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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Por la desigualdad entre los españoles

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 16 de julio de 2009, 02:50 h (CET)
Sólo por comparación entre periodos los padres perciben el crecimiento de sus hijos; suelen ser los visitantes esporádicos los que dan aviso de la metamorfosis del nene en adulto, o los reclamos del menor cuando advierte de su necesidad de nueva ropa o calzado porque la que tiene se le ha quedado pequeña. Los cambios menudos pasan desapercibidos para quien los vive día a día, porque la memoria inmediata suplanta o ningunea a la remota. Poco importa que los papás consideren que su niño siempre será su niño y no acepten que el chiquilín se hace mayor, porque la naturaleza impone siempre su dictadura genética.

La naturaleza genética de las autonomías es convertir a la región en Estado, y la de los partidos nacionalistas la independencia. Así de dura es la esencia de esta barbarie desestabilizadora, sin considerandos de lo que quiera que sea que diga la Constitución o las mentirosas palabras de los políticos: el germen de la segregación está íntimamente inserto en el código autonómico. La autonomía, pasito a paso, al modo e imagen de un nene humano, crece día a día y va consiguiendo sus propios logros, todos ellos en apariencia inocentes o inofensivos, hasta que un día, ya convertido en un tan arrogante como osado jovenzuelo, desafía la autoridad paterna. Llegado ese caso, sólo queda la aceptación de su propia naturaleza independiente o la confrontación familiar.

No por dones clarividentes sino por lógica aplicada, muchos advertimos que las autonomías conducían inexorablemente a un enfrentamiento entre regiones, en el mejor de los escenarios posibles, o a una disgregación del Estado español y lo que acarrea, en el peor de ellos. La perfidia partidista de nuestra chata clase política no es ajena al suceso, y empujará todavía a males no mayores, sino trágicos. Día a día, los nenes han ido creciendo: un día, se inventaron una Historia propia, y ajena a la de los demás españoles; otra, inculcaron a sus ciudadanos escolares la ignorancia sobre los demás ciudadanos del Estado conjunto; otro más, impusieron su lengua como vehicular, propiciando que los demás españoles fueran extranjeros en esa región; el siguiente, consiguieron la aparentemente inocua denominación de Estado; a continuación, fueron por el mundo abriendo sus propias embajadas; luego, merced al lenguaje políticamente correcto, consiguieron que los impuestos de los ciudadanos locales se quedaran en su propia autonomía, desatendiendo el principio de solidaridad con que nacieron en la Carta Magna; y por fin..., ya se pueden imaginar qué será lo que llegue.

Lo realmente patético de este caso, es que no han sido los independentistas quienes van a conseguir la independencia para sus Estados a bombazos o con actos de rebeldía, sino los políticos que supuestamente servían al Estado español quienes se encargarán de descuartizar España. A quienes viajamos con frecuencia nos cuesta mucho explicar la paradoja española y aun sofocar las risas, porque somos el único país del mundo que sus regiones tienen embajadas propias que ignoran y desprecian a la nacional —ni Gran Bretaña— y el único en el que su idioma está implantado en medio planeta y tiene un nombre, y dentro de sus fronteras está limitado y tiene otro. Ser español está pasando de ser un honor a un ridículo espantoso.

Decía Thomas Jefferson que cuando el Gobierno teme a los ciudadanos el país funciona y que cuando los ciudadanos temen al Gobierno el país está grave, y desde luego más grave no puede ser la situación. El fervor de nuestra clase política por la propia pervivencia de su partido, y aun por el protagonismo de tanto freaky con delirios de grandeza, propician la mayor desigualdad entre los españoles y, más que probablemente, el desmembramiento de España.

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