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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Saber cuándo dejarlos

David S. Broder
David S. Broder
jueves, 9 de julio de 2009, 01:41 h (CET)
Dos funcionarios públicos considerablemente diferentes -- Robert McNamara y Sarah Palin -- compartieron protagonismo esta pasada semana, provocando ideas frescas en torno a uno de los dilemas más clásicos de las carreras en la administración: ¿Cuándo y cómo dimitir?

McNamara, el secretario de defensa de John Kennedy y Lyndon Johnson y más tarde presidente del Banco Mundial, fallecía a los 93 años de edad acompañado de largos panegíricos recordando las polémicas de la década de los 60, incluyendo el entusiasmo motivado por su "dimisión" injustificada en el apogeo de la Guerra de Vietnam.

Unos cuantos días antes, Palin, candidata Republicana a la vicepresidencia en 2008, había sobrecogido a su estado de Alaska y a todo el mundo político anunciando que abandonaba la gobernación a 18 meses de cumplirse su mandato.

No se pueden concebir caracteres más opuestos. McNamara, el ejecutivo formal, inquietantemente inteligente, estadísticamente sofisticado y emotivamente frágil, era el pez más distante del acuario exótico que fue el gabinete New Frontier constituido por Kennedy.

Palin, la figura más colorista y carismática en despuntar dentro del Partido Republicano desde Ronald Reagan, ha mostrado públicamente en términos igualmente vivos su desbordante autoconfianza y su alarmante ignorancia en materia de legislación pública.

De haberse encontrado alguna vez, no habrían sabido con qué quedarse el uno del otro. Pero ellos transmiten un par de lecciones importantes acerca de la forma en que se deben gestionar las salidas de altos cargos públicos.

McNamara, principal arquitecto del incremento de efectivos estadounidenses en Vietnam, fue lento a la hora de reconocer que la escalada no iba a dar lugar a la victoria. Pero hacia 1967, su sexto año en el Pentágono, había llegado a la conclusión de que destacar más efectivos y ampliar la ofensiva aérea contra el norte de Vietnam no detendría al Viet Cong. Escribió a Johnson en privado diciendo que era el momento de negociar con el enemigo -- y poner fin de esta forma a la creciente división nacional provocada por la guerra.

Johnson hizo oídos sordos. Convocó a McNamara en la Casa Blanca y mientras que el contrariado jefe de la defensa comentó más tarde que no estaba seguro de si había dimitido o si había sido despedido, de cara a la opinión pública aceptó con sumisión la decisión de Johnson de enviarle al Banco Mundial.

No fue hasta 1995, cuando volvió a ser un civil corriente, que McNamara publicó unas memorias llenas de excusas, dando a conocer por primera vez que él era el que había albergado las dudas más graves en torno a la guerra que se cobró 58.000 vidas estadounidenses. La reacción de la opinión pública fue implacable. Los detractores de la guerra dijeron que si McNamara hubiera hecho pública su "dimisión" en aquel momento, Johnson se habría visto obligado a poner fin a la guerra -- y miles de personas que murieron durante los siete años siguientes se habrían salvado.

McNamara dijo que nunca se había visto en el papel de chivato. En calidad de persona designada por el presidente para estar en su círculo de confianza, dijo que debía lealtad a Johnson. Los electores habían elegido a Johnson; su juicio merecía respeto. Ello anticipó la decisión parecida tomada por el Secretario de Estado Colin Powell de no hacer públicas sus reservas en torno a la Guerra de Irak.

Son decisiones muy difíciles, y aquellos de nosotros que siendo profanos en la materia sólo podemos imaginar las presiones de la administración, podemos mostrar cierta simpatía hacia la gente que ha tenido que lidiar con el conflicto que se da entre su conciencia y su sentido de la obligación para con la administración de la que forman parte.

Pero la dimisión por principios nunca es algo malo, y puede tener efectos saludables. Mejor le iría al país si fuera algo más que un suceso puntual.

En comparación, la decisión tomada por Palin de abandonar sus deberes en la gobernación es mucho más difícil de comprender o justificar. Si se trata del preludio a una apuesta presidencial en las elecciones de 2012 o no, o los preparativos para una lucrativa carrera en los medios, o simplemente el retorno a la vida anónima en Wasilla, el desconcierto y el escarnio que se ha encontrado Palin están bastante justificados.

Uno de los valores tradicionales que se supone que practican los conservadores es: Terminar lo que se empieza. Cumplir con las responsabilidades de uno.

Esto parece una decisión totalmente egoísta por su parte, sin principios más importantes en juego.

McNamara se quedó demasiado tiempo y se marchó con demasiada discreción. Palin está rescatando a sus electores con demasiada antelación. Ninguno de los dos puede servir de modelo para aquellos que desde la administración están lidiando con la decisión de dimitir.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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