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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Me veo en todos los hombres

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 20 de julio de 2009, 08:54 h (CET)
Al igual que Walt Whitman “me veo en todos los hombres, y ninguno es más ni menos que yo”. Sin sentimientos seríamos como las piedras. Quizás el lector sienta este mismo estremecimiento u otras pasiones, que en el fondo dejan la misma huella, porque en realidad todos llevamos en la mochila una autobiografía vivencial. Siempre hay un sentimiento que compartir y una emoción que ofrecer. Póngase como argumento, la gratitud por ser lo que se es y la gratuidad para desarrollar lo que se es. La receta extendida en su tiempo por Unamuno de que “hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”, aún hoy es tan curativa como necesaria. Sería bueno prescribirla para la legión de insensibles, indiferentes y pasivos que en el mundo hay, a pesar de que el universo es un acordeón de sensaciones que nos engrandece el corazón.

A mí, por norma, me ensimisma, en los amaneceres del verano, cuando ríos de vida se visten de luz, abandonarme y tomar un respiro en cualquier paraje balsámico de frondosa poética, y dejar que los versos seduzcan el alma. Vivir es una sorpresa permanente. Podemos transitar por el espacio, volar hasta la luna y aterrizar en mundos lejanos, participar en las fuentes que nos dan aire e intervenir en las autopistas siderales; pero: ¿De qué manera y para qué? El desafío está siempre en las manos de hombre. La historia, nuestra propia historia, la de cada uno, está llena de conquistas pero también de fracasos. En el momento actual, a poco que visionemos este mundo globalizado, nos encontramos con un gran reto. Ver la manera de asegurar la supervivencia del hábitat y de sus moradores, lo que exige sin reserva alguna, salvaguardar la dignidad humana en todos los rincones del planeta. Se me ocurre que una armónica manera sería la de inyectar en todos los poderes mundanos, el engrase de la ética que espiga de la naturaleza misma del ser. Hay que repensar en el mundo muchas cosas, entre ellas la idea de quién somos y hacia dónde vamos. Ya está bien que las personas sigan, como ayer, en pública subasta.

Los científicos deberían clarificar el ambiente. Las grandes sabidurías han de ponerse manos a la vida y ofrecer un patrimonio moral capaz de cimentar diálogos. Asimismo, las religiones deben defender y avivar la pertenencia a una muchedumbre que nos ciñe y nos circunda, porque yo la circundo igualmente, bajo un honesto abecedario impregnado por la esencia purificadora del alma. En todos los seres humanos cohabita un acervo de valores morales comunes que nos hacen especie humana. Debemos ir más allá de la mera producción de normas de comportamiento, sobre todo de aquellas que no modelan la conciencia humana. Hay que caminar en favor de los más pobres y necesitados, ellos, como nosotros, también tienen derecho a vivir. Hemos podido subir a la luna, pero todavía no hemos bajado a la tierra, a los suburbios donde malviven personas que se mueren de hambre. A los más débiles, los inocentes, los indefensos, los enfermos, a menudo se les considera una carga pesada, permaneciendo indiferentes a sus gemidos. Hablamos de diversidad y de naturaleza, pero apenas de amor social y de humanidad socializada o socializable.

¿Qué soy, al fin? ¿Hacia dónde vamos? O mejor aún, ¿hacia dónde nos quieren llevar? Son las eternas preguntas que el hombre siempre se hizo. Ahora no tenemos tiempo ni para asimilarlas. El propio sistema productivo, con una desvergüenza total, nos impone su propio ritmo. Un compás que raya la esclavitud. Saciarnos de sosiego es casi un amor imposible. ¡Cuántas veces resulta difícil encontrar el clima sereno y la atmósfera distendida para gustar la intimidad, dialogar y compartir las exigencias y los proyectos de cada uno! Por eso, las vacaciones son muy oportunas, y no hace falta tener mucho dinero en cartera, para colmar estas lagunas, por decirlo así, de humanización. Hay que humanizar las estructuras sociales y humanizarnos nosotros también. Es preciso romper aislamientos entre los hombres, son más cosas las que nos unen que las que nos separan, huir de sectarismos que nos aborregan, y reactivar un modelo de sociedad caracterizado por la participación libre, pero también responsable de los ciudadanos, sin distinción alguna, en la empresa colectiva de hacer mundo, y un mundo habitable.

Para verme en todos los hombres, no podemos dejarnos llevar únicamente por el entusiasmo de los avances, máxime cuando ese progreso no alcanza a todos. No sería ético. Convendría preguntarse, ¿si todos los desarrollos hasta ahora logrados van de acuerdo con el progreso moral del ser humano? Hablamos de ¿progreso o amenaza para el hombre? En verdad, por consiguiente: ¿Se ama a la persona por ser persona? Es cierto que hoy estamos físicamente más interconectados unos y otros, pero esa interconexión para muchos ciudadanos es más de boquilla que de otra cosa. Cerca de 850 millones de personas viven en los países más pobres, que son primordialmente africanos y asiáticos, además del caribeño Haití, a la espera de que los brotes verdes, sobre todo los de la inversión, también lleguen a su entorno. Por cierto, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ya ha advertido que, como resultado de la crisis económica global, disminuirán las posibilidades de desarrollo de las naciones más pobres. Al final, lo de siempre, la factura gorda la pagan los más flacos.

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