Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Panic "R" us

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
lunes, 29 de junio de 2009, 04:20 h (CET)
Desde sus primeros días, los Estados Unidos han sufrido crisis financieras periódicas. La primera data de 1792. Durante el siglo XIX, los episodios de pánico bancario se sucedieron con regularidad. Después, por supuesto, vino el gran descalabro bursátil de 1929 y la quiebra de las dos quintas partes de las entidades bancarias de la nación durante la Gran Depresión. Ahora estamos en mitad de otra crisis. Sería tranquilizador pensar que las “reformas” financieras acometidas por la administración Obama – o, en la práctica, cualquier alternativa concebible – evitarán estos derrumbes para siempre. Ni en sueños.

Cada crisis financiera tiene su origen en un fallo de la imaginación. No es que, antes de las crisis, nadie augure los problemas, los "excesos" y las pérdidas. Normalmente hay avisos. Pero lo que se pasa rutinariamente por alto son las interconexiones fatales que elevan los problemas a la categoría de pánico. La gente se deja llevar por el pánico porque el futuro se vuelve oscuro. No sabe qué esperar, y de esa forma espera lo peor. Los mercados se precipitan al vacío sin control.

La presente crisis no estalló simplemente porque los préstamos "de riesgo" sufrieran pérdidas inesperadamente elevadas, ni siquiera porque muchos de estos préstamos fueran "titularizados" a través de valores complejos, explica el economista de Yale Gary Gorton. El quid de la cuestión, dice, fue el derrumbe del mercado "de recompra." El término se debe a las llamadas "operaciones de recompra" -- préstamos a corto plazo (una sesión normalmente) que exigen que el prestatario aporte garantías subsidiarias (títulos normalmente) a cambio de los fondos; las garantías son entonces "recompradas" a la amortización del préstamo.

Nadie conoce con exactitud el tamaño del mercado de recompra; Gorton piensa que rondará los 10 billones de dólares en condiciones normales. Los bancos dependían acusadamente de los préstamos concedidos bajo estas operaciones, los cuales eran renovados de forma rutinaria. Pero cuando surgieron dudas en torno a los títulos de riesgo de los bancos, el mercado de recompra fue presa del pánico. Los préstamos se esfumaron o se encarecieron. Privados del crédito, Bear Stearns y Lehman Brothers quebraron; las demás instituciones quedaron expuestas. Casi nadie se esperaba el caos; una vez que estalló, las pérdidas considerables -- pero asumibles – evolucionaron en crisis.

Durante una crisis, el gobierno es el último bastión frente al derrumbe financiero total. Es la principal excusa de la regulación. Que no se puedan evitar todas las crisis no significa que no se pueda evitar algunas. Aunque complejo, el plan Obama ampliará esencialmente la regulación de tres formas.

En primer lugar, dará competencias a la Reserva Federal para designar a ciertas instituciones financieras (presumiblemente, Citigroup y Goldman Sachs y similares) como tan importantes como para que su quiebra "plantee una amenaza a la estabilidad financiera." Estas instituciones se enfrentarán al cumplimiento de normas de mantenimiento de reservas contra el riesgo más estrictas -- siendo el capital principalmente la inversión de los accionistas. Más capital proporcionará un colchón más mullido frente a pérdidas y una crisis.

En segundo, se creará una Agencia de Protección Financiera del Consumidor para vigilar las prácticas de préstamo poco éticas y garantizar que los formularios de los préstamos hipotecarios, los préstamos al consumo y los demás tipos de créditos al consumo son legibles. (La Comisión de Valores y Cambio seguirá teniendo el control de los mercados bursátiles.)

En tercer lugar, alterará parte de las normas de los mercados financieros. Por ejemplo, las financieras que emitan valores titularizados -- paquetes de hipotecas, préstamos a la compra de automóviles y demás créditos -- estarán obligadas a ser titulares del 5% de los valores emitidos. Al tener parte de los títulos, se defiende, el vendedor examinará más detenidamente los préstamos implícitos en el paquete.

Aunque estas propuestas suenan sensatas, contienen desventajas potenciales. Escribiendo en el Wall Street Journal, Peter Wallison, del American Enterprise Institute, argumenta que las mayores instituciones financieras se convierten así en las ramas favoritas y protegidas del estado. "Las firmas mayores exprimirán a las pequeñas," decía. La regulación en defensa del consumidor suena estupenda. Pero si las protecciones son engorrosas y caras, paradójicamente, el crédito al consumo se encarecerá. Los agentes de crédito compensarán elevando los tipos de interés o prestando exclusivamente a los prestatarios de menor riesgo.

En cierta medida, cierta reducción del sector financiero es sana. Absorbió demasiada de la materia gris de América al tiempo que seguía estrategias que, en retrospectiva, distribuyeron inadecuadamente las inversiones de capital de la nación. Pero la sobrerregulación reviste riesgos. Puede desalentar la exposición al riesgo imprescindible para la expansión económica sólida.

Al margen de como termine el debate, la regulación no es la panacea frente a futuras crisis. La idea de "agentes reguladores ilustrados" mucho más perspicaces que los banqueros, los corredores y los gestores a los que regulan es una ficción. A principios de 2007, cuando habían emergido los problemas de las hipotecas de riesgo, pocos reguladores o economistas anticiparon una debacle financiera más extendida. No anticiparon la inminente reacción en cadena. El problema no fue una ausencia de regulación; fue la ausencia de imaginación.

De manera que la próxima crisis podría salir de cualquier parte -- quizá de las locuras del gobierno, no del sector de las finanzas. Entre el presente y el año 2019, la deuda federal estadounidense podría alcanzar los 11 billones de dólares, según proyecta la Oficina Presupuestaria del Congreso. Los títulos de la deuda pública estadounidense son la piedra angular del sistema financiero global; se consideran seguros y sólidos. ¿Qué pasará cuando la saturación de títulos haga perder la fe a los inversores? ¿Cuáles serán las implicaciones? Buenas preguntas. Las semillas de la próxima crisis casi seguro no estarán entre los escombros de la anterior.

____________________

Diario SIGLO XXI dispone de los derechos de publicación en exclusiva para medios digitales españoles de este y muchos otros columnistas del Washington Post Writers Group.

Noticias relacionadas

Inexorable Fin de la Farsa del “Sahara Occidental”

En 1975 un pueblo desarmado derrotó al último aliado de Hitler y Mussolini que seguía delirando tres décadas después de la disolución del Eje

Respeto a la Presidencia del Gobierno

'Avanzamos' como eslogan de bienvenida

Y vuelta a las andadas

Golpean el hierro en frío

La inclusión como camino: hacia una construcción de la “diversidad inteligente”

La fórmula debe ser la inclusión como camino del desarrollo

El acto de leer

Dignifica y al dignificar permite que las personas vuelen
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris