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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Preparativos para una transformación radical

Jim Hoagland
Jim Hoagland
domingo, 5 de julio de 2009, 07:11 h (CET)
Europa estará capitaneada por acuerdo durante los seis próximos meses por un sueco sensato de aspecto espigado llamado Carl Bildt. Su país presidirá la cadena de cumbres de la Unión Europea, debates de funcionamiento y demás sesiones informales durante este semestre. Como ministro de exteriores de Suecia, la labor de Bildt consiste en dar sentido a todo ello -- tarea comparable a poner orden no ya en una jaula de grillos sino en una de monos.

Bueno, él lo pidió, ¿no? Bildt pasó por alto los peligros de las plegarias respondidas -- de que te sea concedido lo que pides -- siendo ministro de exteriores de Suecia en la década de los 90. El político conservador repasó incesantemente las políticas económicas socialistas de su país y la intención neutralista de implantarlas en la Unión Europea. Ahora Suecia lleva el peso de recoger los trozos de una crisis económica europea que se agrava, unos gobiernos nacionales paralizados y un estancamiento constitucional.

Pero fue la descripción por parte de Bildt de un tema candente relativamente nuevo -- las consecuencias estratégicas del cambio climático -- lo que llamó poderosamente mi atención cuando se dirigió aquí al Council for the United States and Italy. La rápida fusión del casquete ártico en el Polo Norte abrirá "nuevas posibilidades de transporte revolucionarias entre el Pacífico y el Atlántico," dijo a los presentes, desarrollando esa idea para mí más tarde durante una entrevista.

Bildt no es el único en estudiar las consecuencias geopolíticas del cambio climático en la cima del mundo y en todas partes. Las Marinas estadounidense y rusa también están examinando a marchas forzadas cómo influenciará su estrategia y maniobras marítimas la desaparición proyectada del "hielo marino" polar en cuestión de una década o dos, alterando quizá una relación marcada aún por la desconfianza y las rivalidades entre grandes potencias.

El Presidente Obama espera disipar esa desconfianza en Moscú esta semana. Convertir la cooperación en la lucha contra el cambio climático en un punto prioritario de la agenda de ésta y cualquier reunión futura entre los dos países sería un gran paso adelante. Tampoco se han tomado hasta el momento lo bastante en serio los riesgos que el calentamiento global, las emisiones de carbono, la contaminación y los demás riesgos medioambientales entrañan cada vez más para la estabilidad global.

No son sólo los científicos los que van por delante de los políticos. También están sus círculos militares, que se dan cuenta de que "las empresas bélicas" también se van a ver transformadas por el ascenso del nivel de los océanos, el crecimiento de los desiertos y los cambios en la topografía.

Rusia, por ejemplo, perderá gradualmente valor estratégico si los científicos del medio ambiente tienen razón y la capa de hielo ártico se derrite por completo durante la próxima mitad de siglo. A pesar del final de la Guerra Fría, los submarinos rusos se esconden regularmente bajo el grueso hielo ártico para evitar ser detectados por Estados Unidos. A continuación emergen por sorpresa para hacer simulacros de entrenamiento del lanzamiento de las cabezas nucleares que transportan. Obama debería plantear a su nuevo mejor amigo presidencial, Dmitry Medvedev, si aprovechar esta oportunidad de impedir una catástrofe inesperada realmente vale la pena.

La Marina de los Estados Unidos creó su propio Grupo de Estudio del Cambio Climático este año para trazar una "hoja de ruta" encaminada a adaptar la estructura de mando y las operaciones a la próxima creación de vías de tránsito marítimo árticas nuevas y demás cambios medioambientales. Es concebible, dicen científicos y diplomáticos, que los buques de guerra estadounidenses entre otros naveguen por el Polo Norte por primera vez en la historia apenas empezado el año 2013, cuando se abran nuevas vías de paso durante hasta cuatro semanas.

"Vemos el Ártico como el ariete del cambio climático," decía un funcionario del Pentágono implicado. "Pretendemos aplicar las cosas que desarrollamos a través del grupo de estudio más ampliamente" a todas las ramas conforme el cambio climático se convierte en la fuerza motriz de la política de defensa.

"A largo plazo, la apertura del Ártico será una mala noticia para los piratas del Indico y el Pacífico," me decía Bildt citando estudios que predicen que el periodo de tránsito para las fuerzas navales de rescate estadounidenses y europeas -- así como la navegación comercial -- con destino a esas zonas podrá limitarse a la mitad o la tercera parte tan pronto como se abran las nuevas vías marítimas.

"Pero por supuesto también son malas noticias para la gente que vive en las Maldivas" y en las demás zonas que se enfrentan a la inundación por el ascenso del nivel de los océanos, continuaba. "Entramos en una nueva era de diplomacia relacionada con el cambio climático."

El Ártico es un mar congelado rodeado de cinco países limítrofes: Estados Unidos, Rusia, Canadá, Noruega y Dinamarca (en representación de Groenlandia). Las reclamaciones enfrentadas de las fronteras territoriales -- entre Estados Unidos y Canadá en particular -- pasarán a primer plano en virtud de la servidumbre comercial y militar de la zona.

Mejorar las relaciones con Rusia ayudará. Pero eso no es un objetivo final. Obama debería empujar al Congreso a ratificar con rapidez la largo tiempo aparcada Ley del Tratado Marítimo. El tiempo, y los vaivenes del calentamiento global, no esperan a ningún presidente.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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