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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El malogrado estímulo

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
miércoles, 22 de julio de 2009, 05:20 h (CET)
No es sorprendente que el tan cacareado "estímulo económico" no haya sido de mucho estímulo. El Presidente Obama y sus ayudantes defienden que es demasiado pronto para esperar resultados extraordinarios. Tienen parte de razón. Una economía de 14 billones de dólares no va a dar señales de recuperación al instante. Pero los defectos del paquete de 787.000 millones de dólares van más allá y no van a mejorar con el tiempo. El programa redactado por Obama y el Congreso bajo control Demócrata no fue ideado para maximizar su impacto económico. Fue sobre todo un ejercicio político, diseñado para llevarse el mérito de cualquier recuperación, inundar de rentas a los electorados predilectos y manifestar de cara a la opinión pública el apoyo a las causas de moda.

Como resultado, la mayor parte del potencial benéfico del estímulo se ha visto malogrado. Las subidas del gasto y las bajadas de los impuestos están desparramadas de forma demasiado dispersa y, con demasiada frecuencia, se aplazan demasiado como para hacer algún bien ahora mismo. Tampoco se concentran en reanimar los sectores más deprimidos de la economía: Los gobiernos estatales y locales; el sector inmobiliario y la industria automovilística. Nada de esto significa que el estímulo no vaya a servir de ayuda ni que se excluya una recuperación, pero la ayuda será más débil de lo necesario.

Cuánto es difícil de determinar. Para finales de 2010, el paquete redundará en la creación de 2,5 millones de empleos según predice Mark Zandi, de Moody's Economy.com. Pero como matiza Zandi, todas las estimaciones son rudimentarias. Implican comparar estímulos económicos con y sin las cláusulas del estímulo. Los modelos económicos tienen que dar por sentadas estimaciones de lo rápido que el consumidor va a gastar las bajadas de los impuestos, la celeridad con la que arrancan los proyectos de infraestructuras y mucho más.

Dependiendo de las premisas, los resultados cambian. Cuando la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) proyectó las estimaciones de empleo, planteó una horquilla que va de 1,2 a 3,6 millones para finales de 2010. Cualquiera que sean las cifras reales, no se van a traducir en un incremento general del empleo enseguida. Simplemente van a paliar la pérdida de puestos de trabajo. Desde finales de 2007, ha alcanzado en total los 6,5 millones, y probablemente haya más por venir.

Por motivos humanitarios, casi nadie debería plantear objeciones a apartados concretos del paquete de estímulo: Prestaciones por desempleo durante más tiempo y (ligeramente) más elevadas; subsidios para los que pierden su puesto de trabajo destinados a cubrir su protección sanitaria; cartillas de comida de validez ampliada. Obama se vio políticamente obligado a implementar una propuesta de campaña que baja los impuestos a la mayor parte de los trabajadores -- hasta 400 dólares en el caso de los particulares y 800 dólares en el caso de los matrimonios en ese régimen fiscal. Pero más allá de estos conceptos básicos, el plan de estímulo se convirtió en una orgía de rebajas fiscales e incrementos del gasto políticamente interesados.

Más de 50 millones de jubilados y veteranos recibieron cheques de 250 dólares (coste: 14.000 millones de dólares). Las empresas tuvieron derecho a deducciones fiscales en concepto de devaluación (5.000 millones de dólares). Se promovieron tecnologías de la información en la sanidad (19.000 millones de dólares). Se alentó el transporte ferroviario de alta velocidad (8.000 millones de dólares). Cualquiera que sean las virtudes de estos programas, muchos se consumen lentamente. La Oficina Presupuestaria estimaba que casi el 30 por ciento de los efectos económicos se sentirían después de 2010. Se ignoró cualquier esfuerzo concertado por mejorar la confianza del consumidor y las empresas resucitando los sectores económicos más deprimidos.

La venta de vehículos va un 35 por ciento por detrás respecto a los niveles del año anterior; los aterrorizados consumidores se abstienen realizar compras considerables. El precio de la vivienda en caída libre desalienta la compra. ¿Por qué comprar hoy si el precio mañana va a ser inferior? Los estados sufren acusadas caídas en la recaudación y se enfrentan a la obligación por ley de equilibrar sus presupuestos. Esto significa subir los impuestos o rebajar el gasto -- precisamente las medidas desaconsejadas en el caso de un bache grave. Aún así, el paquete de estímulo apenas aborda estos problemas.

Para promover la compra de coches y casas, el Congreso podría haber promulgado deducciones fiscales temporales pero generosas. No lo hizo. La deducción fiscal en concepto de compra de una vivienda se aplicó a una fracción de los compradores de primera vivienda; la deducción fiscal por compra de vehículo permitió deducciones fiscales federales en el caso de las ventas estatales y gravó indirectamente la compra de un coche. Los efectos son marginales. La recientemente aprobada deducción fiscal "dinero por coche usado" está atrofiada de igual forma; Macroeconomic Advisers estima que podría impulsar la venta de coches en apenas 130.000 vehículos. Los estados salieron mejor parados. Recibieron 135.000 millones de dólares en fondos redimidos. Pero incluso con este dinero, los economistas de Goldman Sachs estiman que los estados se enfrentan a un vacío presupuestario de 100.000 millones de dólares en el próximo ejercicio. 28 estados han subido ya los impuestos y 40 han reducido el gasto, según informa la Oficina de Gestión y Presupuesto.

Se producen cada vez más llamamientos a otro "estímulo" Obama con el argumento de que el primero fue muy pequeño. Error. El problema del primer estímulo residió más en su composición que en su tamaño. Con los déficits presupuestarios de los ejercicios 2009 y 2010 estimados por la Oficina Presupuestaria del Congreso en 1,8 y 1,4 billones de dólares (el 13 y el 9,9 por ciento del producto interior bruto respectivamente), es difícil defender la idea de que son muy reducidos. Obama y los Demócratas del Congreso sacrificaron el verdadero estímulo económico en aras de promover intereses políticos parroquiales. Cualquier nuevo "estímulo" debería estar financiado mediante la amputación de parte del antiguo.

En esto, como en todas partes, existe una diferencia en toda regla entre la elevada retórica de Obama y su puesta en práctica. En febrero, Obama denunciaba "los principios políticos de siempre" en la formulación del estímulo. Pero eso es lo que nos llevamos, y a Obama le gusta el resultado. Entrevistado hace poco por Jake Tapper, de la ABC, era preguntado si cambiaría algo o no. Obama parecía invocar la doctrina de infalibilidad presidencial. "No hay nada que hubiéramos hecho de otra forma," decía.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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