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La ambición

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
martes, 14 de julio de 2009, 13:00 h (CET)
Cuando lo del 11-S, muchos sentimos que nos descuartizábamos entre el júbilo y la tristeza: júbilo, porque los arrogantes y crueles EEUU habían sido golpeados con dureza —hoy tenemos claro por quién—; y tristeza, por las víctimas. Con lo de la supuesta crisis que nos concierne me está pasando lo mismo. Por una parte, lamento con profundo pesar el daño que se está produciendo a los más débiles, a la base social; pero, por otra, no saben cómo aplaudo que algunos buques insignia de la especulación y el latrocinio se vayan a pique.

Para los economistas y para los políticos la salud de un país se mide en números: en crecimiento porcentual, en lo gordo del IPC, en el monto de la recaudación de Hacienda, en la abundancia presupuestaria —¡siempre la recaudación!— y tal; sin embargo, los países somos personas y las personas no nos medimos en números. Para mí que todos esos dígitos no son más que las dimensiones de la ambición desmedida de una clase de seres humanos que ha desertado de su propia especie y de sus propios compatriotas, y van por libre dándose gusto a sí mismos. Aunque no me tengo por un ferviente católico —ni siquiera por un catoliquillo—, no puedo sino coincidir con la encíclica vaticana que anatemiza la desaforada ambición del capitalismo salvaje que, en todo caso, es la que nos ha conducido derechitos a este Erebo de demoníacos golfos, especuladores y neocons.

No sé qué tanto tienen que ver en esta crisis económica y moral las hipotecas basura norteamericanas o todas esas mandangas exculpatorias que se han inventado los especuladores para ocultar sus antifaces de Caco Bonifacio, pero lo que verdaderamente ha causado el desplome de todas las economías ha sido la ambición. La avaricia rompe el saco, reza el aforismo, y lo ha roto. La ambición ha desbordado las almas y las ha sanforizado frente a los débiles, forzando a quienes sufrían esta enfermedad a alimentarse de la carne de los más humildes mediante la especulación inmobiliaria, la especulación laboral, la especulación impositiva y la especulación moral. Quebrantaron uno de los cinco Mandamientos morales de la Ley Divina, y se está pagando el desafuero.

Hace sólo cuarenta años un piso razonablemente bueno costaba menos del salario de un año de un trabajador, y cuatro años de salario, si es que el piso o el chalé eran despampanantes; pero hoy, con crisis y todo, un departamento de cartón-piedra viene a costar más o menos diez años del salario medio de un empleado, y cuarenta años, si es medio allá y se usa algún ladrillo de verdad en su construcción. No tengo ni idea, ni me importa, si esta situación amaneció en los siempre fétidos campos de la política, en los inmundamente mentirosos de la pomposidad amañada de las verdades grandilocuentes de la economía o en los mezquinos tugurios de la infame golfería apandada; pero sin duda el motor de tracción ha sido la ambición: ambición de algunos alucinados que quieren ser más que sus semejantes, ambición de unos políticos que se han traicionado a sí mismos... y a los demás, ambición de una sociedad que ensalza la apariencia sobre la esencia y ambición de unos estúpidos que han querido vivir por encima de sus posibilidades reales, endeudándose durante decenios en la falsa creencia de que el mundo iba a seguir tan ricamente en la misma bonanza para que ellos pudieran pagar la hipoteca. La ambición es un gran pecado, y los pecados siempre arrastran como una sombra su justa penitencia.

Hoy, la carita de pena de todos estos pillos e ingenuos, francamente, no me conmueve en absoluto. Por ellos hago voto, precisamente, para que la crisis continúe su carrera hacia el abismo, en la seguridad de que una lección como ésta nos hará un enorme bien a todos. Tal vez al final del camino, justo antes de ese mismo abismo, haya también un sendero que nos conduzca de vuelta a la cordura, y comprendamos entonces como sociedad que la aventura de la vida es un viaje conjunto de la especie.

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