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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

¿Don Carlos se coló, columpió, extralimitó, pasó?

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 15 de julio de 2009, 04:44 h (CET)
Acabo de (re)leer las cuatro últimas tribunas dominicales de doña Milagros Pérez Oliva, defensora del lector del diario EL PAÍS.

La que lleva por título “La eutanasia filmada que nunca existió”, publicada el 21 de junio de 2009, termina con el siguiente párrafo: “El caso pone de manifiesto que una sola fuente no es suficiente, y menos tratándose de un tema tan delicado. (...) en periodismo, el relato, para ser veraz, tiene que corresponderse exactamente con la realidad (...). O es o no es”.

La titulada “Metáforas que hieren, ladrillos que duelen”, que fue publicada el 28 de junio, arranca de esta guisa: “(...). Nombrar significa definir, ubicar, catalogar. Un periódico no sólo es una propuesta de jerarquía de la realidad, sino un modo de definirla, y lo hace con el lenguaje como principal herramienta. Pero el lenguaje no es neutro ni permanece estático. Refleja una manera de pensar y evoluciona con el tiempo, como el propio pensamiento”. Y fina de esta otra: “La arquitectura del periodismo se levanta sobre el lenguaje y el lenguaje es pensamiento. Construimos con ideas. Y con la elección de las palabras, no sólo hablamos de la realidad, sino de nosotros mismos como periódico (...)”.

La que aparece bajo el titular de “La batalla de las palabras en un golpe de Estado”, del 5 de julio, echa a andar con la misma idea que terminaba la anterior: “Decía en mi artículo del pasado domingo que la arquitectura del periodismo se levanta sobre el lenguaje y el lenguaje es pensamiento. Con la elección de las palabras definimos la realidad, por eso uno de los problemas del periodismo es encontrar los términos justos que mejor definen una situación”. Más abajo se lee: “¿Qué esperan realmente los lectores del diario? A tenor de las cartas recibidas, una parte de ellos espera una especie de comunión ideológica absoluta, poder ver reflejadas sus propias posiciones en las del diario, y viceversa. Pero hay muchos otros que esperan un relato fidedigno de los hechos y un análisis distanciado y riguroso a partir del cual poder construir su propia opinión. Lo sé porque de éstos también llegan muchas cartas. Son expectativas antagónicas. En todo caso, el diario no debe apartarse de su Libro de Estilo: ‘EL PAÍS se esfuerza por presentar diariamente una información veraz, lo más completa posible, interesante, actual y de alta calidad, de manera que ayude al lector a entender la realidad y a formarse su propio criterio’”. Corona el artículo este parágrafo: “En conflictos tan polarizados y con tanta carga ideológica, es muy importante extremar las cautelas y cuidar las formas. Citar las fuentes da credibilidad a la crónica. No hacerlo incrementa la percepción de subjetivismo y parcialidad”.

La postrera y titulada “Falsedades, inventos y refritos en la aldea global”, del pasado domingo, 12 de julio, comienza así: “¿Qué hace que un diario como EL PAÍS pueda ser citado con seguridad por el resto de la prensa cuando publica una noticia en exclusiva? Su credibilidad. Su presunción de veracidad, es decir, el convencimiento de que se nutre de fuentes solventes y de que las noticias que publica son rigurosamente contrastadas. Aunque intangible, ése es el principal capital de un diario, y se gana con el esfuerzo continuado de todos sus profesionales (...)”.

Todo lo anterior viene a cuento de lo siguiente. Ayer, lunes, 13 de julio de 2009, en la portada y la página 16 del diario EL PAÍS, en la crónica que llevaba el título de “Bárcenas cuenta a su entorno que se llevó del PP cajas con papeles” y el subtítulo de “El tesorero dice en privado que tiene información delicada de muchos dirigentes”, se lee: “A quien quiere escucharle, el tesorero ha llegado a narrar que él, que fue gerente durante 20 años, tiene información delicada de casi todos los dirigentes importantes y del partido. Como prueba de su fuerza, Bárcenas cuenta que se ha llevado a casa documentación comprometida. Hasta nueve cajas retiró el fin de semana pasado, según ha explicado él mismo estos días aunque sin aclarar el contenido de esos documentos”. Evidentemente, todo esto lo sabe don Carlos E. Cué de muy buena fuente, lengua o tinta, la suya propia, porque el susodicho periodista en cuestión goza del don, facultad o privilegio señero de convertirse, mediante la pronunciación de una palabra cabalística, abracadabra, o mediando encantamiento, en un ser inaudible e invisible, pudiendo traspasar, sin problemas ni trabas, el acero, el cristal, el hormigón y la madera, quiero decir, de metamorfosearse en sombra.

Y sigue de esta manera: “’En el partido me tratan mucho peor que a Camps, y debería ser al revés, porque yo manejo una información delicada que Camps nunca tendrá y he cubierto las espaldas a mucha gente en estos años. Encima, yo ni siquiera estoy imputado, él sí’, sentencia Bárcenas a las múltiples personas con las que ha tenido contacto estos días”. Bueno, si la hipótesis anterior, por las razones que sean, deviene o resulta equivocada, marrada, les hago llegar esta otra, que acaso sea la certera. Don Carlos colocó un micrófono al tesorero de marras en el reloj que lleva en la muñeca. Ésa es la razón por la que ha podido urdir su crónica con tanto detalle o pormenor. Otrosí, pongo en tela de juicio que a todas “las múltiples personas con las que ha tenido contacto estos días” les haya largado o soltado el mismo rollo, el texto mencionado, entrecomillado.

Y continúa de este modo: “El tesorero hace llegar mensajes amenazantes a todo el mundo”. También pongo en duda esto, porque, si el menda forma parte de ese sobredicho mundo, quiero decir, mientras no se demuestre que la prótasis que precede es errada, debe desmentir al autor —¿don Carlos se coló, columpió, extralimitó, pasó?—, porque a él no lo amenazó). Y sigue: “e insiste una y otra vez en que él sólo dimitirá si se lo pide Rajoy. Su osadía llegó a tal nivel que el pasado lunes, en una reunión con el líder, le dijo a la cara: ‘Tú me nombraste, tú me puedes destituir. Si he perdido tu confianza me voy, pero no quiero que nadie me envíe señales de tu parte’”. Ídem. Prueben con una de las dos tesis aducidas arriba; acaso salgan airosos del brete.

Y prosigue así: “Rajoy, según fuentes de la dirección (gracias a Dios, hemos dado, por fin, con la madre del cordero —el irónico aparte es, por supuesto, nuestro—), le contestó que él no iba a pedirle la dimisión, que eso es una cuestión personal y que el tesorero debía manejar sus propios tiempos (…). Rajoy, según las mismas fuentes (¿de cuántos caños constaba cada una de las tales? Cabe preguntar, con el propósito de saber y sin el ánimo de molestar), negó absolutamente que él hubiera enviado a ningún emisario (…). Sin embargo, la mayoría de los cuadros consultados (que quedarían de conocerse quiénes son a cuadros, me temo) asumen que el líder sí está presionando a Bárcenas (…)”.

Acabo ya, porque esta urdidura o “urdiblanda” se está alargando demasiado, mas no sin haber echado antes mano de la autoridad de Tácito: “Irritarse por un reproche es reconocer que se ha merecido”.

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