estadounidense me describía como "la aceptación rusa y del G-8 de ese concepto por no haber más remedio."

"Si los iraníes no han respondido por entonces, el mundo debería dejarles claro que no pueden demorar las cosas con engaños indefinidamente," dice un funcionario que conoce la forma de pensar de Obama. "La cumbre es también el momento oportuno de una evaluación global del progreso que se ha realizado y se puede realizar entre Israel y los palestinos."

Pittsburgh será el momento de la verdad particularmente para el Presidente ruso Dmitry Medvedev, al que Obama ha cortejado con la esperanza de obtener el apoyo de Moscú a la imposición de nuevas sanciones de Naciones Unidas a Irán. Si no sale como espera, la credibilidad de Obama sufrirá.

El frío verano de preparación de Obama conduce inexorablemente a un otoño candente de decisión. Sólo será entonces cuando descubramos si este Presidente, y el mundo, se ha preparado para el posible fracaso de sus iniciativas tan integralmente como se ha preparado para su éxito.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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