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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

España vergonzosa

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 5 de julio de 2009, 07:10 h (CET)
Dicen las malas lenguas habituales que José Bono, supremo califa de las Cortes, ha tenido que emitir una fatwa pidiendo al público visitante de la sede de la soberanía popular que se vista correctamente o al menos que se vista. Siguen diciendo los dobles filos de costumbre que un visitante quiso pasearse por la Casa de la Soberanía Española (ya me gustaría que se llamase así habitualmente) con pantalón corto, chancletas y camiseta de tirantes. Somos gilipollas, qué le vamos a hacer.

Hemos decidido que en España todo vale, algo falló en la conciencia popular cuando la Transición y todos empezamos, por ejemplo, a llamarnos de tú como si fuésemos amiguetes de toda la vida. Entrábamos a un autobús y saludábamos (en el excepcional caso de que lo hiciéramos) con unos modos de colegueo que hicieron furor entre todos nosotros. Cualquier desconocido tenía derecho a tutearte y como tú no correspondieras de igual manera quedabas inmediatamente tachado de pobre facha imperialista que qué se habrá creído ese gilipollas si todos somos iguales, oyetú.

Y no nos paramos ahí. No sólo todos éramos por real decreto popular exactamente iguales, sino que sin quererlo nos habían igualado por abajo. No éramos todos iguales al catedrático de universidad, sino que todos éramos iguales al bruto del pueblo, catedrático universitario incluido. Que una cosa era ser iguales, que no, oigausté, y otra tener los mismos derechos esenciales, que sí, eso sí.

Y puesto que todos éramos iguales, viva la madre que nos parió, ya todo daba igual. Y empezamos una decadencia de costumbres y maneras que nos ha llevado sin parar a pasearnos por las Cortes como quien va a la charcutería a por cuarto y mitad de jamón de York “que tiene menos colesterol”. Al colegueo con las antiguas autoridades sociales, digamos para simplificar extraordinariamente que me refiero al cura, al maestro y al boticario de antaño, hemos unido la marranería como uso social habitual. ¿Cuántas veces ha visto usted entrevistas a personajes de la farándula (cito expresamente a Miguel Bosé porque me acuerdo perfectamente de la circunstancia, pero como él hay muchos más) en la que el entrevistado aparecía afectadamente descuidado, exhibiendo barba rala de tres días de cuidadoso abandono? Pues causó furor y cundió el ejemplo. Ir limpio y afeitado pasó a mejor vida y la cosa siguió hasta que llevar corbata pareciera fuera de lugar y propio de eclécticos varones, de clasistas burgueses que buscan marcar distancias con el populacho.

Ya nos parece normal entrar en un restaurante y tener que comer al lado de un sudado y malencarado padre de familia de greñas prolongadas hasta los hombros, pantalones por las ingles y camiseta de jugador de baloncesto, que hemos pasado de ser un país de rudos segadores de estepa a excéntricos baloncestistas multimillonarios. Eso sí, sólo si la camiseta es de la NBA y lleva la bandera de los Estados Unidos (“No, la española, no, facha yo no, faltaría más”) y alguna referencia a Los Ángeles o Niu Yor. Esto es un avance social, estoy convencido, que antes la camiseta era una nuestra, cuanto más usada mejor, y ponía “Villarrubia del Páramo. Fiestas de la Virjen. Peña los borrachos”. Falta de ortografía incorporada, por supuesto.

Eso lo da la cultura. Bueno, la incultura, quiero decir. Que en España hemos confundido los derechos con los torcidos, el poder con el querer y el saber con el “lo ha dicho la tele”. Y es que la cultura la impone la Tele, sí, con mayúscula. Lo ha dicho el informe reciente del defensor del menor de la comunidad de Madrid, el poder que tiene la tele. Que es que la tele la educadora de millones de jovencitos que ven con normalidad el sexo intrascendente, el sexo de alumnos y profesores, la faltas de respeto a todo lo que represente poder (padres, ancianos, profesores), la falta de autoridad y la falta de responsabilidad. Porque lo ha dicho la tele. O sea, la superficialidad de la vida, la futilidad de todo lo que no sea egoísmo y “es que yo tengo derecho a”. De “tengo la obligación de” nadie habla.

¿Que por qué mezclo todo esto de la tele con lo anterior? Porque me da la gana, porque es verdad y porque todo ello es consecuencia de una torpérrima evolución social que no se ha detenido ni se va a detener, maldita sea. Sí, ya sé “torpérrima” no existe y además es un término “forgiano”. Sí, pero es clarificador.

Dentro de poco los jueces administrarán justicia en camiseta, los policías irán en chanclas y los maestros darán clase en pantalón corto. Al tiempo.

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