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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Explicaciones de un antisistema

Mario López
Mario López
domingo, 19 de julio de 2009, 06:04 h (CET)
La razón de mi deserción hay que buscarla en la lapidación de mi fe en el sistema a manos de los fariseos que nos gobiernan o dicen representarnos. La clase dirigente vive opíparamente a costa del sacrificio de menestrales y menesterosos, confundiendo el Capital con el Estado, la libertad de mercado con la libertad de los hombres, la sociedad del bienestar con el bienestar de la sociedad, elevando la justicia de sus tribunales a la categoría de justicia divina.

Y lo hacen entregados a un festín sin fin de mentiras y medias verdades. Sí, me he vuelto decidida y definitivamente antisistema, porque a este chusco vodevil al que llaman democracia no se nos ha invitado al común de los humanos; ni cochina falta que nos hace, ciertamente. Sólo los anidados en el Capital y el Estado disfrutan de ese nirvana de opereta que sitúan en el fiel de la balanza de nuestra convivencia, sumidos en una incurable ensoñación que les hace creerse sus propias falsedades. Si luché contra el franquismo, como lo hubiera hecho, lo hago y lo haré contra cualquier otro sistema que se oponga a la emancipación del ser humano, no fue para consolidar un sistema que nos haga cada día más siervos, míseros, tristes e ignorantes. Antes que con la contumacia democrática de Rajoy, Zapatero, Obama o Cayo Lara, me quedo –mil veces- con la lucidez libertaria del gran pensador Agustín García Calvo: “El respeto de la privacía garantiza la vigencia de la tiranía (…) Que no haya más vida privada, que no haya un solo gesto ni trato, ni hacienda ni amor, que no sea (como lo es, aunque no quiera) público y político, y que la desgracia o gloria personal no sirva más que como muestra de lo común”.

Somos cada día más los que nos vamos acercando a los grupos antisistema, enterrando las urnas en el cementerio de la esperanza; a la que, por cierto, asesinaron otros muy distintos a nosotros. No es de extrañar, por tanto, que la izquierda se quede cada día más sola. Porque la izquierda democrática vive acampada en terreno de nadie y nadie es un ciudadano bastante equívoco e insignificante. Sólo se mantiene pletórica, en su claridad meridiana, una derecha que sigue defendiendo la infamia de siempre, en beneficio propio, y que ahora está encarnada en la democracia: la trinchera en la que han encontrado buen resguardo la libertad de mercado, el Estado corrupto y la sumisión ciudadana. Frente a esta democracia -no sé si perversa por naturaleza o por adopción- estamos los que hemos decidido recoger el testigo de las pasadas generaciones de descontentos que lucharon honestamente, sin trampa ni cartón, a cara descubierta, en defensa de la emancipación del ser humano. Sin fanatismos y con infinita paciencia. Sin consentirnos una sola acción violenta, seguiremos luchando. Lo dejó escrito Rabindranath Tagore: "Cúal si fueran anhelos de la tierra, los árboles se ponen de puntillas para asomarse al cielo".

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