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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

No es necesario

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
sábado, 27 de junio de 2009, 22:48 h (CET)
No, ni pensarlo, no es rigurosamente necesario transformarse en un PÉTALO, para percibir la fragancia o los efluvios de la rosa. Ni para intuir la profundidad de sus esencias físico-quimicas. Tampoco lo es para quedar ensimismado por sus aromas, por su belleza o por su encanto. Son cosas que se transmiten como a través de unas artes mágicas. Pues bien, algo así sucede con muchas otras cosas y situaciones, que no se precisan grandes organizaciones o estudios para percibirlas, se manifiestan espontáneamente con una claridad impoluta. Algunas, como la rosa, son fantásticas, nos trasladan a las excelencias, a las maravillas de la Naturaleza. También, por desgracia, chocamos a diario con actitudes, hechos y desastres, de todos los calibres.

No es necesario, no, llegar a convertirse en el monstruo de las cavernas, para que la sutileza de la MALDAD circule por el interior de una persona, que alcance perfiles auténticamente malvados y tétricos; pese a la quietud o el silencio, el germen malvado encuentra pronto la vía libre a través de los cerebros. Por ahí va el trasunto de este comentario. ¿Cómo lo percibimos? ¿Querremos verlo como una realidad ubicua? ¿Simplemente, lo ignoraremos? ¿En qué derivan sus andanzas?

No es un requisito imprescindible estar en plena acción, la práctica directa de una trampa o felonía; para que pueda considerarse un FELÓN redomado. La trastienda le permite el trasiego previo de esas ideas desleales, matiza su relación con otras actitudes y participa de lleno en la personalidad de ese sujeto. La ejecución final de las acciones, apenas supone un paso más. También hay traiciones inconclusas. Durante su desarrollo se presentan muchas variantes. Compañeros, vecinos, correligionarios, son escenarios propicios para su culminación.

Aunque alguien no esté manchado de sangre materialmente; pudiera tratarse de un SANGUINARIO cruel. Quien se mancha, no siempre es el más implicado. Por eso escapan las cabezas con la frialdad suficiente para pergeñar represalias y agresiones con derramamiento de sangre, son el verdadero núcleo de las atrocidades. Descubrimos casos con frecuencia, y en determinadas zonas y paises proliferan.

Pasa lo mismo con el TIRO en la NUCA. No es necesario ser el ejecutor del disparo o de la colocación de la bomba, para llevar en lo más hondo de su mente retorcida, la crueldad del terrorismo. Algún vecino de apariencia tranquila es capaz de aportar datos que faciliten la acción, mezclado entre las actividades normales de la gente. O quien lanza la idea activadora de semejante barbarie, quedando escudado después en el anonimato, cuando no sucede algo peor, ocupando cargos de representación democrática. Los matices tenebrosos asquean en cada caso.

Si Freud desapareció y queda casi anticuado, obsevaremos que tampoco es preciso ser freudiano convencido. Sin alardes de esas características, puede que seamos la viva encarnación de las pulsiones de apoderamiento y DOMINIO, sobre las cosas y sobre las vidas ajenas. Desde las más elementales, sexuales, otros deseos, a los grados intensos de aplastamiento de los prójimos. Es como un ansia que no tiene fin. Aunque uno no lo profese de forma explícita, puede comportarse como uno de los dominadores abusivos, a veces solapados, incluso con apariencias engañosas de todo lo contrario. El freno y el equilibrio, en esto como en otras actitudes, se verán influidos por factores complejos. Las consecuencias podrán ser tremendas.

En otro orden de actividades, no es necesario tener esclavos en el sentido típico y antiguo del término; para ser partícipe del ABUSO ejercido sobre algunos trabajadores, sobre todo con la amenaza implícita en los empleos precarios. Es habitual el desempeño de estas presiones en trabajos temporales, en torno a interinidades con todos los matices. Con el agravante, si eso se produce en empresas fuertes, públicas, semipúblicas o pujantes. No tendrá sentido, no lo necesitan, pero la ambición no tiende a limitarse, y el miramiento hacia las víctimas de dichos procedimientos no se convierte en hábito. La mentalidad de amo absoluto es asidua, y tolerada en exceso.

Nos quedamos satisfechos pensando que no somos un FANTASMA, podremos llegar a pensar que no existen; pero, a que resulta patente como podemos colaborar a su circulación de unas mentes a otras. Esa tendencia suele mezclarse con alguna de las anteriores, abusos y dominios, engaños e insidias. Se defienden memorias irreales, mofándose de lo histórico; se presentan como reales figuras que no existieron; se silencian acontecimientos con el ánimo de que pasen desapercibidos. Existe una gran aficción a ese manejo fantasmagórico de los sucesos y personas. Hay muchas maneras de provocación y de instauración, de colaboración, dirigidas a las mayores irrealidades; sin asomo de sorpresa, con esa displicencia interesada, capaz de colaborar con casi todo, hasta con lo execrable.

Verán que no es necesario estar en una isla desierta, AISLADO, luchando por la estricta supervivencia. Uno percibe como queda al margen, desconectado en exceso de los entornos. Por una motivación propia, la desidia y la poca valoración de lo que pase a los demás, sean niños hambrientos, víctimas de algún desastre o simples conciudadanos; nos desentendemos de todo con facilidad. La desconexión también se origina por el interés de las grandes instituciones y de los dirigentes mediocres; a quienes no les convienen los ciudadanos implicados, participativos; a sus tramoyas les sirven mejor los individuos indolentes, como un relleno dócil.

Cada día apreciamos que no es necesario ser un PARLAMENTARIO, para percibir pronto y con naturalidad los alejamientos de dichos representantes, hasta colocarse en las antípodas de las necesidades del ciudadano corriente. En espiral poco afortunada, sus apoyos y componendas no confraternizan con los sentimientos y penalidades comunes. La traición deja desasistido al ciudadano, no le prometieron eso y le atosigan con argumentos engañosos. Es fácil detectar esa desconexión, es patente. Sin embargo, destaca la excesiva tolerancia con la que se contemplan esas conductas. No se explica la falta de una reacción adecuada a tamaña traición.

Con los citados ejemplos se manifiesta como embrollamos los razonamientos sin ninguna necesidad, se veían los resultados y consecuencias antes de salir de casa. Si estos desconciertos crean DESAZÓN, también son de viejo cuño. Usando palabras de Pablo Neruda, la herida si se hace vieja se amustia. Ahora bien, si el poeta responde ¡Fastidio, fastidio, fastidio!; añado que ese es un primer paso, pero insuficiente en el caso de quedarse en eso. Es preciso y reconfortante darle su importancia a lo evidente, sencillo y claro. Es condición imprescindible para un buen progreso.

La sencillez de un razonamiento, su verdad, permite alcanzar las mejores metas. No conviene ofuscarnos con las altisonantes palabrerías, con los excesivos tecnicismos. Las mejores éticas no nacen de lo ampuloso, crecen en los jardines pequeños.

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