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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Un "precedente" digno de recordarse

Ruth Marcus
Ruth Marcus
jueves, 16 de julio de 2009, 02:46 h (CET)
La pregunta más difícil de la vista de confirmación de Sonia Sotomayor es la que la candidata no puede responder.

No porque desconozca la ley ni porque no pueda ofrecer una explicación satisfactoria de una oración de un discurso. Más bien se debe a que esta cuestión realmente no la implica, aunque tiene todo que ver con la cifra de votos que va a recibir.

La cuestión se refiere al grado de deferencia que los senadores deben mostrar hacia la elección para el Supremo de un presidente. Más concretamente, ¿por qué los senadores Republicanos que evalúan a la candidata del Presidente Obama deben darle más cancha para elegir jueces de su elección que la que el entonces Senador Obama estuvo dispuesto a dar al Presidente Bush cuando votó en contra de los dos candidatos de Bush?

Mientras se desarrollan las vistas, un senador Republicano tras otro plantean esta cuestión. Un Demócrata tras otro la ignoran.

El Republicano de Carolina del Sur Lindsey Graham era quien mejor lo expresaba: "Probablemente usted vaya a decidir los casos de forma distinta a como lo haría yo," decía a Sotomayor. "De manera que eso me conduce a la pregunta, ¿qué se supone que tengo que hacer sabiendo eso?"

La Constitución pone la elección de jueces en manos del presidente "en virtud de y con el consejo y el consentimiento del Senado." De manera que hay espacio constitucional, y en la práctica un deber constitucional, para que el Senado considere no solamente las cualificaciones técnicas sino la filosofía judicial y el equilibrio general en el alto tribunal. El hecho de que los senadores estén evaluando un nombramiento vitalicio en lugar de un puesto en la administración subraya la intensidad con la que el Senado debería escrutar y juzgar a un candidato.

En resumen, consejo y consentimiento no equivale a dejarse avasallar y cumplir la voluntad del jefe.

Al mismo tiempo, en palabras de Graham, "las elecciones importan." Si la prueba para la confirmación fuera simplemente si cada senador hubiera elegido al mismo candidato si él o ella fuera presidente, la respuesta sería una votación partidista respetando la disciplina de partido. Esto sería simplemente un trámite en el caso de un Senado controlado por el mismo partido al que pertenece el presidente. En situaciones de gobierno compartido sería la receta de un callejón sin salida.

Sume a este marasmo constitucional el hecho de que el actual presidente -- el primer senador en llegar a ese cargo en casi medio siglo -- está en la inusual postura de haber votado en contra de la confirmación de dos candidatos al Tribunal Supremo.

Las fórmulas tajantes de la Constitución proporcionan una escasa orientación en torno al grado de deferencia que debería mostrarse hacia los candidatos presidenciales, pero los senadores que consideran la elección del Presidente Obama cuentan con el ejemplo del Senador Obama para guiarse.

En el año 2005, Obama dijo sentirse "muy tentado" de votar a favor de la confirmación del magistrado John Roberts como presidente del tribunal, diciendo que "no tengo absolutamente ninguna duda" de que Roberts estaba intelectual y temperamentalmente cualificado para el puesto.

Pero, añadía Obama, "lo que importa en el Tribunal Supremo es ese 5 por ciento de casos que son verdaderamente difíciles. En esos casos, el respeto a los precedentes y las normas de construcción e interpretación no llegan muy lejos. El veredicto sólo puede resolverse basándose en los valores más profundos de uno, las preocupaciones más importantes de cada uno, las perspectivas generales de cada uno de cómo funciona el mundo, y la profundidad y el alcance de la empatía de cada uno."

No hay que ser un cínico para pensar que la política también pesa; en la práctica basta con leer The Washington Post, que informaba de que el jefe del gabinete de Obama en el Senado, Pete Rouse, le advirtió de que votar a favor de Roberts echaría por la borda sus ambiciones presidenciales.

Y es posible examinar la actuación de Roberts en el tribunal y decir que los peores temores de Obama se hicieron realidad: Roberts no es ningún árbitro modesto.

Pero también es cierto que los comentarios de Obama a Rouse que salieron a la luz -- que si fuera presidente, no querría que sus candidatos fueran rechazados por motivos puramente ideológicos -- resultaron ser proféticos.

Como decía Graham a Sotomayor, "Puedo asegurarle que si aplicara los estándares del Senador Obama a su nominación, no votaría a su favor, porque el estándar que formuló imposibilitaría que cualquiera con mi opinión de la ley y la sociedad votase a favor de alguien con su activismo y sus precedentes en lo que respecta a la administración de la ley y la justicia."

Las refriegas de confirmación judicial son como el conflicto de Oriente Medio, con un ciclo interminable de ataques y recriminaciones por agravios pasados. Sotomayor tendría que ser confirmada por un voto mayoritario, y quizá sus colegas sigan el consejo de Graham de que "las elecciones importan."

A juzgar por el tono hasta el momento, el resultado más probable es una votación por disciplina de partido. En ese caso, el Presidente no será el único que tendrá la culpa -- pero tendrá que considerarse culpable en parte.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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