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Los desheredados

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 10 de julio de 2009, 03:53 h (CET)
Casi cuatro millones de parados oficiales, que representan casi ocho millones de personas sin ingresos o con ingresos reducidos, además de al menos otro millón de inmigrantes indocumentados que no figuran en las listas, no es un panorama digestible para un Estado que pretenda garantizar la paz social, porque a esto hay que añadirle la desesperación que promueve el instinto de supervivencia y el egoísmo de la sociedad con haberes que pretende que todo siga como si no pasara nada. Pero pasa.

“No detengas a ningún enemigo que esté camino a su país” o “Hay que dejarle una salida a un ejército rodeado”, son dos máximas que Sun Tzu pone al alcance del estadista avisado; pero ni hay estadistas ya, ni mucho menos con la claridad de juicio imprescindible para entenderlo. Por el contrario, los mismos que hicieron el efecto llamada a miríadas de desheredados de todo el mundo para que hicieran de España su Tierra Prometida, hoy se empeñan en empujar a estos inmigrantes que creyeron en ellos a las tórridas arenas del desierto de la miseria. “Bajo estas circunstancias, un adversario luchará hasta la muerte”, advierte Sun Tzu al estratega necio; pero no contaba con que es tan necio que ni siquiera lo entiende. Lo inmoral nos asola. Una inmoralidad que procuró no sólo que al mismo tiempo que arribaban autobuses, pateras y cayucos atestados de inmigrantes, los derechos laborales de los nacionales se rebajaran y que se dispararan las fortunas de algunos miserables hasta los cuernos de la luna, sino que ahora trata de evitar con persecuciones y acosos que todos ellos se puedan ganar la vida aunque sea vendiendo en la calle, cerrándoles todas las puertas a la esperanza. Debieran saber que la desesperación es la única bestia que nace sin dientes de leche, sino con la dentadura afilada.

El problema en el que estos necios demagogos nos han metido a todos, inmigrantes y nacionales, no es menor. Han creado, con su teórica política del Bienestar, una sociedad enfermiza que se ha basado únicamente en la acaparación de quien podía contra quienes no podían defenderse, promoviendo que los desheredados se gastaran incluso la vida para llegar a nosotros para ahora dejarles abandonados a su suerte mientras son perseguidos y acosados por los Cuerpos de Seguridad. Mal rollito tienen estos crápulas, malo, muy malo, porque han desvestido a los de fuera... y a los de dentro.

Cerca de nueve millones de almas en España se ven forzadas a buscarse la vida cada día, recurriendo cada cual a las mañas que puede. La inmensa mayoría lo hace dentro de la honradez posible; pero ni eso les dejan hacer en ocasiones. Los que tienen un negocio, quieren todo el público para ellos; los inmorales ayuntamientos, como el de Madrid, quieren una ciudad de cuento de hadas que no es real, con calles limpias y ordenadas, escondiendo la pelusa de la realidad bajo la alfombra de los mechinales donde se arraciman los desheredados; y a los empresarios que han amasado sus fortunas haciendo harina a los demás, les viene tan ricamente la situación para seguir ganando.

El sabio estratega deja al menos una escapatoria al adversario, pero aquí se los acorrala, y siempre hay un límite para todo repliegue: la desesperación, justo ese espacio en el que el hombre se convierte en fiera. Si no hay puestos para que todos trabajen, habrá que crearlos en la calle, en los parques o en los semáforos, pero siempre será mejor eso que favorecer la llegada de la dictadura de la desesperación, porque ésta anula al cerebro y favorece que el estómago propio o de los hijos tome las riendas de los actos. Elegir, de eso se trata: o modificamos el orden, o el orden nos devora. Así de fácil, así de rápido. Ya pasó con la crisis del 78, y la delincuencia y el desmadre social derivó en un golpe de Estado.

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