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Etiquetas:   ONG   Social   -   Sección:   Opinión

Romper las cadenas para ir del exilio al reino

Decepcionan muchas de las cada vez más confusas y burocratizadas ong que no puedan valerse por sus propios medios al convertirse algunas en nichos de empleo
José Carlos García Fajardo
martes, 31 de mayo de 2016, 00:33 h (CET)
Por desgracia, queda lejos el espíritu que animó a las llamadas organizaciones no gubernamentales. Muchas de ellas son de hecho “paragubernamentales” cuando no manos pardas de empresas y de sistemas financieros con ingeniería de casino, cuyas subvenciones reciben al haber renunciado a valerse por sí mismas con las aportaciones de socios, así como de los voluntarios que no pueden limitarse a entregar unas horas de su tiempo libre.

Decepcionan muchas de las cada vez más confusas y burocratizadas ong que no puedan valerse por sus propios medios al convertirse algunas en nichos de empleo y en sucedáneos de lo que hace unas décadas supuso una firme esperanza para decenas de millares de personas descontentas con un modelo de sociedad abyecto en manos de instituciones políticas y financieras sin alma, sin corazón y sin reaños. Fueron hermosos aquellos tiempos en que nos atrevimos a saber y a desenmascarar a explotadores sociales y movimientos sectarios aportando propuestas imaginativas con alternativas concretas para luchar contra el hambre, el desempleo, la ignorancia, las discriminaciones y las más letal de las armas de destrucción masiva, la explosión demográfica y la destrucción del medio ambiente en el que vivimos, nos movemos y somos.

Se lanzaron a la lucha con mensajes de justicia, de solidaridad y de libertad junto con la denuncia sin cortapisas ofreciendo alternativas viables, sostenibles y comprometidas. Conscientes de que las más grandes conquistas de la humanidad se hicieron realidad porque algunos se atrevieron a anhelarlos desde lo más profundo de sus seres. Todavía retumban en nuestros corazones aquellas palabras “Lo hicieron porque no sabían que era imposible”, “Pueden los que creen que pueden” y sobre todo, la firme convicción enunciada por Orwell “Si nadie nos tiene que mandar a qué esperamos”. Así nos pusimos en camino centenares de millares de personas espoleadas por el dolor y por la injusticia conscientes de que nadie sabe de lo que es capaz hasta que se pone a hacerlo, de que no somos necesarios “a pesar” de nuestras fragilidades sino precisamente con ellas porque “el otro”, sobre todo el más débil, jamás podrá ser objeto ni de nuestro amor ni de nuestra entrega ni de nuestras vidas porque “el otro”, quienquiera que sea y dondequiera que se halle y cómo se encuentre, siempre es y será sujeto que sale a nuestro encuentro y nos interpela. Y así, como quería Whitman, con mi brazo sobre tus hombros, sabiéndonos haz y envés de una misma realidad, como alas de un mismo vuelo, seremos capaces de escuchar la voz de la Gran Gaviota… la perfecta velocidad es esta allí. Y no nos conformaremos con menos porque en la tardanza está el peligro y ante el parloteo tertuliano de atónitos palurdos sin danzas ni canciones que pretenden gobernarnos sin ser capaces de ponerse ellos de acuerdo sentiremos renacer en nuestras venas toda la magia y toda la fuerza de la convocatoria del maestro Unamuno para ponernos en marcha para rescatar el sepulcro del Caballero de manos de curas, bachilleres, duques y barberos. Felizmente, no sabemos en donde se encuentra pero ya nos lo dirá la estrella refulgente y sonora. Sólo así podremos desaherrojarnos de este exilio y caminar hacia el reino de justicia, de solidaridad y de fraternidad universal con todos y con todo cuanto es y existe.
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