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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Muerte por fama

Kathleen Parker
Kathleen Parker
sábado, 11 de julio de 2009, 04:22 h (CET)
La triste historia de Michael Jackson volverá a ser contada unas cuantas miles de veces más conforme vayan emergiendo los detalles relativos a la autopsia y las propiedades.

Mientras tanto, el presunto veredicto es que Jackson falleció a causa de medicinas de receta. En "The Situation Room with Wolf Blitzer" en la CNN el jueves, el director de la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas, Gil Kerlikowske, decía que la muerte de Jackson era un toque de atención al país acerca de las medicinas con receta.

Puede que sí. Puede que no. Todos sabemos que abusar de las medicinas que sólo se venden con receta médica -- utilizarlas para fines distintos a los recetados -- es malo para nuestra salud. En realidad es potencialmente mortal.

Al margen de ello, la gente elige abusar de sustancias (o fumar cigarrillos, o beber alcohol) por un amplio único de motivos. Pero las medicinas no fueron lo que mató de verdad a Jackson, ¿no? Ellas pueden haber conducido a que su corazón se detuviera, pero la mortal espiral de Jackson comenzó hace décadas.

Se podía ver en su cara.
La crisis de identidad de Michael Jackson no era sutil. No podría existir una manifestación física más clara del caótico estado mental de un ser humano que el rostro siempre cambiante de Jackson. Imagine intentar con tanto ahínco alcanzar la plenitud -- al margen de cómo se imagine cada uno su plenitud -- que somete su cara a múltiples transfiguraciones hasta que a duras penas es reconocible como la persona que era.

La fama y la pobreza espiritual de una infancia perdida son lo que mató a Michael Jackson.

Parecía inapropiado airear estas ideas antes de las exequias de su entierro. Sigue siendo demasiado pronto -- y probablemente irrelevante -- para centrarse en la atracción de Jackson hacia los hijos de los demás. Las declaraciones del Representante de Nueva York Peter King tras la muerte de Jackson diciendo que la estrella del pop era "un crápula" y "un pervertido" no sólo ofendieron a muchos estadounidenses, sino que no cumplían ninguna finalidad útil. Una encuesta en la red realizada por HCD Research utilizando la página MediaCurves.com concluía que el 60 por ciento de los encuestados pensaba que King fue demasiado lejos, y el 57 por ciento no estaba de acuerdo con sus comentarios.

Por lo demás, el cortante análisis de King anduvo falto de intuición de la dimensión verdaderamente trágica de la vida de Jackson. Como la cara que Jackson intentaba modelar siguiendo alguna imagen ideal, su búsqueda de esa parte perdida de sí mismo encontró expresión en su Rancho de Neverland.

Para ser un hombre cuyo talento musical no era limitado ni por la gravedad, la búsqueda personal de Jackson rozaba lo banal. ¿Peter Pan?

El niño perdido dentro de Jackson parecía rejuvenecer con la edad. Y aunque las entrevistas a lo largo de los años sugerían que él entendía lo que le pasaba, no fue capaz de abordar un remedio adulto. Quizá tener todo el dinero que se puede soñar -- y la adoración de millones -- significaba no tener que crecer nunca. Pero un hombre que no es un adulto está condenado a sufrir -- y el sufrimiento de Jackson era insoportable verlo.

En lugar de recibir la terapia que necesitaba tan desesperadamente, proyectaba sus necesidades en niños reales y aparentemente buscaba la forma de cerrar heridas a través de ellos. Sus relaciones a veces extrañas con los menores -- incluyendo su argumento en defensa de dormir con niños pequeños -- serán siempre una nota al pie de cualquier valoración de su inmenso talento.

Si las buenas obras de Jackson -- no sólo su talento artístico sino su caridad -- pesan más que sus rarezas o no será evaluado en otro momento. Mientras tanto, su vida -- más que su muerte -- (BEG ITAL)es(END ITAL) un toque de atención, pero no del consumo de sustancias con receta.

Lo que quiera que matara a Michael Jackson fue sólo un instrumento de su autodestrucción. La verdadera enfermedad era su atormentada alma que oscilaba entre la tendencia a presionarse hasta niveles inexplicables y un retraso casi fetal fruto de la necesidad de adoración.

El mensaje con el que sospecho hasta Jackson desearía que nos quedáramos es que los niños necesitan de una infancia, no de fama. Necesitan dos padres que se quieran, no cosas materiales.

La vida de Jackson es un testimonio del talento, sí, pero también de una cultura mejor caracterizada por prioridades alteradas. La pérdida de la inocencia y nuestra obsesión con la fama y los famosos son la verdadera plaga, de la que el consumo de sustancias obtenidas con receta entre otras patologías no son sino síntomas.

Se mire por donde se mire, Jackson empatizaba dolorosamente con el sufrimiento de los niños y, aparentemente, buscó su propio alivio en su compañía. Desafortunadamente, no había ausencia de candidatos. Millones de niños y niñas perdidos vagabundean en el nunca jamás de la gratificación inmediata sin ser vigilados por adultos responsables. Muchos no conocerán finales tan dramáticos. Pocos se pueden permitir complacer a su niño interior durante tanto tiempo o financiar la deuda de las expresiones extremas que asumió Jackson.

Pero los problemas de la soledad y la madurez atrasada fruto de un entorno inadecuado son los mismos para muchos. Hasta que nos ocupemos de esos, el abuso de las medicinas con receta es el menor de nuestros problemas.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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