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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Noches de velas y de dolor en Valladolid

Julio Ortega Fraile
Redacción
miércoles, 15 de julio de 2009, 05:43 h (CET)
Dicen que los criminales prefieren la oscuridad para actuar porque les resulta más fácil pasar desapercibidos. Hay algunos que sin tener legalmente dicha consideración no merecen otro calificativo si atendemos a las consecuencias de su comportamiento y a veces, también estos escogen la noche - aunque no exclusivamente - para dar rienda suelta a su bajeza; lo hacen como ampliación de horario para llevar a cabo algo que en cualquier código penal realmente comprometido con la justicia estaría contemplado como un delito, sin embargo en España, para aflicción de un ochenta por ciento de sus ciudadanos, todavía se mantiene como una seña de identidad: la tauromaquia.

Tenemos un ejemplo de lo anterior durante este mes de Julio en Valladolid. El Ayuntamiento de esa Ciudad, con el apoyo de Caja Duero (es asombrosa la capacidad de las entidades bancarias para de un modo u otro, “sangrar” a los seres vivos sin distinción de especie) y a través de la organización proporcionada por la Empresa Taurodelta, encargada de gestionar la Plaza convirtiéndola en un escenario donde el ser humano muestre lo peor de si mismo, está celebrando unas novilladas nocturnas con intención “pedagógica”, ya que la finalidad es que novilleros jóvenes que han recibido instrucción sobre cómo martirizar y matar a un animal, puedan disfrutar del adiestramiento necesario para perfeccionar el arte de la tortura en el que se han iniciado y que pretenden convertir en su profesión.

Tres escuelas taurinas – sí, centros educativos que en vez de libros utilizan el acero y en los que la hoja de examen es un animal al que hay que atravesar – envían a sus mejores muchachos con la esperanza de que alguno de ellos se proclame vencedor de esta competición en la que el podio al que se suban los ganadores, serán los cuerpos ensangrentados, reventados por dentro y por supuesto, sin vida, de los desdichados erales que hayan servido para que hagan sus prácticas estos matachines aspirantes a matadores.

Badajoz, Valencia y Valladolid pugnan por alzarse con el triunfo pero, lo que los despiadados individuos que hay detrás de esta carnicería infame consideran un honor, no es más que la constatación de su vileza y la consecuencia de una permisividad abominable con semejante actividad. Políticos, banqueros y empresarios de la mano poniendo sus diferentes parcelas de poder al servicio de los más mezquinos instintos y presentándolo como un acto lúdico, cultural y educativo. No hay palabras, o al menos yo soy incapaz de encontrarlas, para expresar el asco y el espanto que su conducta me produce, así como el asombro cargado de amargura al saber que a día de hoy, tenemos que seguir denunciando lo que ya Cicerón consideraba inadmisible hace más de dos mil años. Hay hombres que atendiendo a sus apetencias y placeres siguen anclados en el Paleolítico, y lo peor es que unos cuantos de ellos y en razón de su cargo, son los que deciden nuestro presente y por lo tanto, nos determinan el futuro; por ejemplo, consintiendo que los términos “escuela” y “tauromaquia” vayan ligados, cuando el primero es sinónimo de enseñanza y el segundo, de salvajismo y depravación. Que la tortura constituya una disciplina académica es señal de podredumbre en el Sistema.

Pero frente a la participación en esa abyección de unos cuantos y a la impasibilidad de otros muchos, en Valladolid existe un Grupo volcado en la lucha contra el trato infame que reciben los animales, cuya creación es muy reciente y que con la valentía, la dignidad, la sensibilidad y la cordura de la que carecen los valedores y asistentes a esta escabechina de torillos, han decidido dedicar esas mismas noches que otros emplean en martirizar a seres vivos, a manifestarse frente a la Plaza pidiendo el fin de una celebración que pasa por el sufrimiento y por la agonía de unas criaturas que ningún daño han hecho. El nombre de este Colectivo es DAC (Defensa Animal Castellana) y al frente está un hombre cuya vida se ha convertido en una lucha sin descanso contra cualquier tipo de maltrato a los animales. Sin apenas medios pero con la fuerza que le otorga el convencimiento de lo justo de esta causa, él, como sus compañeros, es tan capaz de llorar contemplando los estertores de un toro, como de gritar a la cara de sus asesinos lo infame de su conducta. Para estas noches de sangre y muerte han escogido un lema: “Velas contra el dolor” y así, “armados” con el fuego y con la esperanza de que la luz de la razón ilumine allí donde ahora sólo hay sombras de ignorancia lesiva, recorren las calles hasta llegar al escenario del crimen, depositando a sus puertas los cirios en el suelo en señal de duelo por unas muertes provocadas y por lo tanto, evitables. Muertes que el hombre desencadena, consiente y financia.

