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Etiquetas:   Crítica de cómic   -   Sección:   Libros

El sombrero del doctor Cataplasma

Herme Cerezo
Herme Cerezo
martes, 21 de julio de 2009, 04:11 h (CET)
Ediciones RBA, de la mano de Antoni Guiral, dentro de su colección Clásicos del Humor, ha publicado un monográfico dedicado a El doctor Cataplasma, singular criatura de la factoría Bruguera, creado por Martz Schmidt para el semanario Pulgarcito allá por el año 1953. Con relación a este autor, durante mucho tiempo viví sumido en el error, ya que pensé que Schmidt era extranjero. Me decía mi magín que concretamente alemán o, tal vez, incluso austríaco. Lo cierto es que nombre y apellido sonaban a teutón o tirolés. De eso no me cabe la menor duda. Por ello, el día que descubrí que tras aquel nombre se ocultaba un seudónimo y tras éste un dibujante español, concretamente de Cartagena, llamado Gustavo Martínez Gómez, quedé ligeramente traspuesto, pero no decepcionado. Este cartagenero fue el creador además del doctor Cataplasma de otros personajes de la escuela Bruguera: don Usurio, Sófocles, Prudencio y Don Danubio, El sheriff Chiquito, que es todo un gallito, Polvorilla, traviesa modistilla, y sobre todos, El profesor Tragacanto y su clase que es de espanto. Schmidt, además de para la editorial catalana, también dibujó varias series humorísticas para el extranjero, Holanda e Inglaterra especialmente.




Portada del cómic.


Centrándonos en el volumen que nos ocupa hoy, el del doctor Cataplasma, el personaje siempre anduvo por las páginas de Pulgarcito escoltado – a veces golpeado o chantajeado – por su inseparable fámula: la opulenta Panchita, criada de color de procedencia tribal, amplia en carnes y extraños saberes. También frecuentemente, asistía a consulta su paciente más querida por razones obvias: doña Millonetis, una alargada rubia, delgada, en ocasiones canosa, pelín acartonada, pelín guacamaya, auxiliada por un monóculo de vista corta que le distanciaba de los demás mortales, de fortuna interesante e indeterminada, cuyo máximo interés en la vida consistía en pasar el tiempo sin hacer nada o promoviendo curiosos avatares propios de su desahogada posición social.

Del doctor Cataplasma y sus historietas hay muchas cosas que llaman la atención. Veremos sólo algunas porque Antoni Guiral ha escrito una de sus mejores introducciones de toda la colección en este álbum, al menos para el gusto de quien esto suscribe, y a ella remito a todos los que quieran profundizar más.

En primer lugar, hay que dejar constancia de los decorados de las viñetas. El dibujante alemán, quiero decir, cartegenero, era un virguero en esto de los decorados y sus escenarios cuentan con la presencia de todo tipo de cachivaches, útiles e inútiles: chimeneas, lámparas de sobremesa, mullidos sillones, cuadros, ventanas acortinadas, libros, etcétera. Si lo compararámos con otro historietista, éste de la escuela TBO, Benejam, observaríamos la clara diferencia en la concepción de los fondos de viñeta entre uno y otro. Benejam, a pesar de que los señores de Higueruelo gozaban de un buen pasar, siempre dibujó paredes huérfanas, vacías, solitarias, con escasos aditamentos. Ni siquiera en los jardines del chalet de San Agapito encontramos nada más que una mesa, sillas, sombrilla y algún matojo viudo. Schmidt, es todo lo contrario, es profusión de detalles, de encuadre, de ornamentos.

Una segunda referencia propia de Cataplasma y que siempre llamó mi atención fue el tabaco. En muchas historietas, fundamentalmente las primeras, el galeno fumaba puros, sin quitarles la vitola, una circunstancia que no rimaba muy bien con su condición de doctor en medicina. Sin embargo, recuerdo, que la mayoría de los médicos que me visitaron en mi infancia, incluso armados con el estetoscopio, mantenían la colilla entre sus labios, mientras me auscultaban y yo observaba con angustia contenida como la ceniza estaba a punto de derramarse sobre sus blancas batas. Hubo un tiempo en que el tabaco no causaba enfermedades, por lo que se ve, y que, además, fumar habanos denotaba un cierto status social, la pertenencia a una clase más bien distinguida, como la formada por los médicos.

Y una tercera, que ocupa un lugar importante en la serie: el sombrero de Cataplasma. Cataplasma es bajito, mientras que su fámula es opulenta, como ya dije, y alta. Juntos, uno al lado del otro, ella presenta una estatura mucho mayor. Schmidt, quizá para paliar un posible complejo de inferioridad física del doctor, le dotó de un enorme cubrecabezas, parecido a los que se exhiben en la película ‘Gangs of New York’, una especie de sombrero de copa o de bruja muy prolongado y con remate plano. De este modo las anatomías de uno y otro se igualaban considerablemente. Este sombrero, además, tenía la peculiaridad de somatizar las preocupaciones de Cataplasma. En este sentido se comportaba como un termómetro psicológico del personaje, representando según el caso angustia, preocupación, asombro o lo que se terciase.

Por último, algo que Antoni Guiral apunta en el prólogo como "el origen africano de Panchita y de sus familiares aportó algunas dosis de lo que hoy se conoce como "incorrección política"". Y es que Schmidt, a través del doctor, refleja una serie de estereotipos existentes en la época, ¿en la época?, sobre los africanos. Así el canibalismo y algunas costumbres rituales (bailes, conjuros, máscaras, ungüentos mágicos) asoman de vez en vez por estas viñetas. Aunque no lo crean, conocí en algún tiempo a un doctor que, tras pasar una larga temporada en el continente negro, conservó después ciertos tics de su labor por aquellos lares. Pero sólo ciertos.

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‘El doctor Cataplasma’ de Martz Schmidt. Editorial RBA, 2009. Colección Clásicos del Humor. Tapa dura, color y bitono. 9’95 euros.

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