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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

El temible poder de un incompetente

Paco Milla
Paco Milla
jueves, 16 de julio de 2009, 02:42 h (CET)
La diosa “Inspiración”, así llamada por expreso deseo de su madre, que gustaba de nombres con fuerte terminación (aunque todos la llamaban “Inspi”), había dejado de visitar a Juaco Tuerceesquinas. Aun así, se sentó frente al ordenador y dejó que sus dedos acariciaran el letrado piano, con el que algunos hacían verdadera música. Y escribió:

“Cuando transcurre julio sin noticias relevantes, o con noticias relevantes que nos “abren las carnes” y en las que no queremos entrar, porque ya no tenemos edad para pisar todos y cada uno de los charcos que se nos presentan, solemos, los aficionados a rellenar folios en blanco, -maldito vicio- echar mano de papeles, apuntes, notas o servilletas de algún bar visitado, en las que una frase anotada cualquier día de asueto, se supone que nos ha de reencender la bombilla, para desarrollarla en cien líneas.

Si les digo que el tema que trato ahora, lo tenía apuntado en la agenda del segundo móvil que tuve y que hoy no es mas que un simple fósil, con el que mi pequeño llama a destinatarios imaginarios, quizás no lo crean, pero ¿qué mas da?.

Los años ochenta estaban a punto de expirar y numerosos deportistas acudían a mis entrenamientos. Algunos de ellos eran netamente validos, otros... menos.

¿Qué le vamos a hacer? La naturaleza siempre fue cruel.

Entre los del primer grupo, se encontraban varios jóvenes dispuestos a pagar un alto precio por el objetivo marcado. Sabían que era caro, pero la actitud era la correcta. Estaban dispuestos a pagar. No les asustaba ni el esfuerzo, ni sacrificarse

para llegar extenuados a meta. Eran otros tiempos, oigan. Casi se me saltan las lagrimas de ver cómo ha cambiado todo, si echamos la vista 20 años atrás.

Si “cualquier tiempo pasado” fue mejor o no, prefiero que lo decida usted que tiene el merito de seguir leyendo a estas alturas del texto.

Uno de aquellos crios, -a punto de mili o recién venidos de ella-, se esforzaba en liderar. Por aquí se suele decir, “quería ser el gallo del corral”. Le apodaban “Uke” y era uno de tantos, pero eso si, de ideas fijas y objetivos claros.

Completó su carrera de Sicología, pero hacían falta muchos duros para montar una consulta, así que...

Se presentó voluntario al cuerpo de protección civil, forestal y extinción de incendios. Su idea era cumplir los meses previstos y esto le daría puntos para opositar de forma definitiva a bombero profesional.

Cierto día se encontraban Uke (aspirante a) y su amigo de infancia Ernesto (jefe de bomberos) tomando unos chupitos en el pueblo. Libraban ambos por haber trabajado toda la noche anterior en el bosque. Fue uno de esos incendios que “casualmente” se inician porque hay vidrios sueltos por el monte y claro... al reflejar el sol sobre ellos, hacen efecto lupa y el fuego es imposible de evitar. Jua, jua, jua. –perdonen estas carcajadas, es que hay cosas que me hacen una gracia, que no puedo controlar-. (No, no, yo no estoy hablando de incendios intencionados, eso lo está pensando usted).

Apoyados en la barra del bar, estaban rememorando “el infierno del túnel de Miraflores” cuando yo llegué y me uní a la conversación (como oyente).

Relataban como encontraron-rescataron a las victimas del choque de dos trenes de Feve en un estrecho túnel, en el que las camillas con pedazos de cartón ahumado (minutos antes seres humanos) eran sacadas caminando sobre los retorcidos hierros de los techos de los vagones, debido a la estrechez del agujero que atravesaba la montaña.

Todo ello, bajo un haz de paupérrima luz, proveniente del casco, ya que la obscuridad era absoluta y el oxigeno a respirar inexistente, debido a que cualquier incendio recién apagado, suele producir humo.

Para no entrar en detalles que nos recuerden otras fechas y otras estaciones – de trenes-, solo diré, que para rematar la conversación, Uke exclamo: “Jamás olvidaré ese día” y ya les aviso, que este chico no era de los se hacían “caquita por la patita” ante cualquier insignificancia.

