Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El regreso de Dios

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 15 de julio de 2009, 04:45 h (CET)
Quien sabe algo de Historia está al corriente de que el mundo nunca estuvo bien, y que es a través del sufrimiento como ha progresado no sólo la vida, sino también las sociedades. Más allá de que la vida y la evolución misma sean frutos de unas condiciones extremas, es la guerra la que ha propiciado los avances tecnológicos, poco importa si se trata de un inocuo pegamento, la sofisticación de Internet o los viajes espaciales.

El hombre social, a medida que mejoraban sus condiciones de vida y se ocultaba con luces artificiales de las luminarias celestes que le referían su pequeñez, se sintió enorme y fue desertando de los credos, hasta que un día un tal Nietzsche lanzó su órdago: “Dios ha muerto”, dijo. Los sesenta son el momento clave, el punto de no retorno de una sociedad que perdió el rumbo. El Movimiento Hippy fue, a la vez, lo más bello y lo más monstruoso, el canto de cisne de la puridad y el arranque del derrumbe ideológico. Para entender los tiempos que vivimos es necesario comprender los sesenta, porque es en esta década cuando el hombre dejó definitivamente de mirar al cielo para otra cosa que para ver caminar al hombre por la Luna.

Desde entonces todo ha ido cuesta abajo. Dos mil años de Historia y algunos miles de protohistoria dejaron paso a un vacío moral e ideológico que abandonaron al hombre a su suerte. El Mayo Francés, la Primavera de Praga y la Guerra del Vietnam cedieron su paso a la caída del muro de Berlín, la desaparición de la URSS y el derrumbe de las dictaduras latinoamericanas. Sin metas, sin utopías, el hombre miró al cielo y se tuvo que contentar con el ojo que todo lo ve del Hubble. Dios, estaba demasiado lejos para enfocarle, y el hombre, borracho aún de credos, trastabilló con su melopea entre los charcos sucios de las desiertas calles que reflejaban la luz mortecina de las farolas, sabiéndose ya, por fin, sólo ante sí mismo. No había una casa a la que regresar, un Dios que escuchara la desesperación de los rezos, un partido que anhelara implantar la Justicia en la Tierra o una mínima esperanza que hiciera de su naturaleza otra cosa que carne sola y salada. La resaca no ha pasado. Se han perpetrado desde entonces las mayores ignominias sin merecer siquiera otra cosa que notas marginales en los diarios, se han producido muchos más millones de muertos en paz y libertad que en todas las guerras juntas. Se han invadido países, se ha llevado la desolación a las cuatro esquinas de la Tierra, se ha mercantilizado la vida, se ha hurgado con los dedos en las llagas de la Creación, se ha legislado la muerte, se ha protegido a los asesinos, se ha trapicheado con el sufrimiento y se ha especulado con la esperanza, al mismo tiempo que se ha marginado lo sublime y se ha ensalzado lo abyecto.

Ya que no podíamos ser, teníamos que conformarnos con tener, e hicimos lo necesario para acumular lo superfluo. A falta de Dios, bueno era el ego. La libertad conquistada, sin embargo, estaba desolada, vacía, retumbaban sus salas con un sordo eco que replicaba nuestras pisadas. No se puede confiar en nadie, no hay un horizonte seguro al que dirigirse ni hay un compañero en el que confiar ciegamente, porque todo está en venta. A falta de frenos morales o de un Dios duro o bonachón que compensara los desajustes de la existencia, apartamos las fes para que no nos estorbaran a la hora de revestirnos por fuera de lo que nos desnudábamos por dentro. Pero la fatiga, a veces, hace que el viajero se detenga en una roca del camino, tome asiento para recuperar el aliento, prenda un cigarrillo y eche sus ojos a la senda que ha hollado. Allá, a lo lejos, puede entonces contemplar el tiempo de fes que valieron tantas vidas y el espacio en el que tener contaba mucho menos que ser. Sólo con sus propios pensamientos, el hombre comprende ahora que está solo consigo mismo, y, lo que es más trágico, no se gusta, no desea esta vida sin más propósito que un animalesco tener que no se satisface sino ensalzando los sentidos para acallar la conciencia. La conciencia era la parte del bagaje que aún no pudo ser desnaturalizada, y todavía sirve para saber que lo hecho no vale, sin una fe sólida, de nada.

Algunos aún miramos al cielo en las noches, pero nos tenemos que ir cada vez más lejos de las ciudades para poder contemplarlo en su pletórica grandiosidad y sentirnos mínimos, vulnerables, criaturas que forman parte de un todo tan eufónico como inmenso. Entonces, cuando nos sabemos conmovidos por lo excelso, miramos alrededor para verificar que nadie puede escucharnos y, casi con una lágrima de misericordia por nosotros mismos, rezamos entre dientes: “Existe, Dios, y di: Aquí están mis huevos.”

Noticias relacionadas

La prueba de las banderas, ya innecesaria

J. LLano, Madrid

Nosotros estamos en lo cierto y ellos equivocados

G. Seisdedos, Valladolid

El nacionalcatolicismo, la póliza especializada

A. Alonso, Madrid

Democracia es mucho más que poner urnas

M. Palacios, Lleida

La tribu como autodefensa

V. Rodríguez, Zaragona
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris