|
Viaje al interior del alma (II)
Ángel Sáez
(Sigue el de ayer.)
Otrosí, eras más lista (virtud, que no sé si ha devenido, en parte, defecto) que el aire. Aprendías a la velocidad que se desplaza la centella o viaja el rayo, más rápido de lo que corre el gamo, que se las pela. No te imaginas cuánto he sonreído al leer en la misma línea “andadura” y “andablanda”. Me da a la nariz que sé de quién aprendiste la concreta treta.
Comprendo que estés muy unida a tu asiduo compañero sentimental, que sean muchos los años que lleváis juntos, que habéis remado muchas millas en el mismo bote y en la misma dirección, que..., pero esa realidad me fastidiaba y daba grima, porque se mostraba esquiva conmigo. Porque los recuerdos, la historia de todos esos hechos vividos en común impedía que nosotros, tú y yo, pudiéramos ser pareja hodierna, estable. Varias veces me he puesto en tu lugar y alguna, a regañadientes (lo reconozco, sin ambages), bien es cierto, he logrado entenderte.
Ciertamente, lo de ser amigos no me cuadraba ni encaja en mi caletre, porque mis manos siguen teniendo una extraña predilección por tus nalgas y mis labios aún se ven gozosa y sutilmente atraídos por todos los tuyos.
Ya sabes que soy un peregrino del Amor. Confío en que sea cierto eso que dijo uno/a (y otros/as no se cansan de iterar hasta el hartazgo) de que todos/as tenemos en esta vida nuestro/a gemelo/a. A ver si me echo a los ojos cuanto antes a la tuya. Pero, por favor, que esté soltera y sin compromiso. Uno está hasta el gorro de tener que luchar a brazo partido contra tanto elemento sin cuento, saltar tanto muro y tanta tapia, sortear tanto remolino como escollo, tanto Caribdis como Escila,...
Te agradezco todo lo bueno que me has dado. Hoy, aquí y ahora, gracias a Dios, ya no deseo que me (brin)des nada más. Entiende que lo mejor, para ambos, es que dejemos de darnos la murga, de molestarnos; que nos concedamos el “papepí”, acrónimo de la triple recomendación de Manuel Azaña: paz, perdón, piedad.
Te desea lo mejor quien, hasta que logre enamorarse de nuevo, si es que algún día tiene la suerte de que vuelva a tocarle el gordo, esto es, a acaecerle semejante milagro o prodigio, te ama (y, asimismo, en la misma medida y proporción, te odia) con toda su alma,
Félix Unamuno y Otramotro.
|