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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ha desaparecido "mi casa"

Marino Iglesias
Redacción
martes, 21 de julio de 2009, 05:29 h (CET)
“Mi casa” es, para mí, un sentimiento que descubrí cuando estuve fuera de ella. Será porque nací en una habitación domiciliaria. Mi madre, cuando salía a la luz alguno de esos errores a la hora de entregar a sus progenitores la criatura nacida en un paritorio común, siempre me lo decía: Contigo no hay duda, porque para traerte a ti vino aquí la comadrona.

Cuando tenía quince años nos mudamos de piso, a los veintiuno otra mudanza. Más tarde, además de piso, me cambié de ciudad en varias ocasiones. Viví en Irún, Madrid, Córdoba, Cádiz… y seguí desconociendo el sentimiento “mi casa”, sin duda porque en cualquier punto de la geografía española me sentía en ella.

Crucé el Atlántico. Estuve más de veinte años allende los mares. Ejercí de inquilino y de propietario de piso ¡y de casa! Realicé uno de mis sueños: vivir en una casa propia con jardín que la circundaba; diseñada y construida por mi mismo con la colaboración de una mano autorizada que firmó el proyecto y la de un albañil y dos peones que se encargaron de las paredes; absolutamente todo lo demás fue cosa mía – nunca hubo huevo que se me resistiera a ser planchado ni corbata a ser frita -, y, a pesar de todo, ni uno sólo de los segundos que permanecí fuera de España me sentí en “mi casa”. Fue cuando descubrí el sentimiento que encierra esa expresión.

En estos días he hecho una turné por el Mediterráneo. Me he sentido extranjero. España, “mi casa”, ya no existe.

Al regreso, en el portal, “mi” buzón estaba a reventar; nada de cuanto contenía era deseado o había sido solicitado por mí. Algunas de las misivas eran obligaciones de pagos inventados por el fisco para mantenimiento de las garrapatas adscritas a la Confabulación Mundial de Vivos que se nutre del rebaño consentidor y que, además de a sí misma, mantiene a chupones, lameculos y, lo totalmente inverosímil, a gentuza cuya existencia niega la posibilidad de Dios, desde malandros de tres al cuarto hasta violadores y asesinos que han consumado las más horribles atrocidades. Gente toda ésta a la que “castigan” permitiendo que sigan en su aberrante línea de actuación dejándoles en libertad subvencionada.

Me fui directo a la ducha. El relajamiento duró el trayecto del baño al sillón del salón. Conecté el televisor. La misantropía se me puso a millón al tiempo que sentía que ya ni la escasa superficie de mi piso, situado a pocos metros del lugar en el que nací, era “mi casa”.

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