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Etiquetas:   La linterna de diógenes   -   Sección:   Opinión

Marina

Luis del Palacio
Luis del Palacio
lunes, 6 de julio de 2009, 22:55 h (CET)
De niños creíamos que el año terminaba a finales de junio, cuando recibíamos las notas y el colegio cerraba con una fiesta de fin de curso. Perdíamos de vista a más de un odiado profesor y añorábamos la compañía de nuestros amigos. También sentíamos no volver a ver, hasta el curso siguiente, la cara de Silvia, aquella inaccesible compañera de pelo largo y oscuro, pecas y ojos verdes, que siempre se iba con los mayores.

Pero el verano traía otras cosas; cosas buenas y apetecibles. Los niños teníamos casi tres meses de vacaciones y el mar, abierto y azul, nos esperaba. En él se diluían los recuerdos de los últimos meses. Al socaire de las olas teníamos una intuición de la aventura. Sentados en la playa, bajo la sombrilla, leíamos La isla del tesoro, Moby Dick, Los tigres de Malasia, Asterix, Tintín... Así aprendimos que las palabras tienen color y que la pluma –es un decir; puede ser el teclado de un ordenador- que las escribe, les confiere su brillo y su matiz. Aquellos niños leíamos; aunque también jugáramos a las palas o nos diésemos incontables chapuzones. Y los que sufrimos aquella tontería de “no hay bañarse hasta tres horas después de haber comido”, teníamos dos opciones: dormirnos de aburrimiento o leer. La aventura, o el deseo de vivirla, nos persiguió a muchos desde entonces.

Los adultos hacían otras cosas. También algunos leían, sobre todo el periódico; dormitaban a ratos o tomaban el sol… Pero para los niños la playa representaba algo diferente, que era a la par excitante y misterioso. Aquellas conchas arrojadas por la marea eran los esqueletos de criaturas que habían conocido los secretos de las profundidades marinas; que habían habitado las bodegas de los buques hundidos en la bahía. Buscábamos, entre los detritus traídos por las olas, una botella que contuviera un mensaje. Nada. Nunca aparecía. Pero estábamos seguros de que por alguna parte de ese océano todavía flotaba la botella que algún naufrago había arrojado siglos atrás desde la playa de una remota isla del Pacífico. Muchos de nosotros –convertidos a duras penas en adultos- todavía conservamos la esperanza de alguna vez recoger entre las algas aquel mensaje. Aunque es dudoso que supiéramos interpretarlo.

La playa guarda el recuerdo de los nombres que escribimos en la arena. Pero no hay que preguntárselos. Los cormoranes planean muy cerca de las gavias; son aves curiosas pero cautas: miran pero no se posan en los masteleros.

En la orilla, los niños juegan a las palas o tratan de hacer un castillo de arena. Los adultos pasean o se aburren. Llegará septiembre.

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