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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Obama y las tablas de la Ley

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 29 de junio de 2009, 04:22 h (CET)
Todo General estudia los errores cometidos durante el conflicto bélico más reciente, y el estilo del Presidente Obama se ha visto muy influenciado por las dificultades de la presidencia Clinton.

En concreto, Obama se ha abstenido de presentar al Congreso sus propios planes grabados en "tablas de la ley," una fórmula muy apreciada por el consejero veterano David Axelrod, y en su lugar le deja espacio para legislar.

El presidente ha sacado mucho en limpio, incluyendo una reciente ley de estímulo y leyes que regulan la cobertura sanitaria de los menores, la regulación del tabaco y la discriminación laboral que, en momentos menos excitantes, se habrían visto como hitos.

Pero la ley de estímulo no fue ni buena ni tan ambiciosa como tendría que haber sido, y tuvo lugar un caos legislativo provocado por el esfuerzo de Obama por clausurar la cárcel de Guantánamo.

Y después está su campaña maestra por reformar el sistema sanitario.

El enfoque inicial de Obama de sentar los principios y dar cancha al Congreso fue la respuesta correcta al error cometido por Clinton de ofrecer una propuesta exhaustivamente detallada, sólo para verla humillada y derrotada.

Pero dos grandes problemas a los que se enfrenta ahora la reforma sanitaria sólo pueden ser solucionados en virtud de la intervención de Obama.

El primero es la ausencia de apoyo Republicano sustancial al cambio integral. Max Baucus, el presidente Demócrata del Comité de Economía del Senado, ha hecho prácticamente todo menos convertir el etanol en una receta médica desgravable con el fin de ganarse el apoyo de su buen amigo Republicano de Iowa, Chuck Grassley.

Me cuentan que Grassley, bajo enorme presión de sus colegas Republicanos para no dar ninguna respuesta, ha informado a Baucus que no puede auspiciar una ley que sólo es apoyada por otro Republicano, la sensata legisladora de Maine Olympia Snowe. Grassley necesita más cobertura de colegas más conservadores.

Esto genera una terrible dinámica en la que Grassley es empujado de una concesión a otra. Es la receta para acabar haciendo todo tipo de concesiones. Y el compromiso al que es probable que llegue Baucus no puede ser la última palabra.

Mientras tanto, los Demócratas están divididos a cuenta de dos asuntos importantes.

El primero es cómo pagar la cobertura sanitaria ampliada. Durante la campaña presidencial de 2008, Obama propuso abiertamente sufragar las nuevas propuestas de sanidad gravando las prestaciones sanitarias existentes. Los aliados de los Demócratas en los sindicatos están dispuestos a ir a la guerra si Obama no cumple esta promesa al pie de la letra.

Los sindicatos argumentan con razón que sus miembros prescindieron de salarios a cambio de planes sanitarios más amplios. La reforma, dicen, no debería producirse a expensas de los obreros de clase media que se encuentran ya en circunstancias económicas difíciles.

Pero los demás progresistas entienden la gravación fiscal de los paquetes sanitarios, en particular los de las personas de renta elevada, como la ampliación lógica de la idea progresista de que los acomodados deben ayudar a los menos privilegiados. Algunos progresistas también temen que si se financia la sanidad mediante subidas fiscales más genéricas, esas cargas serán imposibles de asumir más tarde cuando llegue el momento de controlar el déficit sin recortar programas.

Después está el asunto de proporcionar un plan sanitario público como alternativa al mercado reformado de seguros.

Obama estaba en lo cierto al ofrecer una defensa clara del plan público la semana pasada. "Si las aseguradoras privadas afirman que el mercado proporciona las salidas de la mejor calidad," decía, "¿por qué se supone que el gobierno -- de quien ellas dicen no puede dirigir nada -- va de pronto a expulsarlas del sector?"

Y aquellos que se denominan conservadores fiscales deberían ser los partidarios más firmes de la opción pública, puesto que proporciona la mejor opción de controlar los gastos de la cobertura universal.

Hay progresistas (incluyendo probablemente a Obama) que prescindirían del plan público a cambio de una ley de cobertura universal si incluyera normas genuinamente inflexibles impuestas a las aseguradoras. Lo que se debería evitar a toda costa es un plan público falso jalonado de tantas excepciones que estaría condenado al fracaso.

Mi propia elección sería una ley con un plan público fuerte financiado mediante subidas fiscales a los americanos más privilegiados. Aún así, hay muchas vías a la cobertura universal -- la reciente propuesta de los antiguos líderes el Senado Tom Daschle y Bob Dole merece más atención de la que recibe -- y será necesario algún compromiso.

La clave es que no se debería permitir que ningún compromiso socavara los objetivos a largo plazo de asegurar a todo el mundo y controlar el gasto. Las concesiones hechas por motivos puramente políticos podrían dar lugar a una aberración de ley imposible de aplicar.

Y ese es el motivo de que Obama tenga que tomar una decisión ahora. Debería endurecer la estrategia negociadora de Baucus, y tendrá que mediar entre los izquierdistas. No necesita las tablas de la ley, solamente una voluntad de acero.

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Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

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