Rematando la conversación que cito y a punto de despedirnos, suena el “walkye” de ambos, avisando de un incendio. Salen corriendo del local y ¡oh sorpresa! ...las llamas se encuentran justo al lado, en la casa que linda con el bar.

La gente que había hecho corro alrededor del espectáculo, comienza a susurrar el rumor que poco a poco se va convirtiendo en voces: ¡la abuela Vicenta está en la casa... es invalida y vive ahí!.

Llegan los camiones, se despliegan las escaleras, se hinchan las mangueras, se empapa el exterior, pero en un momento dado, el jefe de bomberos decide que la casa está en ruinas y que nadie debe intentar rescate alguno.

-“Si la anciana esta en el interior, seguramente habrá fallecido por asfixia”.-dijo el incompetente-.

Todos los bomberos de servicio se miran extrañados e intentan rebelarse contra esa orden. Ante el intento de varios de continuar, una frase dictatorial les golpea la cara como un látigo.

-“El que ponga un pie en esa casa, se queda sin trabajo”.

La escucharon todos , menos Uke, que cuando los bomberos apretaban los puños y dientes para intentar controlar su rabia, apareció por el único balcón de la casa, con la anciana invalida cargada en su espalda, rogando la ayuda de sus compañeros, que convertidos en estatuas de sal, dejaron de ser hombres para siempre, volviendo la cara a héroe y victima, rescatada del mismo infierno.

Solo recibió la ayuda de los espectadores, que atónitos ante la huelga de brazos caídos de los profesionales, decidieron rematar la faena.

Aquellos 4 “humanos” –ya no hombres- se miraban entre ellos. Alguno lloraba. La amenaza de perder el trabajo les había petrificado. Otros se encerraron en el camión, cuando los insultos comenzaron a arreciar.

Ninguno de ellos fue despedido. Solo el teléfono de un voluntario sin contrato ni nomina, dejó de sonar.

El pueblo, nunca olvidó que la incompetencia de un incompetente corroído por la envidia, era la culpable de que un treintañero, paseara cabizbajo cada uno de los días por la pequeña plaza. Sin afeitar, desaliñado, desmotivado y profundamente deprimido. Pero, merecer la pena de los vecinos, ni da de comer, ni es buena cosa.

El incompetente y su equipo, siguen cobrando su sueldo. Unos euros que pagan aquellas gentes, gente como la abuela Vicenta que mira con tristeza a Uke en las tardes de invierno, desde su balcón. Se cruzan sus miradas cómplices y se sonríen unos segundos. Ella sabe que le debe la vida, lo que no sabe es como pagarle.

Malditos incompetentes que ocupáis puestos jamás merecidos. Malditos seáis por siempre.

Juaco, dejó de “tocar el piano”, apagó el ordenador esperando a escuchar las breves notas musicales que acompañan la muerte diaria del maquiavélico Windows. Esto es música. Vangelis si que sabe, él puede morir tranquilo, porque dejó semilla que germinará. A mi solo me salen vómitos –pensó-.

-Texto dedicado a un chaval, cuyo único error que cometió fue salvar una vida. Aun recuerdo sus palabras:

“¿Por qué entrenador, porque me pasa esto a mi. ¿Estoy maldito? ¿Gafado?¿Cuándo me saldrá algo bien en la vida?

En aquel momento pensé que las palabras de animo y de recomenzar la lucha en otro campo, serían lo mas acertado y así lo hice.

Pero hace una semana murió su padre, enorme apoyo para él y hoy creo que debo decirle.... lo que en su momento no le dije:

- Esto te ocurrió porque por lo general, ALGUNOS de aquellos que llegaron a directores, presidentes, simples jefes personal o gentes varias que tocaron poder de alguna manera en puestos intermedios, prefieren rodearse de INEPTOS, para que NADIE de su propio equipo les haga sombra. Esa es la supremacía del gorila “pocas luces” al que te encontraras innumerables veces en tu vida.

No se si esta “costumbre” asumida aquí, ocurre también en otros países, pero no me negarán que en España es tan “típical” como el sol, las sevillanas o los pañitos de ganchillo sobre la tele.

¡Redios, cuanta gente valida en la cuneta y cuanto soplapollas presumiendo de cochazo y status. ¿Hasta cuando? Ah... me temo lo peor.

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