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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las cosas a su tiempo, despacio y con buena letra

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 25 de junio de 2009, 05:11 h (CET)
No sé a ustedes que les ocurrirá, pero a mi siempre me han preocupado estos ejemplares humanos que, de tanto en tanto, surgen de la nada con apariencia de redentores de la humanidad, de profetas investidos de un halo de aparente bondad y sentido de la justicia, especialmente de la social, para intentar convencer a sus adoctrinados de la eficacia de sus recetas infalibles, para conseguir erradicar el mal de nuestra sociedad y salvarnos a los mortales de nuestros pecados; de modo que este planeta se llegue a convertir, en virtud de sus enseñanzas, en una especie de Nirvana o Paraíso terrenal, levantando, cualquiera sabe con que clase de sortilegio, el castigo divino que se les fue impuesto a nuestros primeros padres por Jehová. Lo inquietante de estos “iluminados” es que, como sus predecesores, los miembros de aquellas sectas esotéricas del siglo XVIII, que fundó Adam Weisthaupt, en Baviera, y fueron conocidos como la “Ordo Illuminatorum” (a los que vulgarmente se los denominó como los “Iluminati”); bajo la apariencia de querer mejorar la sociedad y amparados en los principios de una reforma moral y social, encubrían, no obstante, como sus predecesores los masones y templarios, la secreta intención de erigirse en los rectores de la humanidad, imponiendo su doctrina por la fuerza o la revolución si fuere menester.

Estoy convencido de que la raza humana lleva en su propia esencia los genes de la maldad y de la bondad sólo que, según el sujeto, los unos predominan sobre los otros. Por consiguiente, cualquier empeño en querer erradicar de nuestra civilización esta parte de egoísmo, egocentrismo, debilidad ante el dolor, fatalismo, instinto de defensa y ambición, entre otras muchas “cualidades”, tengo la impresión que está condenado al fracaso y no creo, en absoluto, que esté al abasto de un grupo de privilegiados que, para empezar, deberían ser los primeros en estar exentos de las habituales taras que afectan al resto de los mortales, para, así, estar en condiciones de emprender una tarea tan gigantesca. Es por ello que no me fío del señor Obama y, ya en un plano muy inferior, de nuestro presidente el señor Rodríguez Zapatero. En ambos veo atisbos de presuntos “salvadores de la humanidad”, de esto personajes que barajan con soltura términos como: “paz” o “igualdad” o “justicia social” o “solidaridad y justicia universal”; y que los usan con frecuencia como relleno de todos sus discursos; para que calen hondo en sus oyentes y germinen en ellos de forma que surja un convencimiento íntimo de que sus propuestas son las acertadas y que el seguirlas es el único camino que conduce a la salvación de la humanidad. Yo lo denominaría crear el síndrome del “flautista de Hammelin”

Es obvio que es muy difícil fijarse, como hoy se lo denominaría, un megaproyecto encaminado a conseguir, de una tacada, convertir a la humanidad en una cobaya para experimentar con ella la erradicación de todas sus impurezas y someterla al autoclave de la depuración de cada uno de sus miembros. Esto me recuerda al proyecto del “Gran Hermano”. Por ello, cuando hoy en la contra de La Vanguardia, el rotativo barcelonés, he podido leer una entrevista a un señor, fiscal del TPI, y anteriormente fiscal en su país, Argentina, donde “presume” de haber participado en los juicios contra los dictadores de turno; he sentido una cierta incomodidad, algo así como alguien se debió sentir ante Hitler, Musolini o el mismo Stalin. Todos ellos tenía ínfulas expansionistas, todos, desde distintas perspectivas, buscaban hacerse con el domino mundial; unos fomentandp doctrinas socialnacionalistas, impulsando el instinto de orgullo por la gran patria alemana, a la que ensalzaban, en su himno nacional, con aquellas mágicas palabras: “ Alemania, Alemania por encima de todas en el mundo”, y, los otros, los comunistas, trabajando los bajos instintos, los rencores, los afanes de venganza de la clase humilde contra las clases superiores, a las que atribuían la “explotación del proletariado”, inculcando en los trabajadores el odio por sus amos como un medio para fomentar el ambiente propicio para la revolución de las masas; con evidente la intención, naturalmente, de hacerse con el poder.

El hablar de “un gobierno mundial” y el referirse como un primer escalón a “la Justicia universal” me hace reflexionar sobre la poca eficacia de unos pronunciamientos tan amplios y que abarcan tanto; tanto, que es como si quisiéramos pedir que nos trajeran la Luna a casa. Tenemos, en España, ejemplos de estos “justicieros universales. Uno de ellos, por cierto, el juez Garzón, está encausado por una de estas historias de caballerías, donde se ha encontrado, por lo visto, con los molinos de viento del Tribunal Supremo y allí se encuentra dando vueltas enganchado a las aspas de la justicia. Yo a este importante señor, fiscal del TPI, le recomendaría que no picase tan alto, que se conformase, para empezar, con arreglar la justicia de cada país, entre ellas de su propia nación, Argentina, que no es precisamente un ejemplo de eficacia. Nosotros, en España, no podemos aspirar a una justicia universal mientras en los juzgados no seamos capaces de administrarnos la nuestra, nuestro Estado de Derecho esté en cuarentena y el TC esté politizado hasta la médula. Parece que está a punto de hacer una de las cacicadas más sonadas de nuestra historia: declarar constitucional el Estatut de Catalunya, lo que no es más que el ataque más directo a la unidad de España y a la Constitución.

Hay otros flecos que solucionar antes de poder hablar de una Justicia universal, entre otras razones porque, la atomización de las antiguas naciones, como ocurre en España, en autonomías con sus propias competencias, está convirtiendo la administración de la Justicia en un juego de locos porque, por el camino que hemos emprendido, cada autonomía tiene sus propias reglas que coinciden o no con las de las del resto de la nación. Ya me dirá, tan ilustre entrevistado, cómo ve posible que se pueda hablar de una justicia para todos los pueblos, cuando éstos son los que precisamente, están empeñados en la regionalización de los tribunales y en la diversidad de sus leyes. Son los gobiernos de algunos países, y no precisamente los menos importantes, los primeros que se muestran remisos a la ingerencia de organismo supranacionales en sus propios asuntos. Por otra parte, no estoy muy seguro de que la elección de quienes deban formar parte de este tribunal superior, TPI, muy relacionado con la ONU (organismo más que sospechoso en cuanto a la independencia de sus resoluciones y sospechoso de parcialidad en la actuación de algunas de sus comisiones que, bajo la piel de cordero de las ayudas a la humanidad y al control de población, esconden apoyos al aborto y a otras técnicas muy discutibles sobre el control de la natalidad), se lleve a cabo de forma que se garantice, de forma fehaciente, la equidad y objetividad que requiere un tribunal de semejante categoría. Una Europa sin constitución, con nacionalismos exacerbados e intereses contrapuestos, no creo que sea por este camino por donde vaya a lograr su fusión real Antes pienso que, la primera labor para conseguirlo sería, precisamente, superar regionalismos excluyentes y fomentar la unión entre todos los grupos de población como primera fase para una posterior integración en el ente europeo. Al menos, este es mi modesto criterio.

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