Este acto, como otros tantos que se suceden cada vez como mayor frecuencia para expresar la repugnancia general que estas prácticas despiertan, está molestando y poniendo muy nerviosos a los que conforman el lúgubre entramado de la tauromaquia. Me contaba el responsable de DAC como hace pocos días, durante una concentración en León realizada la misma tarde en la que toreaba el Matarife de Galapagar, vieron como éste nada más entrar en su vehículo tras quitarle la vida a varios toros, les dedicaba desde el interior un gesto de desprecio. Parece que a José Tomás le traicionó su verdadero yo, no ese casi místico que trata de vendernos, sino el que le lleva a sentir placer ante el sufrimiento de un animal y a ser él el autor del mismo a cambio de grandes sumas de dinero. A este torero que quiere pasar por artista le desagrada y mucho que haya gente no se deje engañar por la campaña de imagen que le arropa de plaza en plaza y de tortura en tortura. Nos lo pueden vestir de luces, de asceta o colgarle la Medalla de Oro al Honor en las Bellas Artes, que bajo esa exquisita apariencia mercantil sigue habiendo lo mismo: un individuo que hunde el acero en el cuerpo de un toro hasta matarlo sin sentir compasión, remordimientos ni dolor por causar tal padecimiento.

Y posiblemente, el dueño de ese dedo extendido al otro lado de la ventanilla de su coche, encarne aquello en lo que desean convertirse esos novilleros que ahora comienzan su pérfida andadura, porque para ellos representa el éxito; y es que su figura suscita el éxtasis colectivo en los aficionados y él sabe cómo alimentar ese efecto alucinógeno entre aquellos a los que su presencia fascina: lo hace cuidándose de mantener inmutable su estampa habitual embadurnado en sangre - la del toro por supuesto - de tal modo consigue que el nada “respetable” y nada “respetuoso” - al menos con la vida ajena - se enfervorice y le eleve a una categoría cuasi divina. Sí, un dios sádico y ejecutor, como en tantas culturas han sido adorados por el pueblo. Pero es que estamos en el Siglo XXI, lo que convierte a este hecho en difícil de asumir e imposible de aceptar. Mantener a día de hoy esos restos de costumbres sanguinarias y bárbaras, debería ser motivo suficiente para que los responsables políticos sintieran una vergüenza infinita... si tuvieran conciencia.

Valladolid durante este mes y gracias a la colaboración de entidades públicas y privadas, está convirtiendo algunas de sus noches en noches de vergüenza y de dolor. Pero en esa Ciudad hay personas admirables dispuestas a plantar cara ante tanta inmundicia moral, ante semejantes exaltaciones del sufrimiento, seres humanos comprometidos con un activismo eficiente e infatigable, pues es la propia ruindad de los maltratadores el más efectivo acicate para seguir adelante con esta lucha. No habrá poder político, económico o empresarial que pueda acallar las voces de personas tan admirables como Mercedes Cano Herrera o Fernando Ercilla Alonso, avergonzados y profundamente dolidos al contemplar como en su Ciudad, la sangre de inocentes se convierte en motivo de placer y de negocio. Ellos, junto a otros muchos, son aquellos a los que tienen y tendrán enfrente los sádicos, hoy con velas, mañana empleando cualquier medio necesario, pero siempre poseedores de la razón, de la sensibilidad y sobre todo, de una fuerza que sólo nace de la solidaridad y ante ese sentimiento, a la maldad el único recurso que le queda es la Ley que le protege... de momento.

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