|
Se aficiona a la Teología (I)
Ángel Sáez
POR JESÚS ARTEAGA ROMERO
Y a la abuela allí la tienes, a la vuelta de la esquina; y la tienes como siempre, alargando su sonrisa a las gentes tan curiosas que la observan y la miran, sin saber lo que ella piensa que motive tanta risa…
Y ellos siguen indagando lo que a todos les intriga,
y la abuela va a lo suyo y viviendo va su vida
prescindiendo de curiosos que la miran y remiran,
como si ellos esperaran que la abuela algo les diga.
Y la abuela nada dice; permanece pensativa
y se fija ya en la caja levantando su tapita,
y le viene otro recuerdo que produce otra sonrisa…
Pues resulta que de moza estudiaba Teología…
Se marchó hasta Barcelona sin saber lo que quería;
bien pudiera ser criada pero no le gustaría
recordando la experiencia que sufrió en la perrería,
dedicada a la limpieza de mil perros que tenía
la condesa misteriosa que su vida amargaría…
Pero en “Barna” una señora su amistad a ella ofrecía;
y la acepta muy gustosa esperando que algún día
ambas dos se comprometan a vivir en armonía,
como bien les corresponde a dos damas distinguidas.
La señora catalana, religiosa en demasía,
le insinúa le acompañe a estudiar la Teología…
Ella lo hace porque es bueno aplicársela a la vida
y convence a la muchacha para hacer lo que ella hacía…
Y ambas dos van a una Escuela donde hay “profes” de valía;
y matrícula ya en mano y además muy decididas,
se presentan en el aula que a ambas dos correspondía
y se sientan en pupitres adosados y juntitas.
Y el buen “profe” se presenta: “Yo os daré la Teología.
Soy Doctor y Licenciado en las cosas de la vida;
pero creo más en Dios por su amor y cercanía…
Mas también creo en los hombres y por ellos yo daría
la mayor de las fortunas si algún día fuera mía…”
“Además creo en las obras eficaces y sencillas
que las gentes más humildes realizan cada día
recogiendo al que ha caído y ha quedado allí en la orilla
de un camino pedregoso y de arenas movedizas,
que los vientos polvorean y alimentan las ventiscas...
Y el caído en el camino allí está con sus heridas
esperando que un buen hombre por allí pase y le diga
las palabras de consuelo que el herido necesita,
y le lleve a una posada que de allí queda cerquita…”
(Continuará mañana.)
Jesús Arteaga Romero
|