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Prometeo encadenado

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
jueves, 9 de julio de 2009, 01:44 h (CET)
Zeus era, sobre todo, tan prepotente como ingenuo, y Prometeo se complació en burlarse de él, ridiculizándolo. Zeus era lo que era gracias a Rea, su madre, y a que dio muerte al severo Saturno, su padre; y, desde entonces, representa el poder caído del cielo así, porque sí, sin merecimientos. Proteo, sin embargo, era el hijo de la Tierra, Gea, y, por ello mismo, un pícaro. No le gustaban los dioses prepotentes, no le complacían los relajos caprichosos del Olimpo ni, mucho menos, su arbitrariedad cruel.

Prometeo era, pues, un amante de la Tierra y los hombres, y fue el primero en engañar a los dioses al ofrecerles sacrificios trucados, el que robó el fuego olímpico del carro de Helios para que los hombres pudieran calentarse, cuando los dioses castigaron a los hombres con privarles de él porque se sintieron ofendidos por el primer engaño, y el que procuró que, como consecuencia de este robo, Zeus creara a Pandora de arcilla y la enviara a la Tierra a la casa de Epimeteo, hermano de Prometeo, y allí esta hermosa estúpida abriera la caja del Bien y del Mal, desatando todas las plagas que desde entonces infligen daños a la humanidad. Así de terribles son los dioses, y así de trágico-cómico este Prometeo que, queriendo procurar bienes, acarrea tan enormes males a quienes tanto ama.

Los hombres, los amados de Prometeo, hoy juegan en el mismo tablero una partida semejante. El acelerador de hadrones de Suiza ya está listo para volver a las andadas, reconstruyendo el fuego primordial divino, el Big-Bang. No se obtendrá está vez del carro de Helios ni llegará a la Tierra en una cañaheja, sino que será observable por los sofisticados microchips de potentes ordenadores en los oscuros y tétricos subterráneos infernales donde se esconden de la visión del cielo para no ser sorprendidos por los dioses. La cuestión es saber qué castigo acarreará el hurto del fuego divino en esta ocasión.

La Ciencia, el Prometeo actual, juega constantemente hurtando el fuego de los dioses, y todo sea que pronto comience a ser necesario poner la calefacción en el Paraíso. Lo hizo con la cosa atómica, y nos sumergió a todos en una era de terror estatal y de infernales armas y centrales; lo hizo con los transplantes, y nos sepultó en una era de terror maquinal, convirtiéndonos en nada más que conjuntos mecánicos; lo hizo con la biología, y nos enterró en esta hora tenebrosa de alimentos trasgénicos y enfermedades inventadas que se les está yendo de las manos; y ahora quiere robar el fuego de Hefestos o de Helios del carro divino de la misma Creación, acaso creyéndose que con ello escalará a las tóxicas cumbres del Elíseo o del Olimpo, para compartir con los dioses sus ambrosías.

A Prometeo, tras su última aventura, le condenaron a ser encadenado a una enorme roca en el Cáucaso para que un águila le devorara el hígado durante el día, el cual se reproducía cada noche con el fin de que cada día fuera nuevamente devorado. Prometeo, tuvo la suerte de que Herakles le liberara cuando iba camino del Jardín de las Hespérides, y fue perdonado por Zeus debido a que Herakles era su hijo predilecto y deseaba para él la mejor de las suertes en todas sus empresas, y porque Prometeo estaba verdaderamente arrepentido. Una vez más el pícaro Prometeo engañó al cándido Zeus, poniendo en esta ocasión carita de pena y enseñándole al forzudo pero torpe Herakles cómo poder robar las manzanas que deseaba. Sin embargo, con este nuevo hurto de Prometeo no sabemos qué suerte correremos, a qué roca seremos encadenados ni qué águila sombría nos devorará el hígado. Ni siquiera sabemos si será en los Alpes o en el Cáucaso. Lo que tenemos por cierto, al menos los que hemos estudiado un poquitín de Historia, es que no hay ya ningún Herakles que pueda ofrecernos en esta ocasión la libertad, porque no hay ni ningún Jardín de las Hespérides que esté esperando a un titán para que le robe las manzanas. Hoy, ese jardín ya está urbanizado por otros Prometeos hijos de aquel Proteo originario, y hay un águila hambrienta que no deja de volar en círculos sobre nuestras cabezas, mientras nos observa, relamiéndose, el hígado. Nosotros, los que lo vemos así, ya sentimos punzadas en el costado.

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