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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El aborto de las dictaduras

Antonio Cánaves (Palma)
Redacción
jueves, 9 de julio de 2009, 04:25 h (CET)
El silencio del Vaticano, frente al apoyo de la iglesia católica hondureña al golpe de Estado del dictador Roberto Micheletti, viene a confirmar que el Vaticano sigue sin apoyar las democracias. Prefiere la fuerza de las armas de las dictaduras para expandir la fe por decreto y obtener privilegios de mano de dictadores, que el poder de unas urnas que les deparan un poder incierto. Hoy como ayer, prefieren apoyar y llevar bajo palio a este nuevo Pinochet, Videla o Franco que al carpintero de Nazareth. El clero prefiere abortar a los ya nacidos y creciditos, bajo los estragos de las armas de los militares sublevados y su represión sangrienta, antes que los embriones no nacidos.

Su respecto a la vida y a la dignidad humana termina cuando se trata de apoyar a dictadores. No hay excomunión para quien reprime, asesina y aborta la vida a su pueblo.

Es una oportunidad más, para que los católicos que se consideran cristianos, se den de baja por escrito de una organización hipócrita y represora, que pide respeto por la vida de embriones, cigotos y fetos, pero apoyan a los asesinos en masa que mediante la fuerza de las armas y la coacción, intentan imponer su criterio sobre la soberanía de la democracia.

Los cristianos no pueden estar con quien apoya la violencia y el asesinato. Y hace falta que los pobres, el pacifico pueblo cristiano que padece la tiranía de cualquier dictador arropado por el clero, se rebele y haga una labor de “evangelización de evangelizadores” hacia el clero católico: curas, obispos, cardenales y Papa, para que se conviertan a Cristo y sean auténticos cristianos, y no, meros mercaderes del templo, que especulan con el pecado, excomuniones y condenaciones a los pobres y cuelan el camello a los ricos. El carpintero de Nazareth nos dejo su legado bien claro: “bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Lucas 6-20”. Sobran templos, encíclicas, ceremonias e intermediarios a sueldo entre Dios y los hombres. No esperemos una verdadera paz en el mundo, mientras existan religiones que en nombre de Dios permiten que unos creyentes se hagan ricos a costa del trabajo y la ignorancia de otros creyentes, dividiendo la sociedad en ricos y pobres, provocando cuartelazos armados para disputarse el poder para oprimir al pueblo. Nos corresponde a los pobres tomar el testigo que nos dejo Jesús de Nazareth, y a cada uno de nosotros, ser su representante.

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