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Etiquetas:   La linterna de diógenes  

Memoria selectiva

Luis del Palacio
Luis del Palacio
martes, 30 de junio de 2009, 04:43 h (CET)
Una injusticia que forma parte de lo más íntimo de nuestra especie es la forma en cómo se perpetúa la memoria de los muertos. De los periodos históricos quedan los “grandes nombres”: ¿fue Keops quien construyó la Gran Pirámide? ¿O fueron sus arquitectos y los miles de trabajadores que la levantaron los que hicieron posible la monumental obra, siendo el faraón un mero tirano sin otro mérito que su megalomanía? ¿Quiénes edificaron las grandes catedrales góticas, la Muralla China o el Taj Mahal? ¿Quiénes fueron los pioneros que, desde Europa, descubrieron y se asentaron en el Nuevo Mundo? … La pregunta –siempre la misma- podría repetirse hasta casi el infinito, porque no existe empresa humana en la que no hayan participado incontables seres anónimos cuyos nombres y hechos han sido irremediablemente olvidados.

Sólo algunos artistas y determinados científicos se libran, junto con los reyes, ciertos políticos y algunos criminales, de esta injusticia contra con la que no cabe luchar porque en todo nos excede. Uno debe conformarse con que el tiempo acabe por tragarse la propia biografía y al final resignarse, como el personaje de Niebla, la “nivola” de Unamuno, a no ser inmortal.

Y, sin embargo, es inevitable revolverse un poco en esta duermevela de verano, cuando se piensa que gentes que no lo merecen figurarán en los libros de historia y que lo que hicieron o dejaron de hacer será comentado por muchas generaciones. De los malos, malísimos, cabe citar a tres grandes monstruos contemporáneos: Stalin, Hitler y Pol-Pot (Existen otros, coetáneos y patéticos, pero dejo que ustedes les pongan nombre) Muchos son la causa directa de tanta zozobra, de tanto malestar.

Nadie puede discutir que aquellos que han contribuido al progreso de la Humanidad merecen un huequecito en la memoria colectiva ¿Quién podría negarles ese derecho a Flemming, a Madame Curie, a Newton; y del lado de los artistas, a Shakespeare, al Giotto, a Bach?… Por citar azar sólo unos pocos nombres.

En todas las épocas la gente ha alabado a algunos y vituperado a otros; y muchas veces existe un acierto en el instinto popular. En una obra de ficción, El Perfume, de Patrick Süsskind, se ve cómo el protagonista es amado hasta el delirio por una horda que terminará linchándolo cuando descubre que aquel ser absurdamente idolatrado era, en realidad, un perverso asesino.

El juicio de la masa – de la que todos formamos parte, nos guste o no- es, aun así, arbitrario y tiende a consolidar esa injusticia de la memoria, de lo que queda y de lo que se desvanece.

La muerte de un ídolo de masas conmueve más que la caída de un avión con más de doscientas personas. A Michael Jackson le lloran millones de personas que nunca le conocieron; las víctimas del atentado en un mercado en Bagdad sólo serán recordadas por sus parientes y amigos.

¿Por qué la gente ensalzará durante muchos años la magnífica obra de Vicente Ferrer y ya ha olvidado la de aquel obispo (monseñor Alejandro Labaka) que murió acribillado a flechazos en la selva amazónica, cuando trataba de defender los derechos territoriales de unas tribus amenazadas por la implacable expansión industrial?

Nadie lo sabe.

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