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1984 + 60

Jeff Jacoby
Redacción
jueves, 25 de junio de 2009, 05:24 h (CET)
MIl NOVECIENTOS OCHENTA Y CUATRO EMPIEZA con una de las primeras líneas más famosas de la literatura inglesa moderna -- la vagamente desconcertante "Era un despejado día frío de abril, y los relojes daban la una." La línea que lo termina es aún más célebre, y considerablemente más siniestra: "Amaba al Gran Hermano."

Este mes se sumplen 60 años de la brillante y amarga novela de George Orwell, pero tras todos estos años no ha perdido ni un ápice de su escalofrío de pesadilla. Su héroe es el decididamente anodino Winston Smith, un hombre débil y soñador que vive en el estado totalitario policial de Oceanía, que está gobernado por el Partido -- personificado por el Gran Hermano, cuya intimidatoria imagen está por todas partes -- y en el que la Policía del Pensamiento censura sin miramientos cualquier atisbo de disidencia. El Partido impone su voluntad a través de la constante vigilancia, la propaganda incesante y la aniquilación de cualquiera que se rebele contra su autoridad, incluso si es solamente en conversaciones o reflexiones privadas. Winston se involucra en tales delitos de pensamiento, al registrar en secreto su odio al Gran Hermano en un diario primero y a través de una aventura con una joven llamada Julia después. Con el tiempo es detenido, interrogado, torturado y domesticado.

Mil novecientos ochenta y cuatro fue la advertencia de Orwell de lo que puede pasar cuando el poder del estado es ilimitado -- una advertencia formada en los horrores de la Alemania Nazi y la Unión Soviética, con su desprecio a la vida humana y la conciencia, su culto al líder y su crueldad y engaños incansables. "No creo que el tipo de sociedad que describo llegue necesariamente, pero creo . . . que algo parecido podría llegar," escribía Orwell poco después de ser publicado el libro. "También creo que las ideas totalitarias han echado raíces en la mente de los intelectuales de todas partes, y yo he intentado llevar estas ideas hasta sus consecuencias lógicas."

Orwell en persona era un socialista decidido, e insistía en que Mil novecientos ochenta y cuatro no debía entenderse como un ataque al socialismo o los partidos de izquierdas. Y, siendo sinceros, aunque la ideología en el libro se llama Ingsoc ("Socialismo Inglés" en el lenguaje ficticio deliberadamente ambiguode Oceanía), los objetidos del Partido no tienen nada que ver con repartir la riqueza, ni con crear el paraíso proletario, ni con ninguna otra de las recetas socialistas.

"El Partido busca el poder por el poder," dice O'Brien, el funcionario del Partido que le interroga, a Winston. "No nos interesa el bienestar de los demás; nos interesa únicamente el poder. Ni la riqueza ni el lujo ni una vida próspera ni la felicidad: solo el poder, poder sin límite... Sabemos que nadie ha llegado nunca al poder con la intención de renunciar a él. El poder no es un medio, es un fin. Uno no establece una dictadura con el fin de salvaguardar una revolución; uno hace la revolución para establecer la dictadura. El objetivo de la persecución es la persecución. El objetivo de la tortura es la tortura. El objetivo del poder es el poder. ¿Empieza usted a entenderme?"

Tanto si el pobre Winston lo entendía como si no, los totalitarios (y los futuros totalitarios) de 1949 claramente lo entendían. El Pravda de Stalin hacía una crítica demoledora de Mil novecientos ochenta y cuatro por su presunto "desprecio al pueblo," mientras la publicación del Partido Comunista estadounidense Masses and Mainstream, en una crítica que titulaba "El gusano del mes," lo ponía a caer de un burro por ser "una diatriba contra la raza humana" y "carroña cínica." Pero en la mayor parte del mundo libre fue elevado a la categoría de clásico intemporal. "Ninguna otra obra de esta generación," afirmaba el New York Times en su crítica literaria, "nos ha hecho desear la libertad con mayor sinceridad ni rechazar la tiranía de manera tan tajante."

Incluso hoy, es difícil pensar en ninguna novela que pueda compararse a Mil novecientos ochenta y cuatro en su análisis de la mentalidad totalitaria. Orwell lo plasmó casi por completo: El deseo insaciable de poder. Las mentiras difundidas incesantemente como la verdad. El ataque a la libertad de pensamiento como delito y enfermedad a la vez. La corrupción del lenguaje. La manipulación flagrante de la historia. El uso de la tecnología para hacer imposible la privacidad. La represión de la sexualidad. Por encima de todo, la destrucción violenta de la identidad y la libertad individuales. "Si quiere una imagen del futuro," dice O'Brien a Winston durante su tortura e interrogatorio, imagine una bota pateando un rostro humano -- para siempre."

Desde el "Gran Hermano" a la "Policía del Pensamiento" pasando por la "despersonalización" y el "doblepensamiento," no es coincidencia que tantos términos que acuñó Orwell para Mil novecientos ochenta y cuatro -- por no hablar del propio término "Orwelliano" -- hayan pasado a formar parte de nuestro léxico de la vida sin libertad. Trágicamente, Orwell fallecía a los 46 años, apenas siete meses después de que viera la luz Mil novecientos ochenta y cuatro , pero 60 años más tarde su gran obra pervive, con su fuerza intacta y su advertencia más perentoria que nunca.

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Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe/ New York Times.

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