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La honradez de los políticos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 29 de junio de 2009, 04:48 h (CET)
Decían machaconamente el otro día los opinadores habituales de un debate televisivo que “no todos los políticos eran corruptos”, aunque a alguno de vez en cuando se le escapaba y tenía que corregirse, por las consecuencias judiciales en que pudiera incurrir. El debate surgió al hilo del caso Gurtel, pero en cuya estela llegaron otros muchos escándalos, los cuales salpicaban a todos los partidos. No; yo no creo que todos los políticos estén corruptos, pero sí creo que todos los políticos son corporativistas, viendo la paja en el ojo ajeno y negándose a ver la viga en el propio.

La clase política española, en el mejor de los casos, me parece lamentable, corporativista y sin credibilidad. No importa lo que digan: seguro que es mentira. Es una opinión, claro, pero avalada por lo dicho en el primer párrafo y secundada por los hechos de cada día. Para mí que los partidos son chiringuitos y que a los políticos les importan sus partidos, sus coleguis, sus compis de bancada, pero no tanto España, y es esto lo que me parece más lamentable de todo. No creo que un estadista, por ejemplo, pudiera sostener al Vicepresidente Tercero después de lo que ha pasado con lo de su nena, ni siquiera a alguien con las manos poco limpias por ser arte y parte, como a la señora Sinde, a una ministra pacifista de Defensa, como la señora Chacón, o incluso a alguien que, además de atropellar la lengua y la razón, cada día sale con una pepla más ridícula que la anterior, como la señora Aído, la de miembros y miembras. Por mucho menos, habida cuenta de lo que representan, deberían ser exiliados a las Chimbambas.

Pero no son distintos los otros partidos, como por ejemplo el PP, a quien se le llena la boca denunciando los desmanes ajenos y cierra filas entorno a sus propios casos, invocando derechos que a los demás no respeta. Ya digo que no creo en ningún político, entre otras cosas porque vivo en España desde hace más de cincuenta años... y pienso. Como autor no milito, no me mueve un partido sobre otro, no miro sesgado la realidad, no tengo prejuicios de unos sobre otros y, como pienso, sé que pocos o nadie de este país, incluidas sus señorías, sabrían decirme quién pronunció algunas palabras o algunas frases más o menos célebres si no antepongo las siglas del partido. Ahora, eso sí, si digo qué partido lo pronunció, aunque fuera un atropello, dan la vida por ella o por ella serían capaces de quitarla.

Más de cincuenta años como independiente y observador riguroso, que además escribe, anota y guarda —y hasta publica: les sugiero Sangre Azul (El Club), donde van a encontrar juntitos los principales titulares de nuestra Historia reciente—, son muchos años. Uno les ha visto a todos estos y a los retirados decir digo y Diego, hacer y deshacer, gorrear y mangonear y tantas cosas, que sabe que de sobra que no hay por dónde cogerlos. Se habla del caso Gurtel ahora, pero nunca dejó de haber casos Gurtel, y esos sólo son la punta del iceberg. Por debajo de la superficie de aparente tranquilidad, está lo grueso del cubito.

Lo cuento en Sangre Azul. Decía un alcalde franquista de un pueblo gallego en las primeras elecciones democráticas, allá por los finales de los setenta: “Votadme a mí, que ya tengo prados, y vacas y dinero.” No lo hicieron y ganó la oposición de entonces, liándose la que se pueden imaginar. Cuatro años después, ganó el ex alcalde franquista, y, si no se ha muerto, seguirá en la regencia de su pueblo. Más o menos es lo que ha pasado en casi todos los pueblos, o vayan si no a pedir una simple licencia, o débanle algo a su consistorio, ahora que pueden meter las manos en su cuenta, y verán lo que vale un peine.

Que me perdonen sus señorías por tener memoria. Son ellas, sus señorías y sus partidos, los que hicieron pasar a este país de poco más trescientos mil funcionarios de plumilla y caligrafía preciosista a cinco millones de ídem, pero dotados con la más puntera tecnología, aunque su inoperancia hoy linda con el prodigio. Podríamos hablar de los cinco derechos fundamentales que garantiza la Constitución, y, a poco que fuéramos independientes o razonables, veríamos con inefable amargura que hoy todos están mucho más lejos que allá por los setenta. Ahora, eso sí, ¡cómo se han multiplicado los ricos-ricos y cómo han perdido derechos los trabajadores! Para quien viva en España, lo que digan unos u otros políticos es indiferente. Seguiremos todos votando contra alguien, que es lo único que nos mueve.

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