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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La verdadera era del gran Gobierno

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
domingo, 12 de julio de 2009, 08:28 h (CET)
La pregunta que el Presidente Obama tendría que estar planteando -- que todos deberíamos hacernos -- es esta: ¿Cómo es de grande el gobierno que queremos tener? Sin que nadie repare mucho en ello, nuestro gobierno nacional está al borde de una ampliación permanente que estará presente mucho tiempo después de que la presente crisis económica haya (presumiblemente) remitido y que superará cualquier cosa experimentada nunca en tiempos de paz. Esta ampliación puede no ser buena para nosotros, pero no contemplamos las consecuencias adversas ni cómo podríamos paliarlas.

Nos enfrentamos a una colisión sin precedentes entre el deseo de los estadounidenses de tener más servicios públicos y su aversión casi equivalente a tributar en consecuencia. El conflicto se ve eclipsado y pospuesto en virtud de la economía deprimida de hoy, que ha justificado toda suerte de programas de urgencia, pero sus dimensiones no pueden ser puestas en duda. El nuevo informe difundido por la Oficina Presupuestaria del Congreso ("Las perspectivas presupuestarias a largo plazo") lo deja prístinamente claro. La forma más fácil de medir el tamaño del gobierno es comparar el presupuesto federal con el tamaño total de la economía, o producto interior bruto (PIB). Las estimaciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso intimidan.

Durante la última mitad del siglo, el gasto federal ha rondado de media el 20 por ciento del PIB, los impuestos federales el 18 por ciento del PIB, y el déficit presupuestario el 2 por ciento del PIB. Las proyecciones que hace la Oficina Presupuestaria para el ejercicio de 2020 -- el cual presupone que la economía habrá vuelto al "pleno empleo" -- sitúan el gasto en el 26 por ciento del PIB, los impuestos rozando el 19 por ciento del PIB, y un déficit por encima del 7 por ciento del PIB. Las cifras del gasto y el déficit futuros no paran de crecer.

Lo que esto significa es que equilibrar el presupuesto en 2020 va a exigir una subida de los impuestos de casi el 50 por ciento con respecto a la media de la última mitad de siglo. Recuerde, esa media era del 18 por ciento del PIB. Pasar de ahí al 26 por ciento del PIB (el gasto en 2020) exigirá otro 8 por ciento del PIB en impuestos. En dólares ajustados a la inflación actual, eso son 1,1 millones de dólares, una subida tributaria anual del 44 por ciento. Hasta estas cifras podrían pecar de optimistas, porque las proyecciones que hace la Oficina Presupuestaria para defensa y "gasto extraordinario no relacionado con la defensa" podrían ser irrealmente bajas. Esta última categoría abarca gran parte de lo que hace el gobierno: regulación medioambiental, ayudas a la educación, construcción de infraestructuras, implementación del orden público, seguridad nacional.

En cualquier caso, las principales causas del descontrolado presupuesto son bien conocidas: Una población cada vez más vieja e incrementos acusados en el gasto sanitario. En el año 2000, la seguridad social, Medicare y Medicaid -- los principales programas que cubren las pensiones y el gasto sanitario de la población de 65 años de edad en adelante -- rozaron en total el 8 por ciento del PIB. En el año 2020, la Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta que el gasto alcanzará casi el 12 por ciento del PIB. Pero el origen subyacente de nuestra tesitura es una cultura política autoindulgente que evita un debate riguroso en torno al papel del gobierno.

Todo el mundo es partidario de las prestaciones y se opone a las cargas (fiscales). Los Republicanos quieren bajar los impuestos sin rebajar el gasto. Los Demócratas quieren elevar el gasto sin subir los impuestos, excepto a los ricos. Las diferencias entre las posturas de los partidos son mínimas. Casi nadie hace las preguntas difíciles de quién no necesita prestaciones, de qué programas se puede prescindir y qué impuestos podrían extinguir los déficits restantes.

Lo que mantuvo durante mucho tiempo este sistema fue la caída del gasto en defensa y los déficits rutinarios, aunque normalmente moderados. Mientras bajaba el gasto en defensa -- del 9 por ciento del PIB a finales de la década de los 60 al 3 por ciento en el año 2000 -- el gasto social pudo subir sin grandes subidas fiscales. Los déficits proporcionaban libertad de acción extra. Pero estos recursos se han agotado solos. Los déficits han alcanzado proporciones alarmantes; en un mundo peligroso, el gasto en defensa no puede bajar indefinidamente.

Obama agravará las cosas. Él habla de controlar el gasto "social" (la seguridad social y Medicare principalmente) pero no lo ha hecho. Está proponiendo justamente lo contrario. Su propuesta sanitaria elevará el gasto federal. Dice que "pagará" los desembolsos extra mediante subidas de los impuestos u otros recortes del gasto, pero lo que olvida la gente es que cada centavo de este "pago" se podría utilizar (y se debería utilizar) para cerrar los déficit existentes a largo plazo -- no para subir el gasto y los impuestos futuros.

La excusa más reciente para evitar el tema es la crisis económica. Cierto, los recortes acusados del gasto o las grandes subidas fiscales serían poco deseables ahora mismo; agravarían una economía ya de por sí deprimida. Pero eso no excluye tomar medidas. Los cambios podrían legislarse ahora para acometerse más adelante y ser dosificados -- un incremento gradual de la edad para recibir pensiones por jubilación y acceder a Medicare; subidas graduales en los impuestos de la luz; eliminación gradual de ciertos programas. Tales medidas mejorarían la confianza al reducir la incertidumbre motivada por los enormes déficits presupuestarios.

No hay muchas ganas de hacer nada de esto, y por eso nos enfrentamos a las consecuencias de un gobierno mucho mayor. Seguramente impuestos más altos para los futuros estadounidenses. Probablemente una economía menos robusta. La Oficina Presupuestaria del Congreso observa que los déficits superiores penalizarán el ahorro, la inversión y la renta, al tiempo que las cargas fiscales sin precedentes podrían "ralentizar el crecimiento de la economía haciendo el gasto (público) más difícil de soportar." A tales advertencias, la respuesta colectiva de los estadounidenses es: Piérdete.

-- Esta columna aparecerá en el Newsweek.

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