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Tres grandes fracasos educativos

Mikel Agirregabiria
Redacción
martes, 14 de julio de 2009, 13:00 h (CET)
Las madrugadas de los días festivos la ciudadanía puede realizar una evaluación educativa, comparable a las pruebas internacionales tipo PISA. Por nuestras calles y carreteras sobresale nuestra juventud, en un horario que parece pertenecerles casi en exclusiva. Es un buen momento de evaluar su educación, ésa que reciben en el seno de las familias desde que nacen, en los centros escolares desde muy temprana edad (a razón de casi mil horas anuales hasta los 16 años por lo menos) y en la misma sociedad donde se reflejan valores éticos y patrones de conducta. Va mejorando la educación, pero queda una parte de la juventud que aún ignora las tres enseñanzas vitales más básicas:

1. La vida es sagrada. En su acepción laica o religiosa, toda vida humana es digna de respeto y veneración. Las vidas ajenas, y la propia, deben ser cuidadas y preservadas como el máximo bien. El amplio abuso del alcohol (y otras drogas), las ocasionales peleas pandilleras, las evitables muertes por conducción irresponsable, o residuales personas que se creen con el derecho a eliminar a otras (por machismo, racismo, fundamentalismo pseudopolítico,...) son pruebas de un gran fracaso cualitativo, aunque afecte sólo a una parte de nuestra generación más joven.

2. La vida es injusta. La justicia es uno de los más nobles anhelos humanos, que ha de permitirnos convertir la arbitraria realidad en un mundo más equilibrado y solidario. El azar determina con aleatoriedad una distribución poco equitativa de nuestras primeras señas de identidad pasiva (dónde nacemos, en qué familia y sociedad, con qué dotación genética, cuánto viviremos,...), lo que genera muy diferentes papeles en un planeta no siempre coherente. Pero podemos construirnos, mejorarnos, educarnos, crecernos,... sobre las circunstancias que nos han tocado.

3. La vida es esfuerzo. La naturaleza es rigurosa en sus consecuencias y nada se obtiene sin una labor previa. La sociedad humana protege a sus menores con un cuidado muy especial y durante dos décadas les proporciona todo de forma incondicional y regalada. Pero la juventud marca el comienzo de la reciprocidad, y es el momento de comenzar a devolver los dones recibidos (alimentación, educación,...). Tras una época de recibir, llega el momento de dar a los demás, de legar estudio, trabajo y dedicación a la familia y a la sociedad. Eso es madurar: Hacerse cargo de uno mismo... y de los demás, a través de una profesión y de una nueva familia.

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