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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El enigma de Sonia Sotomayor

Kathleen Parker
Kathleen Parker
jueves, 16 de julio de 2009, 02:47 h (CET)
Indudablemente miles de oídos femeninos más se activaron cuando el Senador Charles Schumer, presentando en la vista de confirmación del lunes a Sonia Sotomayor, mencionaba el afecto infantil de la jurista latina por los libros de Nancy Drew.

La inteligente y valiente niña-detective fue un modelo para muchas mujeres que se reconocían en Nancy -- incluyendo a Hillary Clinton, Oprah, Sandra Day O'Connor o Laura Bush, por dar algunos nombres.

Sume a la que suscribe a la lista.

Mi padre me introdujo en la literatura de Nancy Drew cuando estaba en quinto. Él y yo nos sentamos juntos en el sofá del salón para leer juntos el primer libro, leyendo en voz alta por turnos. Así empezó mi larga historia de amor con la lectura, estimulada por el hecho de que ver la televisión no estaba permitido los días laborables y que la lectura era la única excepción del trabajo duro, alias "la rutina."

Hacia el final del curso, había terminado de leer la colección entera, una victoria del arte sobre el temperamento. Con frecuencia me ponía tan nerviosa con los giros argumentales que no podía parar quieta y daba vueltas por las habitaciones hasta que me tranquilizaba lo suficiente para centrarme en otro párrafo.

Nancy Drew era la compañera perfecta para mí. Tanto ella como yo fuimos educadas por nuestros padres-tutores. Nuestras respectivas madres habían fallecido cuando teníamos tres años. Los títulos favoritos se corresponden con mi propia experiencia (¿las primeras manifestaciones de empatía?) y vida cotidiana, nombres como "El misterio de la mansión oculta en la vegetación," "La escalera oculta," "El viejo ático secreto."

No vivíamos en una mansión, pero nuestra casa era antigua y siniestra -- una propiedad de estilo colonial español situada entre montículos rebosantes de vegetación, con un tejado de teja y una curiosa cúpula rematando el salón, un amplio porche frontal con una barandilla de piedras, y una escalera secreta adyacente a mi habitación que llevaba a un cavernoso sótano en el que moraba un espíritu malvado. O eso pensaba yo.

Qué inteligentes eran los escritores de estos libros, que entendían los anhelos secretos de las niñas pequeñas en el aprecio del misterio y las cosas ocultas. Las demás palabras repartidas por los títulos eran terreno fértil para la imaginación -- fantasmas, espíritus, brujas, lugares embrujados, misterio, encanto. Tampoco perjudicaba que Nancy Drew tuviera un elegante deportivo y supiera vestirse en un decir "hola."

Nancy sabía hacer de todo, y una generación de chicas que vivían indirectamente a través de sus heroicas aventuras dio por sentado que ellas también sabían. Pero Nancy no era tan inspiración como reflejo de la imagen emergente de las propias chicas y los tiempos que corrían. Así, chicas tan diferentes como Oprah, Sotomayor y una cierta repelente del Sur aprendieron a hacer de detectives adolescentes absurdamente dotadas.

La importancia de esta identificación con un miembro equilibrado de su propio sexo es incalculable. Lo mismo se aplica también a los chicos, pero eso es asunto de una columna diferente. En realidad, escribí un libro -- "Salvar a los hombres."

Pero cuando Sotomayor y yo éramos niñas, no había tantos libros orientados a chicas y menos modelos profesionales femeninos. En mi visita semanal a la biblioteca pública, sacaba tantas biografías de mujeres como podía, buscando alguien con quien poder identificarme.

Estos recuerdos se cuentan con la simple finalidad de ilustrar que todos somos producto de nuestras experiencias vitales. La empatía que siento por los huérfanos es ilimitada. Mi visión del mundo habiendo crecido en una casa de minorías en la que todo eran hombres, sintiéndome ajena a las familias que me rodeaban, es diferente a la de aquellos que crecieron teniendo madre y padre.

Y aunque nunca pedí ni quise un trato especial, mi percepción del mundo mientras navegaba por el entorno de las viejas salas de prensa de América llenas de testosterona siendo una de las contadas mujeres que había no es la misma que la de mis homólogos varones.

Si fuera jueza, aportaría al estrado todas esas experiencias y la sabiduría adquirida a través de ellas. No creo que eso me convirtiera en una jurista menos justa o menos objetiva que los hombres que tendría a ambos lados. Estoy segura, no obstante, que mi bagaje intelectual no existe de manera independiente a las emociones que ayudaron a darme forma.

Como una latina salida de una vivienda de protección oficial del Bronx criada por una madre soltera, Sotomayor sabe cosas que los demás magistrados del Tribunal Supremo no es posible que sepan. Ella puede ser la elección errónea por otros motivos, pero no porque reconozca abiertamente que la ley, adecuadamente aplicada, exige a la vez cerebro y corazón.

De lo contrario, cualquier robot valdría.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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