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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El señor Utrera Molina, un caballero español y un valiente

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 2 de julio de 2009, 07:33 h (CET)
Es difícil encontrar, hoy en día, a personas que tengan el valor de mantener sus principios, darlos a conocer y exponerse, por añadidura, a que la parafernalia progresista, que está infestando nuestro país, se le eche encima como jauría rabiosa de licaones hambrientos. Sin embargo, se agradece, sí señores, que en medio de esta masa de ciudadanos que no han tenido inconveniente alguno en abjurar de sus mayores, que después de medrar durante el gobierno del general Franco, muchos de ellos comiendo del comedero de sus instituciones; surja la voz limpia de una persona, una ilustre persona, debo añadir, que sin ambages y con prístina claridad defiende a una persona fallecida que para muchos, muchos de ellos sin apenas conocerle, se ha convertido en la imagen del mal, cuando si no hubiera sido por él en estos momentos España sería una más de las naciones que hubieran orbitado, desde la finalización de la Guerra Civil (1939), bajo la zarpa comunista de la antigua Unión Soviética. Nadie debiera olvidar que el último gobierno que se sostuvo en España, antes de que se finalizara la contienda española, fue el del comunista doctor Negrin uno de los protegidos de la Unión Soviética y el causante, por su empecinamiento en prolongar inútilmente la lucha, de que muriera en el frente mucha más gente de la que ya había sido masacrada por causa de la contienda civil.

Resulta bochornoso ver a la cantidad de renegados del franquismo que, por intentar sacar provecho de la situación, han abjurado de sus padres, parientes e incluso de etapas anteriores de sus propias vidas, para apuntarse a las nuevas tendencias. No me cansaría de decir nombres de estos artistas que hoy presumen de “progres”, que no tuvieron inconveniente alguno en participar en fiestas patrocinadas por el general Franco o por su esposa, la señora Polo. Nadie rechazaba una invitación del Pardo y no me vale que ahora argumenten que fueron forzados a hacerlo, porque todos los que por entonces estábamos gozando de nuestra juventud, sabemos positivamente que la mayoría, si no todos, consideraban un gran honor ser recibidos por el general. Pero ya se sabe, las conveniencias, el temor a ser tachados de derechas, los negocios etc. convirtieron a franquistas declarados, en desertores cobardes, en “san pedros” de pacotilla prestos a negar cuantas veces fuere preciso sus antecedentes en el anterior régimen. Es difícil encontrar personas, como el señor Utrera Molina, que sigan siendo consecuentes con sus ideas y. a la par, sean capaces de mantener lealtades que, a veces, pueden resultar incómodas, pero que dan la talla y la grandeza moral a aquel que sabe mantenerlas.

El epicureismo, la cobardía, el egoísmo y la falta absoluta de referentes morales que hoy tan extendidos están en la sociedad, no indican nada más que el materialismo, el afán de vivir intensamente una vida carente de otros alicientes que no sean los goces físicos, la vagancia y la necesidad de explotar todos los resortes, sean legales o ilegales, de la existencia; ante el convencimiento de que no existen valores metafísicos y que todo lo que no se aproveche en esta vida ya nunca podrá ser disfrutado, constituyen el cáncer de nuestra actual sociedad. Esta filosofía del relativismo moderno es la que lleva a aberraciones como promover el aborto sólo para que las mujeres no tengan que criar a sus hijos o no puedan seguir disfrutando, sin obstáculos molestos, de una vida basada en la libertad absoluta y en el disfrute a tope de los placeres mundanos. Para esta clase de gente, para estos que quieren convertir una rareza de la naturaleza en algo usual y, por si fuera poco, recomendable; para estos miles de personas para los cuales no hay suficientes armarios en toda España de los que salir; que se han decidido hacer apología de su vicio; es evidente que todo lo fijan en quererse justificar ante el resto de la ciudadanía, para lo cual acuden a la sinrazón de exhibir su anomalía sexual como si este concurso de máscaras, disfraces, ostentaciones libidinosas y carteles contrarios a la religión y a la Iglesia, fuera algo más que un triste espectáculo, una vulgar parodia y un revival de la triste decadencia del Imperio Romano, que fue víctima de su propia degradación moral y de sus costumbres disolutas.

Pero señores, estos son los que coloquialmente podríamos definir como “los que cortan el bacalao”. Todos exigen sus derechos, todos aspiran a lo más alto, todos se creen en posesión de la verdad, pero pocos asumen sus responsabilidades, pocos se esfuerzan en alcanzar la perfección y en trabajar para conseguir sus metas. Y les voy a dar una pista para que puedan deducir de ella lo que les parezca. La generación de la postguerra tuvo que vivir en una época de carencias, de estrecheces, de salarios bajos y muchas horas de trabajo; unos tiempos de miseria y de aislamiento exterior ; no obstante, eran otras generaciones que supieron superar y grano a grano las dificultades, consiguieron salir de la nada y prosperar gracias a su dedicación y esfuerzo. Estas generaciones no quisieron que sus hijos tuvieran que pasar por sus mismo problemas y aquí, señores, en la manga ancha, en las facilidades que les dimos, en los sacrificios que se tuvieron que hacer para que pudieran estudiar e ir a la universidad; para salir de las estrecheces y pudieran gozar de un nivel superior al que tuvieron sus padres; aquí, repito, es donde seguramente fallamos. Estas nueva generaciones se lo han encontrado todo hecho, han podido estudiar lo que han querido, han tenido trabajo fácil, de niños han disfrutado de toda clase de juguetes y de mayores motos y coches; todo ello sin tener que esforzarse para conseguirlo. No hay joven que no se considere con derecho a una casa en propiedad a los veinte y tantos años, sin que tengan en cuenta para nada que sus padres no lo consiguieron hasta que, a fuerza de ahorrar y de sufrir privaciones, cuando ya eran mayores, lograron adquirir su primer piso y su Seat 600 (todo un lujo).

Es evidente que, a estas alturas, cuando el torrente corre desbocado ladera abajo, ya no hay quien frene la inercia que arrastra a nuestra sociedad hacia metas que no se nos antojan las adecuadas para las futuras generaciones pero, en este caso, deberíamos considerar que ha sido la propia ciudadanía la que, cegada por la busca del Vellocino de Oro, ha elegido el camino fácil y a los gobernantes que les supieran conducir por él, ignorando que no existen rutas sin escollos y que la humanidad está condenada al trabajo para sobrevivir. Pero el hecho de que, todavía, en España existan personas con sentido común, seres con amplitud de miras y plumas capaces de escribir textos con prosa de lujo; a los pocos que todavía quedamos que no hemos sido corrompidos por el virus de la modernidad materialista y relativista, no llena de gozo y nos alegra el corazón, aunque, también es verdad que tan útil víscera se nos llena de nostalgia viendo lo que fue nuestra patria en manos de otros gobernantes, cito a Suárez y a Aznar, y en lo que ha quedado convertida gracias al actual gobierno.

Señor, excelentísimo señor, don José Utrera Molina, gracias, muchas gracias por su generosidad, su valentía y su pundonor. Los que todavía conservamos el amor a la patria le agradecemos que haya sabido romper una lanza a favor de la verdad y en contra de la manipulación torticera de esta izquierda casposa, incapaz de comprender la grandeza y la responsabilidad de ser un ciudadano español. Ha sido un honor leerle.

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