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Deporte en tres actos

Fernando Mendikoa
Fernando Mendikoa
miércoles, 8 de julio de 2009, 08:43 h (CET)
I. Al final no fue para tanto: falsa alarma. No estuvo de más que nos preparásemos convenientemente, por lo que pudiera haber ocurrido (en esta vida conviene siempre ser precavido, ya lo creo que sí), pero a Dani Pedrosa le dio por hacer lo que tan bien sabe hacer, una estratosférica salida, para dejar finiquitado el GP de EEUU de Laguna Seca. Y poco más, no se crean, porque la emoción quedó (y muy relativamente) para la lucha por el segundo puesto, entre Rossi y un mermado Lorenzo. Dani es, sin discusión, el mejor a la hora de arrancar como alma que lleva el diablo, pero al catalán le sigue faltando demostrarnos que también es competente en el cuerpo a cuerpo, que es donde se ve a los grandes pilotos. Y, ahí, lo cierto es que hoy por hoy suspende, y no está a la altura de Jorge ni (menos aún) de Valentino.

Y prácticamente a eso se redujo la carrera: asistimos al paseo triunfal de un renacido Pedrosa (llevaba trece meses sin ganar), descubrimos a Rossi con la calculadora en la mano y a Lorenzo demostrando de nuevo que casta y valentía le sobran….. y también algo de sangre caliente. A este chico no le vendría mal pensar un poco las cosas antes de hacerlas, aunque no es menos cierto que perdería parte de su magia. De manera que lo decimos sobre todo por él, con el fin de que se mantenga entero, porque (a decir verdad) a nosotros nos conviene que siga igual de alocado. Yo, desde luego, prefiero a los pilotos que arriesgan y emocionan a aquellos que, para cantar victoria, se basan únicamente en que nada se salga del guión establecido. De acuerdo: es una fórmula a priori tan válida como la otra para triunfar, pero yo me decanto definitivamente por pilotos de carne y hueso. Y vísceras.

II. El tenis, sin embargo, es otra cosa. Y el domingo tuvimos la gran suerte de asistir a un duelo que pasará a la historia por varios motivos. Entre ellos, que presenciamos la final de Grand Slam con más juegos (77), y un quinto set que resume las más de cuatro horas de batalla en Wimbledon (el 16-14, tras 95 minutos de titánica lucha, se antoja irrepetible). Pero, sobre todo, porque un jugador casi perfecto como Federer batía a cuatro rivales a la vez: 1) A Ivan Lendl en presencias en finales del Grand Slam, dejando la marca en 20….. por ahora; 2) A Andy Roddick en esa contienda sobre la hierba londinense, aunque sufriendo lo que no está escrito para ganar su sexto Wimbledon y su torneo número 60; 3) A Pete Sampras en su pelea por la hegemonía de más Grand Slam conquistados (ya son 15, y con el propio estadounidense asistiendo, en vivo y en directo, a su derrocamiento); 4) Y a Rafa Nadal en su pugna por ser el número 1 del mundo, 46 semanas después de perderlo ante el balear. Eso sí: el de Basilea se quedó a cinco “aces” de otra marca mundial, la de 55 saques directos en un mismo partido que ostenta Ivo Karlovic, el martillo croata.

“A veces necesitas una derrota para ser más fuerte”. Las sabias y muy reales palabras de Federer resumen bien los meses de travesía por el desierto que ha tenido que sufrir, en parte también debido a un tenista casi igual de inmenso, como es Nadal. Y si el propio Rafa no lo remedia, cosa que no parece fácil, la leyenda de Roger se presume inalcanzable. Al igual que parece para los ingleses eso de ver a uno de los suyos triunfando en casa, que viene a ser lo mismo que lo que les sucede a los franceses en Roland Garros. De 1936 data el último título conquistado por un inglés, un honor que recae en Fred Perry. La sequía dura ya 73 años, y algunos de ellos quieren ver en Andy Murray al próximo británico en alzarse con el trofeo. Pero hay un pequeño detalle que lo hace imposible, y no es precisamente su calidad, que tiene más que de sobra. El problema radica en que Andy es escocés, y como tal se siente, de modo que los ingleses deberán seguir buscando en casa a aquel que acabe con la maldición.

III. El nacionalismo, por supuesto, no es exclusivo de los escoceses, sino algo aplicable a cada país y a cada pueblo. También a los propios ingleses, claro está, aunque desafortunadamente muchos de ellos lo entiendan más bien como imperialismo. Y el nacionalismo es igualmente un hecho palpable en España, algo que se manifiesta especialmente en el deporte, aunque de una forma mal entendida. El penúltimo caso ha llegado con lo sucedido en la etapa del lunes en el Tour. Alberto Contador, junto a todos los favoritos para la victoria final, excepto Armstrong, se quedó “cortado” a 30 kms del final por una de esas peligrosas rachas de viento. Y Johan Bruyneel, director deportivo del Astana, mandó a Zubeldia y a Popovych tirar a muerte para sacar provecho del corte y acercar a Armstrong al maillot amarillo, a pesar de que Contador se había quedado atrás. Sobra decir, a partir de ahí, que el director belga ha sido directamente crucificado.

Y claro, hay cosas que uno no entiende muy bien. Veamos. Contador se queda “cortado”, es cierto. Pero como él, los demás favoritos: igual de dormidos todos ellos, vamos. Salvo Armstrong, que entró en el corte bueno. La razón es simple: de cómo se corre un Tour algo sabe. Sólo ha ganado siete. Y ahora hagamos el (al parecer) tan complicado intento de ponernos en el lugar de Johan. Uno de tus líderes (Contador) se ha quedado atrás, pero junto al resto de llamados a vestirse de amarillo en París. Traducido: no pierde ni un solo segundo con ninguno de ellos, y por tanto todo queda igual. Ya, pero le saca tiempo Armstrong. Sí. O pasa a tener a sus dos líderes en los primeros puestos para lograr su objetivo, que no es otro que el de hacerse de nuevo con la ronda gala. Porque, entre otras cosas, para eso le pagan. Y digo yo que más posibilidades de conseguirlo tendrá con dos candidatos que con uno. Pura matemática. Fue una jugada maestra en toda regla, y la lógica de la decisión tomada por Bruyneel es aplastante, siempre y cuando la observemos desde la única perspectiva posible y válida en este caso: la del deporte. A él lo único que le preocupa, y así debe ser, es que sea el maillot de Astana el que ocupe el primer lugar del podio final (y si es acompañado de alguno más, aún mejor), y no si es rojigualda o con barras y estrellas la bandera que domina por un día París.

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